Orquesta Sinfónica de Navarra y Arthur Fagen

El síndrome del director italiano

Viernes, 11 de Febrero de 2011. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Kirsten Blanc, soprano. Orquesta Sinfónica de Navarra. Arthur Fagen, director. Felix Mendelssohn: Las Hébridas o la gruta de Fingal: Obertura de concierto, Op. 26, (1832). Richard Wagner: Wesendonck-Lieder, WWV 91, (orquestación de Felix Mottl), (1858). Johannes Brahms: Sinfonía número 1 en Do menor, Op. 68, (1876). Temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2010-2011.

A través de la Historia reciente, Italia ha dado al mundo grandes directores de orquesta. Arturo Toscanini entró por derecho propio en la Historia de la Música, y dinamizó la vida musical americana durante casi veinte años. Víctor de Sabata fue máximo responsable en la Scala durante algunos años, y ya antes de la Segunda Guerra Mundial había dejado una referencial versión de Muerte y transfiguración de Richard Strauss. Por no hablar del gran Carlo Maria Giulini y su Brahms inigualable…, o de Claudio Abbado o Riccardo Muti, cada uno a su estilo. Todos ellos grandes directores de ópera, pero también capaces de manejarse en el gran repertorio sinfónico.
Sin embargo, la mayoría de directores italianos no pertenecen a ese nivel. Muchos de los directores italianos, (Alberto Erede, Fausto Cleva, Paolo Arribabeni), eran directores muy especializados en la ópera italiana, a los que difícilmente nos imaginamos interpretando con cierta personalidad obras de gran repertorio.
En el mundo orquestal, también puede ocurrir algo parecido. No olvidemos cómo suena en las distintas grabaciones la Orquesta de la Scala. Todos sabemos que el repertorio alemán ha sido durante mucho tiempo patrimonio de las orquestas alemanas. Los coleccionistas de discos se acuerdan, sin duda, de las grabaciones de Furtwängler y Karajan en Berlín, de la Staatskapelle de Dresde de Kempe, de la Orquesta de la Radio Bávara de Jochum y Kubelik… También en América hay orquestas que cultivan históricamente muy bien el repertorio alemán, (Chicago, Nueva York, Cleveland), con un sonido más brillante y aristado.

Nuestra Orquesta Sinfónica de Navarra carece, como todas las orquestas españolas, de esta gloriosa tradición. No es nuestra culpa. Simplemente, España siempre ha tenido más relación con los músicos franceses. Sin embargo, si en el podio hay un director experto, incluso una orquesta española puede adquirir un tinte más denso, más germánico, más típico de las orquestas alemanas. Pero ¿es realmente Arthur Fagen ese director?
Al escuchar la obertura de Las hébridas de Mendelssohn, pudo parecer que sí. En general, había una gran claridad de texturas, y Fagen recreó muy bien la atmósfera intimista, casi sibeliana, de la obra. Es verdad que puntualmente parecía filtrarse demasiado la luz entre la niebla escocesa, pero eso es explicable por la propia tradición de nuestra orquesta. Los solistas de viento, especialmente el primer clarinete, tuvieron actuaciones estelares. En conjunto, fue una versión muy disfrutable… Honestamente, creo que no habría estado de más un tiempo más lento para poder recrearse en la obra, pero Fagen ya había logrado que la obra que teóricamente debía haber servido de calentamiento tuviera su sustancia musical…, y eso no es nada fácil de lograr.
Los Wesendonk-Lieder de Wagner estaban destinados a evaluar si Arthur Fagen era un buen director acompañante o no. Pero la verdad es que Fagen superó la prueba con nota. Fagen dedicó a Kirsten Blanc un acompañamiento magnífico, en donde las texturas de la orquestación de Mottl, (por otra parte no muy lograda), brillaron de forma bastante insospechada. Siempre respetuoso con la cantante, Fagen logró que todo tuviese sentido musical, y el resultado sonó ciertamente encantador.

Pero no cualquier tipo de voz es adecuada para un ciclo como éste. Es verdad que los Wesendonck-Lieder no son tan exigentes para el cantante como las grandes heroínas de los dramas musicales wagnerianos, pero la voz de Kirsten Blanc resultó a todas luces inadecuada. A la voz le falta cuerpo, le falta personalidad y a duras penas se destaca sobre la orquesta. En última instancia, Blanc optó por destacar de forma un tanto artificiosa los versos finales, para darles una entonación especial, pero el resultado final no convenció. Añadamos a ello unos agudos estridentes, y apuros en el manejo del aire, y entenderemos que por mucho que Fagen tratara de ayudarle, Blanc poco pudo hacer. El público le premió la actuación, y recibió bastantes más aplausos que Heisser en su actuación de hace dos semanas, (por poner un ejemplo), pero Blanc no se animó a dar propina.

Con todo, la gran prueba de fuego para Fagen era la Sinfonía en Do menor de Brahms, en lo que fue una interpretación muy premiada por el público pero que a mí me resultó en algún aspecto discutible.
El comienzo no parecía prever grandes logros. La introducción del primer movimiento fue tomada a tiempo rapidísimo, con un timbal demasiado presente, (sin duda, esto era responsabilidad del director). Poco a poco, Fagen logró establecer la tensión necesaria de la introducción, y en general todo el movimiento tuvo el aire dramático adecuado, aun a costa de algunos desajustes puntuales. Por supuesto, todo desde una perspectiva muy camerística, tal vez en exceso, primando la transparencia orquestal sobre un verdadero álito brahmsiano, más épico, más heroico.

El segundo movimiento fue tomado a un tiempo bastante ligero. Esto tiene una ventaja fundamental: la música resulta más fluida, y se vuelve menos pesada para el espectador. Sin embargo, parece claro que en un movimiento como éste, en el que la inspiración melódica es desbordante, no es éste el tempo más adecuado. Se necesita mayor relajación, para que todos podamos deleitarnos en esa melodía del oboe que abre el movimiento, por ejemplo. En conjunto, lo menos logrado de la versión.
El tercer movimiento sí tuvo el aire adecuado. Resultó adecuadamente divertido, y muy distante de la característica otoñalidad brahmsiana que tantas veces se ha descrito. Una interpretación alegre, de tiempo rápido y vital, un verdadero placer auditivo.
El cuarto movimiento, en cierta medida un resumen de lo que fue el resto de la sinfonía, no empezó con demasiada fuerza, pero se fue entonando poco a poco, hasta llegar a la Coda, que resultó adecuadamente grandiosa y monumental.
Dicho esto, creo que el concierto de ayer reflejaba bien los puntos fuertes y débiles de Fagen. Sin duda, Fagen resultará un director de cierto interés en el foso operístico, y sin duda hará buenas interpretaciones de Verdi. Un hipotético Tristán dirigido por él quizá no fuese una versión genial, pero revelaría aspectos muchas veces ocultos de la orquestación wagneriana, y no carecería de interés.

Sin embargo, me parece que Fagen puede unirse a ese grupo de ilustres directores, (sobre todo italianos), que han sido (son, en algunos casos), grandes directores de foso, grandes acompañantes. Pero para llegar a hacer una versión realmente buena de la Sinfonía número 1 de Brahms, hay que elevarse por encima del foso, olvidarse un poquito de que todo tenga que fluir como en el teatro, (segundo movimiento), e intentar alcanzar una visión más orgánica del conjunto, por momentos más heroica, (primer movimiento y parte del cuarto). Ya sabéis: Erede, Cleva, Benini, Arribabeni…, y ahora también Fagen.

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