Real Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam en Pamplona

Sinfonías para no dormir

Lunes, 10 de Enero de 2011. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Joshua Bell, violín. Real Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam. Semyon Bychkov, director. Max Bruch: “Concierto para violín y orquesta número 1 en Sol menor, Op. 26” (1867). Dimitry Shostakovich: “Sinfonía número 11 en Sol menor, Op. 103, (El año 1905)” (1957). Temporada de espectáculos de Baluarte Octubre 2010-Enero 2011.

Cuando hace algunos años la revista “Grammophone” publicó su lista de las veinte mejores orquestas del mundo, un terremoto sacudió todo el mundo musical. Sorprendentemente, la mejor orquesta del mundo no era la Filarmónica de Berlín, durante tanto tiempo elevada a los altares gracias al reinado de Karajan. Tampoco la Filarmónica de Viena, la guardiana de la tradición musical austríaca, (y por tanto europea), ocupaba ese lugar. Se consideró que la mejor orquesta del mundo era aquel conjunto formado casi de la nada por un director hoy poco valorado, (aunque más que hace, pongamos, diez años), llamado Willem Mengelberg. En pocos años, Mengelberg creó de la nada uno de los mejores conjuntos sinfónicos de Europa, recibiendo alabanzas de Richard Strauss y Gustav Mahler, (Strauss le dedicó su poema sinfónico “Una vida de héroe”). Sus sucesores, (Eduard van Beinum, Bernard Haitink y Riccardo Chailly), han mantenido intacto el nivel de la orquesta, y la verdad, a los aficionados al repertorio sinfónico con miras más amplias no nos resultó especialmente sorprendente la elección de la revista. Era, sin duda, una oportunidad única poder escucharles en acción aquí, en Pamplona, además con dos obras muy típicas del repertorio de varios de sus titulares.
En la actualidad, es Maris Jansons el director titular de la agrupación, pero en esta ocasión la orquesta venía con un director generalmente más irregular, llamado Semyon Bychkov. El director ruso ha realizado hasta ahora una gran carrera, y ha sido durante varios años titular de la Orquesta Sinfónica de la Wdr de Colonia, sin duda también una orquesta de gran tradición. Pero el programa era, en principio, muy apropiado para el director ruso: un concierto muy conocido de la era romántica, y una sinfonía de repertorio ruso del siglo XX. Dos de las especialidades del director, sin duda.
Quedaba, por fin, Joshua Bell, aquel violinista de relumbrón que se “rebajó” a tocar en el metro de Nueva York para comprobar, con gran sorpresa por parte de todos, que sólo podía recaudar 40 dólares por hora y nadie le reconocía. Y Joshua Bell, en este caso, podía ser capaz de cualquier cosa.
Sin embargo, pronto salimos de dudas también al respecto. La verdad, creo que es la primera vez que Joshua Bell me conmueve realmente en un concierto. Su visión de la obra de Bruch ayer fue extremadamente lírica, pero sin sobrepasarse. Todo estuvo en su sitio, y en todo momento parecía que el carácter del concierto era el adecuado. En conjunto, una intervención solista admirablemente resuelta y que hizo completa justicia a la obra.
Semyon Bychkov es un gran acompañante. Es, probablemente, su gran virtud específica como director. Así pues, supo en cada momento qué peso debía tener la orquesta, que resultó ora lírica, ora dramática. Una dirección en cierta manera tradicional, en donde todo estuvo en su sitio, que no habrá redescubierto la obra a quienes ya la conocieran…, pero claro, con una orquesta como el Concertgebouw todo adquiere un brillo distinto. Si a las cuerdas les falta algo del peso germánico, es la nobleza de los vientos lo que termina de cautivar de esta magnífica orquesta, y una dirección acertada, por tradicional que sea, hace descubrir detalles insospechados de las obras.
Por tanto, el concierto de Bruch fue recibido con una fuerte salva de aplausos. Se notaba que el público estaba deseando una propina. Ciertamente, Joshua Bell la dio. Era una suerte de tema con variaciones sobre una canción tradicional escocesa. El propio solista anunció la obra, pero yo no pude entender ni el título ni el nombre del autor.
Y luego llegó la “Sinfonía número 11”, de Dimitry Shostakovich, un autor muy ligado a la orquesta. Sólo algunos datos al respecto: Bernard Haitink fue el primer director occidental que se ocupó de forma sistemática de la obra del autor soviético, (y grabó un ciclo completo de sinfonías); Kiril Kondrashin, campeón durante toda su carrera de las sinfonías de su mentor Shostakovich, habría sucedido a Haitink, si la prematura muerte de Kondrashin en Amsterdam no lo hubiese evitado; Maris Jansons, el actual titular, es un gran experto en la obra del maestro ruso, (aunque quizá sin llegar a la profundidad de los dos anteriores, cada uno en su estilo). ¿Qué sería capaz de hacer Bychkov en esta obra, con una orquesta de tradición tan profunda en este repertorio?
En primer lugar, hay que decir que la versión fue, en conjunto, muy eficaz. La sinfonía estuvo en todo momento muy bien narrada y, en especial en los tres últimos movimientos, no decayó en ningún momento la tensión. Además, escuchar en acción a esta orquesta en directo con una obra tan demandante es una experiencia que todo aficionado a la música clásica debería vivir, al menos una vez. El Concertgebouw funciona como un mecanismo perfecto, con empaste logradísimo y una capacidad dinámica enorme, que va desde el pianissimo prácticamente inaudible al fortissimo más espectacular, y a veces sin transición. Todo ello hizo que, al final de la obra, el éxito fuese absolutamente monumental, probablemente de los mayores que recuerdo en Baluarte.
Sin embargo, en Shostakovich no se trata sólo de saber narrar; el mensaje que ha de transmitirse no está del todo claro. Ha habido al respecto distintas tendencias. Bernard Haitink inició una tradición, queriendo ver en Shostakovich a un continuador de la escuela mahleriana: Shostakovich sería así un epígono del sinfonismo centroeuropeo. En la URSS, donde las circunstancias políticas eran más apremiantes, los discípulos de Shostakovich, (Kondrashin, Barshai, Rostropovich), siempre han enfatizado mucho los programas internos, más o menos secretos, en las sinfonías.

¿Qué opción tomó Semyon Bychkov ayer? Bien, parece que quiso tomar una tercera vía. Puesto que la orquesta le permitía una opulencia tímbrica muy típicamente mahleriana, hubo momentos en los que Shostakovich parecía un epígono de Mahler, pero al mismo tiempo el programa es en esta sinfonía tan evidente que Bychkov no renunció por completo a él. Por tanto, hay que hacer varias precisiones.
El primer movimiento, (“En la plaza del palacio”), sonó en un tono de calma chicha. Las dianas de los militares parecían un aspecto más del paisaje, más que una sombra amenazadora que se cierne sobre el pueblo ruso. Los solos de las flautas y los fagotes no parecían quejumbrosos ni expresionistas; poco a poco, San Petersburgo iba desperezándose. Parecía que el día que iba a venir era completamente normal. Ciertamente, aquello contrastó muy bien con lo que había de venir, pero Kondrashin y Barshai nos han enseñado que este primer movimiento puede (y debe) ser mucho más amenazante.

Fue en el segundo movimiento cuando empezó a despegar la versión. Poco a poco, los manifestantes se fueron reuniendo a la entrada del palacio. Bychkov planteó muy acertadamente el primer clímax, y tras la sección de transición, llegó el momento de la represión, ese fenomenal pasaje fugado que termina con la descarga de caballería de la caja. Al contrario que los discípulos de Shostakovich, Bychkov aceleró el tempo al final de ese pasaje, logrando un efecto espectacular.
El tercer movimiento, (“In memoriam”), tuvo el carácter de oración que el pasaje requiere.

Finalmente, llegaba el cuarto movimiento. La señal de alerta sonó con gran determinación, y se inició esa lucha entre ese motivo y las marchas revolucionarias. El pasaje en su conjunto sonó con ironía grandiosa, (era esto lo que yo le pedía a Gergiev en la marcha de los muertos de la “Segunda” de Mahler, ¿os acordáis?), y el final resultó épico, con gran emoción. Mención especial al corno inglés, que tuvo una actuación magnífica.

Un último punto a considerar: al final del cuarto movimiento, Shostakovich no parece establecer una conclusión definitiva. La obra se cierra con un pasaje en el que las campanas parecen debatirse entre un final optimista en Sol mayor, y un final pesimista en Sol menor. Ese detalle se ha interpretado siempre como representación de la ambivalencia de la revolución del 17, que liberó a Rusia de la tiranía zarista pero la metió de lleno en la tiranía comunista. Los discípulos de Shostakovich, (Barshai, sobre todo Rostropovich), siempre han acentuado mucho ese efecto; Bychkov lo pasó por alto, pero a pesar de todo el impulso de la interpretación era tan formidable que, al menos a mí, me reprimió los aplausos durante algunos segundos…

En todo caso: el de ayer fue un concierto extraordinario, con una de las mejores orquestas del mundo mostrando todo su nivel, un solista de violín que por fin me convenció plenamente, y un director que, con las reflexiones apuntadas, nos hizo pasar un mal rato… Y es que hay sinfonías, (ésta de Shostakovich, la “Sexta” de Mahler), que son sinfonías para no dormir, y que dejan un regusto especialmente amargo.

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