La Orquesta Sinfónica de Castilla y León en Pamplona

La mejora continua en el mundo orquestal
Viernes, 17 de Diciembre de 2010. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Angela Denoke, soprano. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Lionel Bringuier, director. Richard Strauss: “Cuatro últimos lieder”. Piotr Illyich Tchaikovsky: “Sinfonía número 5 en Mi menor, Op. 64”. Ciclo de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2010-2011, (Ciclo “Orquestas del Camino”).

En los años ochenta, la empresa automovilística Toyota revolucionó la manera de hacer las cosas. Basada en una serie de valores típicamente japoneses, Toyota impulsó una serie de revoluciones en su proceso productivo que, desde entonces, sirve de modelo para todas las demás empresas del sector. La producción just-in-time, la consiguiente reducción de almacenes y el ahorro de costes innecesarios pasaron a ser la divisa de la compañía. Pero hay aún otro avance que aquí nos interesa más: la empresa debe funcionar bajo una perspectiva de mejora continua. Sólo así la empresa puede seguir siendo competitiva a lo largo del tiempo.

La Orquesta Sinfónica de Castilla y León ha sufrido un profundo cambio en los últimos años. Hasta hace unos diez años, era un conjunto modesto y de provincias, comparable a tantos otros como entonces había en España. Sin embargo, Alejandro Posada primero y Vasily Petrenko después han formado un conjunto muy compacto, con una sección de metales potente e incisiva, una magnífica sección de maderas y una sección de cuerdas compacta, pero quizá falta de la incisividad del metal y la nobleza de la madera. El resultado es ahora una orquesta interesante, y que puede ofrecer grandes cosas si está suficientemente bien guiada, es decir si la perspectiva es de mejora continua.

El viernes tuvimos ocasión de comprobarlo. El programa era propicio para el disfrute de un público como el pamplonés. Dos obras sencillas de escuchar, especialmente la segunda; dos obras asentadísimas desde hace tiempo en el repertorio. Además, parecen dos caras de una misma moneda: frente a la melancolía y el sentimiento de despedida que emana de los lieder de Strauss, la euforia y el optimismo del final de la “Quinta” de Tchaikovsky. La elección del programa era, pues, completamente oportuna. Los resultados, eso sí, son algo más discutibles.
Los “Cuatro últimos lieder” de Richard Strauss, esa gran obra maestra compuesta por el Strauss terminal, fueron relativamente bien cantados por Angela Denoke. La soprano alemana no tiene, quizá, la voz más apropiada para este conjunto de canciones. En ocasiones, se puede requerir una voz más aérea, especialmente para resolver las volutas requeridas en las dos primeras canciones. No obstante, su labor fue en conjunto buena.
Lionel Bringier, sin embargo, no pareció entrar del todo en la obra. La transparencia orquestal era proverbial en todo momento, (algo absolutamente necesario para todo buen director straussiano). Pero en los “Cuatro últimos lieder” no basta con eso. En todo momento, el público debe tener la sensación de un mundo que se acaba. El mundo en el que Strauss había vivido, se ha derrumbado; el estilo de creación musical ha llegado mucho más allá de lo que Strauss habría querido. Ese sentido otoñal es, en esta obra, absolutamente indispensable. Apenas al final de la última canción, este sentimiento se hizo presente…, pero ya era un poquito tarde. El público, interesado más por la obra que por la versión, aplaudió con moderación.

Así las cosas, en la segunda parte Bringuier no lo iba a tener nada fácil. Los habituales del blog sabrán que, en Septiembre, Tugan Sokiev provocó un terremoto de considerables dimensiones con esta obra en la Quincena, y ese concierto está todavía demasiado marcado en mi mente. Y lo cierto es que, sin llegar a la altura de Sokiev, la labor de Bringuier con la obra fue bastante buena.
La introducción del primer movimiento no parecía presagiar grandes cosas. Fue tomada de una forma para mi gusto demasiado literal, demasiado aséptico. Pero cuando empezó la forma sonata propiamente dicha, el discurso cambió y la pasión empezó a llenar el ambiente. Para que el movimiento hubiese adquirido la intensidad del de Sokiev, habría hecho falta una sección de cuerdas con algo más de cuerpo, y que Bringuier no hubiese dirigido el final del movimiento como si lo hubiese firmado Berlioz. El accelerando y posterior ritardando al final estaban, para mi gusto, un tanto fuera de lugar. Pero el discurso era fluido, el mensaje llegaba y el final no resultaba nada tranquilizador.
La versión empezó a tomar altura realmente a partir del segundo movimiento. El trompista solista interpretó gloriosamente su conocido solo del comienzo. En la versión se alternaron el lirismo, la pasión, el drama, nuevamente el lirismo… Es decir, Bringuier logró entender básicamente todos los estados de ánimo que hay en el movimiento. ¿Habría sido deseable un mejor control de las proporciones de tempo? Tal vez, pero a pesar de todo el resultado funcionaba y resultaba efectivo. Como también lo fue el tercer movimiento, que nos recordó al Tchaikovsky festivo de los ballets.
El cuarto movimiento fue efectivo, y logró llevar al público al clima de euforia colectiva necesario. Todo él fue llevado a velocidad de crucero, lo cual hizo que toda la sección central, muchas veces desatendida, tuviera tensión. Después de eso, el final fue el previsible. El tema del destino sonó franco, sin demasiada grandeza añadida, (algunos llamarían a eso grandilocuencia, y eso está en las antípodas del estilo de Bringuier), llegando a un final que resultó convincente. El público reaccionó con bastante entusiasmo, y entendió la calidad de lo que se había escuchado.
Al leer la forma en que hablo de esta interpretación, muchos de vosotros me diréis: “Con todo lo que dices aquí, ¿cómo puedes sostener que ésta ha sido una buena versión de la “Quinta” de Tchaikovsky?”. Pues bien, ocurre que la “Quinta” de Sokiev en San Sebastián la tengo demasiado reciente, (y por tanto me falta perspectiva temporal); ocurre que Bringuier tiene veinticuatro años, (y que, por tanto, tiene todo el tiempo por delante para pulir estos aspectos), y en todo caso, la obra se presta a distintos tipos de versiones, y mi deformación bruckneriana me mueve a una serie de gustos en esta obra que serían discutidos por muchas importantes figuras, en cuya tradición Bringuier podría hacerse un hueco.
En conjunto, el concierto fue muy interesante, sobre todo por escuchar la gran mejoría de esta orquesta a lo largo del tiempo, y preludiaba perfectamente lo que iba a venir en escasos minutos.

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