Stravinsky, más ruso que nunca

Sábado, 7 de Agosto de 2010. Auditorio del Palacio Kursaal de San Sebastián. Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky de San Petersburgo. Valery Gergiev, director. Igor Stravinsky: “El pájaro de fuego”. “Petrouchka”. “La consagración de la primavera”. Concierto inaugural de la Quincena Musical Donostiarra 2010. Aforo completo.

Igor Stravinsky es, desde luego, una de las figuras más enigmáticas y pragmáticas de toda la composición del siglo XX. Nació en Rusia, y a lo largo de su vida llegó a tener cuatro nacionalidades distintas, puesto que además de la rusa, también poseía nacionalidad francesa, suiza y estadounidense. Pero no sólo eso: Stravinsky, (y esto es más importante), dio muchos bandazos en lo que se refiere a estilo de composición. Después de esa primera etapa en la que parecía un imitador más de Rimsky-Korsakov, llegó a un culmen de vanguardismo en “La consagración de la primavera”, para luego refinar su estilo, (“Pulcinela”), y finalmente incluso coquetear con el dodecafonismo, que tanto había combatido anteriormente.
El programa que ayer se escuchó en el Kursaal era, a priori, especialmente interesante. Estos tres ballets juveniles, (obras maestras, pero al mismo tiempo de juventud), están por derecho propio en el repertorio orquestal desde que se crearon. Pero es muy infrecuente escucharlos en un mismo concierto, porque son obras difíciles de preparar y que suponen un gran cansancio para músicos y público. Además, son obras que se pueden interpretar desde puntos de vista muy diferentes, desde visiones netamente rusas hasta versiones que dejan ver más influencia de la vanguardia francesa del momento, pasando por todos los puntos intermedios imaginables.
En nuestro caso, había otra incógnita más, referente al director. Por supuesto, la valía de Valery Gergiev para dirigir un programa como éste no está en discusión. Ocurre, sin embargo, que los dos días anteriores Gergiev había dirigido un programa muy distinto, (¡“Cuarta” y “Quinta” de Mahler!), a la Orquesta Mundial por la Paz. La retransmisión del concierto del jueves, (en los Proms de Londres), muestra a un Gergiev desubicado, que dirige con total corrección pero no acaba de penetrar en el misterio último de las obras. Claro ejemplo: el segundo movimiento de la “Cuarta sinfonía”, precipitado y carente de elegancia, (Bruno Walter), o acidez, (Jascha Horenstein).
Así pues, Gergiev debía enfrentarse a un programa con tres obras terriblemente complicadas, difíciles de ensayar y preparar, tras haber dirigido muy lejos, (Londres y Salzburgo), un programa distinto a una orquesta distinta. Es verdad que Gergiev y la orquesta del Mariinsky han trabajado muchas veces las obras juntos, pero ¿qué había que esperar de un concierto como el de ayer? Esa era la pregunta que yo me hacía, cuando Gergiev entró en escena y comenzó el concierto.
Como es natural, “El pájaro de fuego” empezó un tanto dubitativo. Gergiev dio la entrada demasiado pronto, y necesitó algunos minutos para crear el clima adecuado. Sin embargo, una vez situado, la versión resultó extraordinaria, con momentos absolutamente mágicos, como el misterio que logró crear antes de la danza final, (roto en gran parte por algunas toses, no muy oportunas). . En esencia, lo que Gergiev nos mostró ayer en “El pájaro de fuego” es que la obra es muy deudora de Rimsky-Korsakov. No en vano, el autor de “Scherezade” siempre ha sido una de las grandes especialidades de Gergiev. No obstante, algunos momentos, (la “Danza infernal de Katchey” o el final), empezaban a mostrar un estilo más primitivo. Ayudó a subrayar ese primitivismo el sonido agreste de los metales de la orquesta del Mariinsky, hasta hace poco tan típico de los metales rusos. En general, la orquesta respondió magníficamente, aunque el trompista solista debió haber estado algo más acertado en el solo que abre la danza final. Fuertes y muy merecidos aplausos al terminar la interpretación.
Tras el primer descanso, llegó el “Petrouchka”. Pero aquí Gergiev no mostró tanta amplitud de miras. Gergiev entiende “Petrouchka” como un ballet divertido, de espíritu festivo, y con fuertes contrastes. No obstante, la versión le salió “de trazo grueso”, a veces falta de refinamiento. Entiéndaseme bien: hay momentos del ballet que piden una visión como la que Gergiev nos ofreció, (el comienzo de la obra, por ejemplo), pero las danzas de las marionetas acabaron sonando demasiado mecánicas. Es bastante probable que esto coincida con la propia visión del autor, pero muchos directores, (Karel Ancerl, por ejemplo), han demostrado que esta riqueza de matices se puede lograr, sin contradecir el espíritu de la obra. Con todo, la versión fue también muy efectiva, estuvo bien narrada y se siguió con mucho interés. El público reaccionó también con entusiasmo.
Con todo, fue a mi parecer “La consagración de la primavera” lo menos convincente de la velada. Puede que tenga que ver en esto el hecho de que, tras una visión tan primitivista de “Petrouchka”, el ambiente salvajista de “La consagración de la primavera” podía irle bien al temperamento de Gergiev y yo había empezado a hacerme ilusiones antes de tiempo.
En todo caso, el comienzo del ballet planteó algunas dudas. La introducción sonó carente de misterio, y las danzas de los adolescentes y de los augurios primaverales debieron haber sonado más pesantes. Parecía que, por desgracia, volvía el Gergiev de piloto automático que se había escuchado en el Royal Albert Hall dos días antes. No obstante, el director ruso logró por fin entrar en la obra, y a partir de la “Danza de las tribus rivales” empezamos a oír lo que se esperaba. Volvió la tensión, el misterio, la fuerza en los momentos cumbres, y venturosamente ya no nos abandonaron hasta el final de la obra.
Tras el último acorde, la reacción del público fue mucho más entusiasta (aún) que tras las dos obras anteriores. Tras varios saludos de orquesta y director, Gergiev se animó a dar una propina: el “Baba-Llaga” de Liadov, obra de brillante orquestación que sirvió para desplegar las magníficas cualidades de la Orquesta del Mariinsky.
Así se abrió ayer una Quincena marcada por la música y los intérpretes rusos. El concierto de Gergiev ayer sirvió, pues, para demostrar dos cosas importantes. La primera, que cuando quiere Gergiev puede ser un director muy interesante; la segunda, que después de todo, Stravinsky sigue siendo un compositor de origen ruso, intensamente influido por Rinsky que, (según Gergiev), nunca renunció a sus raíces en su primera etapa. Nada que ver con el Stravinsky frío y calculador de un Boulez, más abierto a influencias externas.
A Gergiev le quedan aún dos conciertos en la Quincena Musical Donostiarra, de los que aquí no vamos a hablar. Espero que la Quincena continúe con este nivel de excelencia, y Dios mediante, volveré a San Sebastián para escuchar el concierto de clausura: un programa netamente ruso, (Prokofiev-Tchaikovsky), dirigido por el gran tugan Sokiev.

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