¡Gloria a Sokiev!

Viernes, 3 de Septiembre de 2010. Auditorio del Palacio Kursaal de San Sebastián. Ewa Podles, contraalto. Orfeón Donostiarra. Jose Antonio Sainz Alfaro, director del coro. Orquesta Nacional del Capitolio de Toulouse. Tugan Sokiev, director. Sergei Prokofiev: “Alexander Nevsky”. Piotr Illyich Tchaikovsky: “Sinfonía número 5 en Mi menor”. Concierto de clausura de la Quincena Musical Donostiarra 2010.

Hace algunos años, el ilustre crítico británico Norman Lebrecht dedicó uno de sus artículos a homenajear al director británico Vernon Handley. En él, Lebrecht se lamentaba de que, en esta hora de globalización y homogenización, había desaparecido un tipo de director antaño habitual: el director especializado en interpretar la música de su país. Según Lebrecht, los únicos especímenes que quedan de esta rara avis eran Krystian Thielemann (Alemania), y Michael Plasson (Francia). No le falta razón al crítico inglés al decir que esta especie de director, tan querida por muchos, está desapareciendo. Pero se olvidaba de citar otros nombres señeros con mucho futuro por delante, como es el caso de Tugan Sokiev.
Por eso tenía muchas ganas de escuchar a Sokiev en este programa netamente ruso. Había oído distintas referencias a propósito de este director. Cuando hace unos años dirigió “El amor de las tres naranjas” de Prokofiev en Madrid, el éxito fue prácticamente unánime, como también ha tenido mucha fortuna su “Pedro y el lobo”. Sin embargo, aparentemente cuando interpretaba obras de repertorio ruso más asentado, (“Cuadros de una exposición” de Mussorgsky-Ravel, por ejemplo), se mostraba al parecer como un director que apuntaba maneras pero que aún estaba por hacer. Ayer había oportunidad de escuchar ambos repertorios, y así se podían asentar conceptos.

En la primera parte, se interpretó el “Alexander Nevsky” de Prokofiev. En esencia, el mayor elogio que podemos hacer a Sokiev aquí es que nos redescubrió la obra. Tradicionalmente hemos creído que “Alexander Nevsky”, una obra escrita para el cine y de claro carácter propagandístico y oficialista, era una obra menor. Pero claro, todo esto nos ocurre a los occidentales, porque no solemos tener la suerte de escuchársela a alguien que verdaderamente crea en esta música y en todo lo que puede llegar a transmitir.
Desde el comienzo se advirtió bien la posición de Sokiev a este respecto. Hizo un Prokofiev aristado, directo, sin mayores pretensiones de sutileza. Los coros, por lo tanto, sonaron con el ardor guerrero necesario, y la tensión no decayó en ningún momento. Los metales de la orquesta se adaptaron perfectamente al carácter de la obra, y contribuyeron al “salvajismo” de la versión. Con todo, la estampa del campo de batalla después de la lucha y su carácter desolador también fue muy bien captada. La obra terminó con el patriótico coro final, dirigido con gran sinceridad y brillantez. Fortísimas ovaciones por parte del público, totalmente justificadas.
Pero claro, todo esto no habría sido posible sin el concurso del Orfeón Donostiarra, que actuó al magnífico nivel que nos tiene acostumbrados. Puede que alguno coloque en su contra (o en el de Sokiev), que en algunos de los movimientos más virulentos casi fuese imposible escuchar bien el texto, pero creo que eso es más bien una prueba del gran poder que emanaba de la batuta. Queda aún otro ingrediente fundamental. La contraalto Ewa Podles es también una de las escasísimas verdaderas contraaltos que hoy existen. Su intervención ayer mostró que conoce el estilo eslavo y le sienta bien. Cierto que el fraseo podía parecer algo monolítico para nuestra vocalidad. Me vino a la mente al escucharla la intervención del Coro de Cosacos del Don en la “Obertura 1812” por Herbert von Karajan (D.G.), en donde también asoman estas peculiaridades. Pero en todo caso entraba todo aquello dentro del estilo y la labor fue absolutamente sobresaliente.

Una “Quinta” de leyenda
La segunda parte fue, desde luego, colosal. Quien más quien menos, todos tenemos en mente cómo debe interpretarse la “Quinta sinfonía” de Tchaikovsky, y en mi caso esta obra siempre me ha atraído por su grandiosidad y su monumentalidad, casi brucknerianas. Sin embargo, Tugan Sokiev no intentó ayer destacar ninguno de estos aspectos. La lectura de Sokiev fue fogosa, apasionada, volcánica, dando mucha importancia al fraseo y a que las melodías surgieran con fluidez y naturalidad. En todo aquello se percibía la huella de las antiguas grabaciones de Mravinsky y Sanderling, pero a mi modo de ver, incluso yendo más allá.

La introducción del primer movimiento se planteó a tiempo lentísimo para lo que hoy es habitual. De esta manera, pudimos disfrutar de esa primera intervención lúgubre del tema del destino, que sirvió de pórtico para un formidable primer movimiento. El primer tema se planteó sin prisa, solamente acelerando para las resoluciones más dramáticas. Hubo atrevimientos con el tiempo, rubatos hoy poco convencionales. Pero todo ello sirvió para ampliar más los contrastes, y hacer que pudiésemos disfrutar más aún de esta excepcional música. El cierre fue dramático y nos dejó a todos con el corazón en un puño.
El segundo movimiento comenzó también con lentitud. Los trompistas de la orquesta no quisieron perder la ocasión de poder tocar alguna parte del famoso solo, e intentaron turnarse para que nadie tuviese que arrostrar en solitario semejante labor. Con todo, hay que decir que el truco funcionó sólo a medias. La sección central del movimiento creó el adecuado contraste, y el clima ominoso y dramático se consiguió con creces. La vuelta al tema inicial nos devolvió a la paz, que ya necesitábamos urgentemente, después de la intensidad de la sección central. Creo que, por primera vez en mi vida, no lamenté las toses del público.
El tercer movimiento resultó elegante, como debe ser. Pero con todo, Sokiev pareció tomárselo simplemente como preparación al Finale, que arrancó con el famoso tema del destino en las cuerdas en modo mayor, de forma inusualmente épica. Entre medio, Sokiev no se perdió en toda la aparente perorata que puede llegar a ser la sección central con otros directores, y con intensidad creciente nos llevó a ese supuesto falso final, en el que tantos públicos ignorantes se ponen a aplaudir… Aquel falso final fue magníficamente preparado, y sin transición atacó Sokiev con poder extraordinario el tema conductor de la sinfonía en modo mayor. Todo lo que vino desde entonces hasta el final de la obra mereció ser escuchado de pie.
Y luego llegó el delirio. El público no parecía dispuesto a irse, y celebraba a los miembros de la orquesta y al gran Tugan Sokiev. Y entonces, tras varios saludos de todos, Sokiev nos brindó como propina el paso a dos del segundo acto de “El cascanueces” de Tchaikovsky, cantado con idéntica pasión a los pasajes melódicos de la sinfonía. Nuevas ovaciones, absolutamente merecidas, que llevaron a una danza rusa del mismo ballet, también muy buena… Y ciertamente, yo me habría quedado un buen rato más escuchándoles, pero también los músicos tienen derecho a descansar y los miembros de la orquesta decidieron marcharse.
Así pues, acordémonos de este concierto. Antes de que verdaderamente alguien como Norman Lebrecht llegue a tener razón, aprovechemos para ver en acción a todos estos directores. Estoy seguro de que pasarán los años, y este concierto seguirá estando en nuestra memoria…, ¡y este Sokiev sólo tiene treinta y tres años!

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