Una buena función de “El oro del Rin”

Llegó el día, el día que todos los wagnerianos esperamos durante todo el año. En el Festival de Bayreuth, se abrió el martes el ciclo de “El anillo del Nibelungo” con la representación de “El oro del Rin”. La producción era ya conocida por todos, puesto que lleva representándose en Bayreuth cinco años, (y de hecho, no se sabe si podremos volver a escucharla el año que viene). No ha obtenido un éxito unánime, en el sentido de que, al parecer, los tradicionalistas se han sentido engañados y los modernos creen que la apuesta era demasiado conservadora. El hecho es que la producción, que se tuvo que plantear en poquísimo tiempo, no ha acabado de despegar. Con todo, el máximo interés de todo el “Anillo” era la labor de Krystian Thielemann.
Había, en mi caso, aún más expectación por lo que Thielemann haría con “El oro del Rin”. ¿Por qué? Sencillamente, porque en los últimos tres años que se lo había escuchado el berlinés no me convenció tanto con el “Oro” como en el resto del ciclo. Entiéndaseme bien: la labor de Thielemann seguía siendo buena para los estándares actuales, pero no acababa de despegar tanto como normalmente hace. Para un director cualquiera eso podría ser disculpable, pero a Thielemann, que pasa por ser el renovador de la tradición de Furtwängler y Knappertsbusch, (léase si no la prensa wagneriana ortodoxa), no podía permitírsele ese defecto.
El caso es que, por fin, Thielemann parece haber dado con la receta para dirigir bien “El oro del Rin”. Este año, la primera escena ha sido bastante más festiva de lo habitual en otras ocasiones. Todo parecía sonar bastante más natural, y no ha habido que esperar a la tercera escena para que la maquinaria thielemanniana empezara a funcionar. En ese aspecto, es de destacar la manera, absolutamente magistral, en la que el berlinés planteó las negociaciones entre dioses y gigantes en la segunda escena, (un pasaje muchas veces ignorado). Con la orquesta, como siempre, entonadísima, fuimos sin caídas de tensión arrastrados hacia la entrada de los dioses en el Walhalla, que tuvo la grandiosidad necesaria.
Vamos ahora a repasar la labor de los distintos cantantes. De paso, esto nos servirá para presentar las distintas esferas en donde se mueve la acción de “El oro del Rin”, por otra parte perfectamente delimitadas en el libreto original.
Aunque al principio de la obra vivan en la superficie terrestre, al final de la obra los dioses se establecen “en las nubosas alturas” (Mime dixit en “Sigfrido”). Su sala es el Wallhala, del que los dioses toman posesión al final del prólogo del ciclo, después de muchas vicisitudes. Su rey es Wotan, y son elfos luminosos que gobiernan el mundo. La lanza de Wotan es la garantizadora del orden establecido, al que todos deben obedecer.
El conjunto de dioses tuvo una actuación meritoria. Albert Domen no es, desde luego, un Hans Hotter, pero realiza un Wotan muy digno. Ha estudiado bien el personaje y, en esta obra en la que no tiene tanto trabajo (ni tan importante) como en “La walkyria”, hizo una labor meritoria. Veremos si en “La walkyria” es capaz de mantener el nivel. Fujimura, en su papel de Fricka, tampoco se quedó atrás, pero no sé si se siente muy cómoda cantando el personaje.
Ralph Lukas hizo, después de tantos años, un gran papel como Donner. Tengo que admitir que, probablemente, es la primera vez que Lukas me convence verdaderamente en este papel, que no es desde luego un papel menor. Su conjuro de la tormenta, otros años cantado con apuros, este año estuvo mejor resuelto. El Froh de Clemens Bieber, sin ser algo extraordinario, no desmereció. Aplíquese lo mismo a la Erda de Christa Meyer.
Sin embargo, de todo el plantel de dioses, fue Edith Haller la que más me convenció. Tengo que reconocer que no fue así en los años pasados, en los que me pareció que la voz estaba a veces un punto destemplada. Ni su Freia, ni su Gutrune en “El ocaso de los dioses”, me habían acabado de convencer del todo. Sin embargo, también ella estuvo a excelente nivel.
Descendiendo de las nubosas alturas y llegando al lomo de la tierra, nos plantamos en Riesenheim, en donde viven los rudos gigantes Fasolt y Fafner. Y he aquí que parece que, también aquí, se ha encontrado el complemento ideal. Kuang Xoul Young es, creo, el cantante ideal para Fasolt, sencillamente porque le aporta al gigante el lirismo que necesita. Recordemos que, de los dos gigantes, es Fasolt el único verdaderamente interesado en Freia, prenda original del contrato con los dioses. Cada vez me interesa más la voz de este coreano. Diogenes Randes, que ya había cantado otros papeles en Bayreuth, (y que este año cantará también Titurel en “Parsifal”), dio a Fafner sus tintes cavernosos y huraños.
Las hijas del Rin tuvieron una actuación sobresaliente, como viene siendo habitual en el Festival de Bayreuth. Ya se sabe: generalmente en la colina verde se cuidan mucho los personajes secundarios. Otra cosa es que a veces algunos grandes papeles se vean desatendidos, la mayoría de veces por falta de voces para ellos, (Siegfried, Brünnhilde, Wotan especialmente), aunque a veces cueste explicar otros descuidos, (Siegmund en “La walkyria” estos últimos años).
Por fin, llegamos a las profundidades de la tierra, en donde deliberan los nibelungos. Son elfos negros, que sirven a su rey Alberich. En esta producción, el papel lo canta el americano Andrew shore. Su Alberich siempre ha sido temible, de armas tomar. Sin embargo, durante sus primeros años en esta producción tendía a exagerar el lado histriónico del personaje, convirtiendo su canto en una especie de sprechgesang que, dicho sea de paso, habría hecho las delicias de Arnold Schönberg. Por desgracia, Wagner no es Schönberg y, a veces, el personaje perdía credibilidad. En estos dos últimos años, sin embargo, Shore se ha ceñido algo más a lo escrito y, ahora sí, compone un Alberich de categoría. Por supuesto, no comparable a Neidlinger, (aquello eran palabras mayores), pero sí con los mejores Alberich que hoy se puedan escuchar.
A su lado, el Mime de wolfgang Schmidt no da lástima. Lo siento, pero no consigo entender por qué los dioses se apiadan de él. A Schmidt le ocurre lo que a Shore en sus primeros años, sólo que en versión corregida y aumentada. Su desatino no lo sufrimos aquí en exceso, porque su intervención es demasiado corta para ello. No obstante, esperemos que no repita lo que el año pasado hizo este sujeto con el papel de Mime en “Sigfrido”. Más que nada por la integridad de nuestras capacidades auditivas.
Los más avispados, los que conocen la obra, se preguntarán aún una cosa: ¿por qué no hay hasta aquí ninguna opinión sobre Arnold Bezuyen, que hizo el papel de Loge? Pues bien, no es que me haya despistado. Los que conocen el “Anillo” saben que Loge no es más que un semidiós, que actúa por cuenta propia durante la mayor parte del ciclo. Es un personaje taimado, ondulante y engañoso como el fuego, que es lo que representa aquí. Bezuyen hizo una caracterización extraordinaria del personaje, subrayando acertadamente el sinuoso y engañoso carácter. La verdad, podía cantar también la parte de Mime en el “Sigfrido”. Creo que todos los creyentes wagnerianos ganaríamos con ese cambio.
Con todo, creo que en conjunto fue una buena función de “El oro del Rin”, en la que hubo pasajes muy disfrutables, gracias a un homogéneo equipo vocal y a la magistral dirección de Krystian Thielemann. En nuestro tiempo, francamente, es difícil verdaderamente pedir (honestamente) más.

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