Smetana: “Mi patria”. Orquesta sinfónica de la Radio de Baviera. Dir.: Rafael Kubelik. Orfeo C115841A.

Siguiendo una añeja tradición procedente del mítico “Clásicos populares”, iniciamos aquí con esta reseña un conjunto de artículos, en los que presentaremos sugerencias de audiciones para el verano.
Nos consta que como durante el año no podemos disfrutar como nos gustaría de nuestras aficiones soñamos con las vacaciones para poder hacerlo. La música es una buena compañía para esos días más relajados.

Smetana: “Mi patria”. Orquesta sinfónica de la Radio de Baviera. Dir.: Rafael Kubelik. Orfeo C115841A.
Empezamos con el ciclo “Mi patria”, de Smetana, especialmente apropiado para unas vacaciones en el campo, o en general para celebrar el comienzo de la temporada estival.

La imponente figura de Antonin Dvorák es, sin duda, la más importante de la música checa. Pero no hemos de olvidar que Dvorák no es, ni mucho menos, el padre del nacionalismo checo. Ese honor le corresponde al gran Bedrich Smetana, muchas veces tratado como una figura menor dentro de la Historia de la Música, pero a mi entender el compositor nacionalista checo más influyente en su país. Sólo los cuatro últimos poemas sinfónicos de Dvorák pueden hacer sombra al ciclo “Mi patria” de Smetana.

El ciclo de poemas sinfónicos “Mi patria” fue compuesto entre 1872 y 1879. Es una serie de poemas sinfónicos que ilustra distintos lugares, paisajes y leyendas simbólicos para el pueblo checo. Desde los himnos nostálgicos de Viserad hasta las triunfales marchas de Blanik, desfilan ante nosotros muchas de las grandes tradiciones y leyendas checas. Fuera de Chequia, es bastante infrecuente escuchar el ciclo completo, (sólo conocemos bien el archifamoso Moldava, que es el segundo poema), pero el pueblo checo ha usado infinidad de veces este ciclo como obra celebratoria.
El festival Primavera de Praga, que se celebra todos los años en la capital checa, se abre tradicionalmente con esta obra, y a pesar de que algunos críticos insisten en recomendar versiones de otros directores, (Levine, Inbal), al final los checos siempre se imponen en las discografías recomendadas.

La mayor parte de los grandes directores checos, Tallisch, Ancerl, Behlolavek, tienen versiones importantes de “Mi patria”. Quizá en posteriores ocasiones volvamos a alguna de ellas, pero para presentar aquí por primera vez una grabación de esta obra he preferido recomendar una versión del director más internacional que Chequia ha dado: el gran Rafael Kubelik.
Kubelik, todo hay que decirlo, no quiso ser una superestrella de la dirección, al estilo Karajan. Después de la Segunda guerra Mundial, asumió la titularidad de la Orquesta Filarmónica checa, (a Tallisch, el antiguo titular, se le vetó dirigir por supuestas simpatías nazis), pero en 1948 se exilió cuando advirtió la llegada del comunismo al poder. Desde entonces, se hizo cargo de distintas orquestas y teatros de ópera, hasta que en 1960 asumió la titularidad de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera. En 1980, Kubelik quiso retirarse, pero la repentina muerte de Kiril Kondrashin, que debía ser su sucesor, le obligó a mantenerse en el cargo. A mediados de la década de los ochenta, le sustituyó Sir Colin Davis, y Kubelik se retiró de la dirección, aunque daría unos cuantos conciertos más. El más importante de ellos, por su carga simbólica, fue el que dirigió en 1990 con ocasión de su regreso a Praga, y en aquel concierto se escuchó…, “Mi patria” de Smetana, por supuesto.

A falta de que se publique esa versión, hay tres grabaciones de esta obra por Rafael Kubelik:
La primera grabación de estudio con la Filarmónica de Viena es una versión magnífica, de concepto rústico, (algo que podría parecer impensable en la orquesta vienesa). Es una versión épica, por momentos feroz. Los pasajes trágicos de Viserad, Sarka y Tabor pocas veces habrán tenido tanta fuerza. La marcha que cierra Blanik, más que esperanza, parece denotar desafío contra el poder soviético. Tal vez imaginara entonces kubelik, que los husitas debían volver pronto a la vida, porque Chequia estaba en peligro bajo dominio comunista. Al menos eso da a entender el final de la versión.

La segunda versión de estudio es de los años sesenta con la sinfónica de Boston. Desde luego, es una versión más madura. Desaparece en parte el aliento guerrero de la primera grabación, la orquesta responde de una forma más convencional. Pero por lo demás, aunque es ésta la grabación más conocida, esta versión no hace verdadera justicia al arte de Rafael Kubelik, porque resulta ser a veces no muy sincera. Siendo una versión muy buena, palidece con relación a la vienesa de estudio y la muniquesa que ahora comentamos.

La tercera versión que aquí se comenta es una grabación en vivo tomada por la radio bávara. Es posterior a ambas grabaciones de estudio, y fruto de más de veinte años seguidos trabajando con regularidad con la orquesta. Estamos ya en los años ochenta, y Kubelik ya está pensando en retirarse, aún en plenas facultades. Aunque no haya rastros de aplausos en la toma de Orfeo, (francamente una pena, porque debieron de ser ensordecedores), sí se nota que la grabación está tomada en directo, porque la versión respira una verdad que no estaba presente en la grabación de estudio en Boston.

Y ¿cómo es en los ochenta el concepto de Kubelik de la obra? Pues bien, quizá sea en conjunto la versión más rica en matices que Kubelik nos haya legado de la obra. Ya desde el comienzo se observa cómo los himnos se exponen con naturalidad, sin grandilocuencia. La sección dramática central no pierde fuerza, aunque desde luego no es tan impulsiva como en la grabación de Viena. Con todo, el verdadero arranque de genio está en la reexposición de los himnos, que pocas veces habrá sonado con una melancolía más brahmsiana.

El famoso Moldava no marca mayores diferencias entre las distintas versiones de Kubelik. Tal vez no habrá grandes arranques de genialidad en ninguna de ellas, pero con Kubelik el río fluye siempre con naturalidad. No se puede decir lo mismo de las versiones de otros directores no eslavos.
En Sarka empiezan a notarse ya las diferencias entre versiones. En Viena este poema sinfónico tenía gran aliento guerrero. En Múnich, sin perder aliento épico, tiene más dulzura. En Viena, las partes más líricas sonaban con una sensualidad más bien straussiana; en Múnich, suenan esas mismas partes a Brahms. Es un concepto el de la grabación bávara mucho más maduro. Eso sí, cuando hay que hacer tronar a la orquesta no se reprime Kubelik nunca. El berliozano final del poema, con esos poderosos accelerandi, está brillantísimamente resuelto en Múnich.
Los prados y bosques de Bohemia rezuman en Viena también aliento guerrero. A este respecto, no hay más que comparar cómo se exponen en Viena y Múnich el coral central de la página. En ambos casos es emocionante, pero en Múnich el coral tiene más carga religiosa. La versión bávara acaba siendo más una celebración de la vida campestre, en algo quizá más cercano a lo que Smetana pretendía.

Y finalmente, llegamos a ese magnífico díptico que forman Tabor y Blanik. Y aquí definitivamente la versión de Múnich gana en todos los aspectos. Los himnos husitas expuestos solemnemente, como mandan los cánones; las secciones dramáticas con el vigor necesario; en Blanik, el contraste necesario con la melodía del oboe, que representaría el caramillo de un pastor. Finalmente, la marcha militar y la celebración colectiva. Si en Viena el final parecía tener un aspecto demasiado militar, el clima de júbilo colectivo está mucho más logrado en la ciudad bávara. La última exposición del tema de Viserad corona en Múnich la que es, para mí, la referencia entre las grabaciones del ciclo por Kubelik.

Habrá quien prefiera la lectura vienesa, que tiene muchos atractivos precisamente por su rusticidad y su ardor guerrero hay que reconocer que esa primera versión de estudio, tan directa a nuestros oídos, tiene una fuerza extraordinaria a la que es imposible escapar. La versión de Boston, para mi gusto, es menos personal y aunque orquestalmente es más perfecta, eso al final no siempre compensa. Por eso, me quedo con la lectura muniquesa, más madura y meditada aunque también orquestalmente menos brillante que las de Boston y Viena.
¿Quiere esto decir que la lectura de Kubelik en Múnich es la referencia? No, porque hay otros grandes directores checos menos conocidos, que tienen muchas cosas que decir en esta obra.

Por último, una recomendación: si alguna vez te sientes triste o con poca motivación, no tienes más que escuchar Blanik para recobrar el ánimo. Yo confieso que suelo escuchar “Mi patria” al menos al comienzo y al final del verano: al comienzo, para celebrar que empiezan las vacaciones; al final, para darme ánimos para el curso siguiente. Pero en todo caso, todas estas cosas son pretextos como otros cualesquiera que se podrían inventar, para escuchar esta obra completa que no debe faltar en ninguna discoteca…, y siempre por un director checo, por supuesto.

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