¡Tradición es abandono!

Viernes, 29 de Octubre de 2010. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Pia Freund, soprano. Orquesta Sinfónica de Navarra. Ernest Martínez-Izquierdo, director. Ramón Lazcano: “Mugarri” (estreno absoluto, obra encargo de la Orquesta Sinfónica de Navarra y la Fundación Autor). Gustav Mahler: “Sinfonía número 4 en Sol mayor”. Cuarto concierto de la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2010-2011.

Cuando Gustav Mahler tomó posesión en 1897 del cargo de director de la Hofoper de Viena, la situación en el teatro de la corte imperial no era muy alentadora. En el teatro imperial se representaban las óperas en puestas en escena mediocres y descuidadas, primando únicamente la vertiente musical del espectáculo. En realidad, la Hofoper daba cobijo a un conjunto de divos, que actuaban ocasionalmente en el teatro, y que no formaban una compañía estable. Se representaban pocas óperas nuevas, y en las que se hacían, no se seguía el espíritu de las obras. Las óperas de Wagner y Mozart se representaban cortadas, y las partes habladas de “Carmen” y “La flauta mágica” eran suprimidas. La burocracia y el refugio en una presunta “tradición” habían apolillado el teatro y estaban reduciendo el nivel de los espectáculos.
Gustav Mahler pasó a la Historia como el hombre que revitalizó la Hofoper. Presentó muchas óperas nuevas, entre ellas “La Bohéme” de Puccini; recuperó las partes habladas de las óperas citadas; levantó los cortes que se practicaban en los dramas wagnerianos, y dio un nuevo vigor a las puestas en escena. Bajo la consigna “¡Tradición es abandono!”, la Hofoper de Viena vivió probablemente el mejor período de su Historia.Algo parecido nos hace falta ahora en nuestro tiempo. Es un hecho patente que la mayoría de los asistentes a los conciertos no es nada partidaria de la música de nuestro tiempo. No les interesa, porque la encuentran muchas veces demasiado ruidosa, y prefieren vivir más tranquilos escuchando música que ya conocen de períodos pasados. Frente a esto, los programadores se podrían plantear el dejar de programar este tipo de obras, pero la estrategia que han tomado en la OSN es mucho más acertada. Básicamente se trata de programar estrenos junto con obras de gran repertorio, de manera que el aficionado que quiera escuchar obras conocidas también se vea obligado a afrontar la experiencia del ruido modernista. No obstante, esto no siempre funciona.

El concierto empezó ayer con un estreno absoluto de Ramón Lazcano. La verdad es que la obra no es nada acomodaticia. Lazcano explota todos los recursos tímbricos y expresivos de los instrumentos, especialmente del viento y la percusión. Ciertamente, el trabajo de orquestación es magnífico, y la obra se escucha con placer y se pasa como un suspiro…, siempre y cuando uno esté abierto a afrontar disonancias, efectos tímbricos especiales, y todo ese tipo de fenómenos que ocurren en la música de hoy.
Los recursos que usa Lazcano no son ninguna novedad en el ámbito de la música contemporánea. Apurando mucho, se podría decir que Webern, Schönberg y compañía ya empezaban a usar recursos similares. El hecho de que a un público como el actual estos fenómenos le resulten sorprendentes, lleva a pensar que el problema no es la música contemporánea en sí, sino incluso la música más rompedora del siglo XX. Quizá, en años venideros, deberían programarse más obras de Schönberg, Berg, Webern, Messiaen, Ligeti o compositores similares, para educar a un público que pueda posteriormente entender mejor las obras de hoy.
Desde luego, la tibieza de la respuesta del público a “Mugarri” no se debió a la interpretación de Martínez-Izquierdo, que fue magnífica. Martínez-Izquierdo condujo a la orquesta con mano experta, y dio a la obra el misterio que requiere e hizo justicia a lo que la obra puede aportar. La labor, tanto de compositor como de intérpretes, fue premiada con un tibio aplauso, probablemente más de condescendencia que de verdadera aprobación. A todas luces una reacción demasiado neutra, para una labor compositiva y directorial que merece por mi parte el mayor de los elogios.

La “Cuarta sinfonía” de Mahler es otra historia. Al contrario que Lazcano, Mahler está firmemente establecido en el repertorio, y esta “Cuarta” es su sinfonía más accesible. La interpretación fue, en conjunto, muy interesante, y gustó mucho al público, pero mostró algunos aspectos positivos y otros algo más discutibles.
El primer movimiento fue magnífico desde todos los puntos de vista. Martínez-Izquierdo tomó un tempo más bien rápido, y con cierta presteza fue dirigiendo el movimiento. No se detuvo mucho en los aspectos más pastoralistas, ni tampoco mostró fraseos especialmente amplios en los momentos más líricos. Planteó una lectura objetiva, más bien cerebral, muy al estilo Boulez, haciendo hincapié en los momentos de tímbrica más expresionista, que fueron lo mejor del movimiento junto con el final, en donde Martínez-Izquierdo supo jugar muy bien con el tempo.
Puede que en conjunto el segundo movimiento sea lo más discutible. Básicamente, se puede decir que Martínez-Izquierdo logró crear el clima de la danza macabra, y dio una versión que recordaba en cierta medida a un Bruno Walter por su clasicismo. Sin embargo, se podía echar en falta en los tríos algo más de rubato, de manera que el decadentismo de estos ländler resultara más claro. Tal como sonaron ayer, parecían un tanto apresurados y “ahogados”, (si se me permite la expresión), por querer ceñirse en exceso al tempo establecido. Pero esto no es un problema sólo de Martínez-Izquierdo: a la inmensa mayoría de directores les ocurre lo mismo en este pasaje.
En el tercer movimiento, Martínez-Izquierdo volvió a remontar el vuelo, nuevamente desde una visión bastante objetiva. Para él, este Ruhevoll parece ser mero tránsito entre ese “infierno de juguete” del segundo tiempo y el placer celestial del Finale. Fue eso lo que escuchamos, y aunque probablemente alguien eche en falta algo más de emoción, es una visión alternativa, interesante y perfectamente válida.
El Finale de esta sinfonía siempre ha sido motivo de polémica, sobre todo a cuenta de la voz que debe cantar esta canción. En nuestro caso de ayer, Pia Freund tiene la voz idónea para la parte, e imita con brillantez la voz infantil, como está mandado. Pero la voz no es grande, y en una sala como Baluarte tiende a perderse en las últimas filas… A pesar de algunas notas un tanto calantes y algún que otro apurillo, Freund hizo una buena labor.
¿Y el acompañamiento? Bien, Martínez-Izquierdo acompañó de forma magistral, subrayando perfectamente los rasgos orientalistas de algunos fragmentos del movimiento y las disonancias expresionistas de los interludios entre las estrofas. Hubo un pequeño desajuste al comienzo de la tercera estrofa del poema, pero es más bien imputable a Freund, que entró demasiado pronto. En todo caso fue algo muy puntual, y al final Martínez-Izquierdo recreó admirablemente la serenidad requerida…, e incluso logró que el público respetase unos segundos de silencio antes de empezar a aplaudir. Ciertamente, un final admirable.

Una última apreciación: los espectadores no contaron ayer con el texto del lied “Das himlische Leben”, cuarto movimiento de la obra. Por tanto, los no avisados no habrán podido entender ni el texto de la canción ni, por ende, el sentido de la sinfonía en su conjunto. La traducción del texto no es difícil de encontrar, y presumiblemente los interesados por Mahler se esforzarán por llegar a conseguirlo. Pero no habría estado de más que se hubiesen usado sobretítulos con la traducción castellana… Bueno, ya sabemos que hay que reducir costes.

En conjunto, el concierto de ayer vio el estreno de una obra muy interesante de Ramón Lazcano ignorada por el público, y una versión de la “Cuarta” de Mahler con momentos magníficos y otros que, simplemente, se prestan a la discusión. El concierto de ayer es de estos que se prestan a comentarlo entre amigos distendidamente con posterioridad, y se pueden sacar conclusiones muy interesantes. Creo que los dos conciertos próximos de este ciclo también pueden ser muy reveladores… Pero de eso ya nos ocuparemos en su momento.

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