Orquesta de Cámara Femenina de Viena

Elogio de la música de cámara

Martes, 25 de Enero de 2011. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Christian Badian, piano. Orquesta de cámara Femenina de Viena. Laura Pérez, directora. Igor Stravinsky: Concierto en Re mayor, (1946). Dimitry Shostakovich: Concierto para trompeta, piano y orquesta de cuerdas en Do menor, Op. 35, (1933). Franz Peter Schubert: Cuarteto de cuerda número 14 en Re menor, D. 810, (La muerte y la doncella), (1824, versión arreglada para orquesta de cuerdas por Gustav Mahler). Ciclo de conciertos de la Sociedad Filarmónica de Pamplona 2010-2011.

Con ocasión de la celebración de los cincuenta primeros años de la actual Sociedad Filarmónica de Pamplona, Fernando Pérez Ollo escribió un sesudo artículo, en el que analizaba un conflicto constantemente presente en la historia de esta institución. Según él, los aficionados pamploneses siempre hemos sido más amantes de la música sinfónica que de la música de cámara y recitales solistas. Consciente de ello, la Sociedad Filarmónica de Pamplona ha querido siempre distinguirse por traer orquestas grandes, pero al final estos conciertos acababan resultando poco rentables. Si, por el contrario, la Sociedad Filarmónica trataba de encontrar alguna alternativa más barata en forma de recital de cámara, la respuesta de público acababa siendo insuficiente.

La historia reciente en los ciclos pamploneses no termina, sin embargo, de favorecer los argumentos de Pérez Ollo. En un concierto de una formación similar a la de ayer, (Orquesta de Cámara Australiana), el Teatro Gayarre se llenó. Es verdad que el aforo del Gayarre es menor que el de Baluarte, pero también el programa era más atractivo para el público general, con una primera parte más asumible, (conciertos de Vivaldi entreverados con obras contemporáneas), y la presencia de un solista muy, muy destacado, como era el flautista Emanuel Pahud.

El aspecto de Baluarte en el concierto de ayer era muy distinto. No había, ni mucho menos, tanta expectación como antes del concierto de Jurovski y la Sinfónica de Londres del mes de Noviembre. Y es que el programa que planteaba la Orquesta de Cámara Femenina de Viena tampoco era precisamente complaciente: un Stravinsky avanzado, del que nos resulta menos familiar; un concierto de Shostakovich que poco tiene que ver con las obras más admiradas del maestro ruso, (no es mahleriano como las sinfonías ni popular como las suites de jazz). La única concesión para la galería era el cuarteto de Schubert…, que es una obra bastante larga.

En todo caso, aquellos aficionados (o socios de la Filarmónica) que no hayan acudido, deben saber que no hicieron bien en faltar a la cita. Porque la Orquesta de Cámara Femenina de Viena es un conjunto magnífico, y porque han perdido una excelente oportunidad de descubrir algunas grandes obras maestras…, aunque para esto último había que tener apertura de miras.
Antes de entrar en materia, abundemos en la calidad de la orquesta. La Orquesta de Cámara Femenina de Viena es un conjunto muy homogéneo, que hace música de cámara “a lo grande”. Actúan con directora, pero muy probablemente también podían haberlo hecho sin ningún poder centralizador. Se percibe en todo momento que respiran juntas, (muchas veces esas respiraciones se pueden oír), que caminan juntas. Además, esas respiraciones casi siempre tienen una intención musical, lo que hace que todo lo que tocan rezume lirismo y musicalidad por los cuatro costados. Y eso se percibió, en mayor o menor medida, en todo lo que tocaron ayer.
El concierto de Stravinsky nos muestra al Stravinsky de plena madurez, aquel que declaró que quería que los intérpretes de su música fuesen lo más asépticos posible. Y así lo hizo la orquesta, con una precisión rítmica encomiable. Los movimientos extremos tuvieron la energía que se pide, y el tiempo lento central resultó elegantísimo, prácticamente clásico. Una forma de hacer esta música muy acorde con lo que el autor pedía. El público, desconcertado por lo que acababa de escuchar, no terminó de valorar quizá la interpretación en su justa medida.

El Concierto para trompeta y piano de Shostakovich siempre ha sido considerado como “el hermano pobre”, especialmente por comparación al otro concierto con piano, que es mucho más espectacular. Sin embargo, Christian Badian y Laura Pérez demostraron ayer que es también una obra maestra sin paliativos. Por una parte, estuvo casi siempre presente la cantabilitá y el lirismo al que hacíamos referencia antes; por otra, no se renunció a los aspectos particulares de algunos pasajes del concierto. Así, estuvo esa fina melancolía propia de Shostakovich, (que tan popular le ha hecho entre los ingleses), ironía, (primer movimiento), y momentos de humor desatado, como durante el tercer movimiento, (con un fenomenal ataque de locura en la sección final).
Pero sobre todo lo de ayer fue una magnífica demostración de cómo debe ser una buena versión de un concierto con solistas. Christian Badian es, desde luego, un pianista magnífico, y su concepto de la obra parecía concordar perfectamente con el de la orquesta, en la que Badian se disolvía con gran facilidad, llegado el caso. Pocas veces he oído a un solista dialogar con la orquesta de una forma tan efectiva. También la trompetista solista, (cuyo nombre no figura en la página web de Baluarte), hizo una magnífica labor, con gran sentido camerístico. Aplausos moderados, que fueron correspondidos con una pronta propina por la directora y Badian, (piano a cuatro manos), y la trompetista solista: una especie de polka-marcha, en un estilo en parte vienés, en parte recordatorio del Shostakovich más popular.

Y luego llegó lo que la inmensa mayoría del público esperaba, que era el cuarteto de Schubert. “¿De Schubert? ¿No decíamos que se usaba la versión arreglada por Mahler?” Sí, es verdad, pero lo cierto es que el concepto de la batuta tuvo más que ver con Schubert que con Mahler.
Por lo pronto, el primer movimiento fue llevado a tiempo urgente, por momentos quizá algo precipitado. Parecía que la música necesitaba algo de respiro; los temas parecían sucederse con demasiada rapidez. No había demasiado rastro de aquella naturalidad que había tenido la primera parte.
Sin embargo, la introducción del tema en el segundo movimiento nos devolvió a la serenidad requerida. En efecto, el tema con variaciones estuvo magníficamente planteado, desde la solemne presentación del tema, pasando por el dramatismo de las variaciones centrales, hasta esa mágica y celestial Coda que cierra el movimiento.

Los otros dos movimientos mantuvieron el nivel. El Scherzo, contra pronóstico, fue llevado a tiempo más bien lento, lo cual contribuyó a la transparencia del conjunto. Finalmente, el cuarto movimiento, llevado a su tiempo habitual, sonó a la vez con ligereza y tensión. Nuevamente, un ejemplo de precisión rítmica y compenetración absoluta.

Frente a semejante exhibición, los aplausos no se hicieron esperar… Y, por supuesto, hubo otra propina, esta vez por la orquesta en su conjunto. Se trató de la primera Polka Pizzicato; es decir, la que escribieron en conjunto Johann Strauss Hijo y Joseph Strauss, y que tanta fama les ha dado, entonces y ahora. Nuevamente gran precisión y conjunción, pero creo que sería conveniente que Laura Pérez y todas en general recuerden que no todas las polkas de los Strauss son iguales, y que ésta, por ser una polka francesa, necesita algo más de reposo y elegancia, para poder resultar efectiva, (Boskovsky, Kraus, Karajan…, hay muchos ejemplos).

De todas formas, salvo por la citada polka, el concierto fue interesantísimo, y permitió comprobar a los posibles aficionados recelosos que la música de cámara da grandes satisfacciones para el oyente…, y más aún para los que la hacen, claro.

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