Josep Colón en el Auditorio Baluarte de Pamplona

Cuando Liszt se vuelve Schumann

Miércoles, 23 de Marzo de 2011. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Josep Colón, piano. Fryderyk Chopin: Nocturno en Si bemol menor, Op. 9 número 1, (1832). Balada número 1 en Sol menor, Op. 23, (1835). Nocturno en Re bemol mayor, Op. 27 número 2, (1835). Balada número 4 en Fa menor, Op. 52. Berceuse en Re bemol mayor, Op. 57, (1843). Scherzo número 2 en Si bemol menor, Op. 31, (1837). Ferenc Liszt: Sonata para piano en Si menor, S. 178, (1853). Temporada de abono de la Sociedad Filarmónica de Pamplona 2010-2011.

Josep Pons ha sido siempre un pianista a tener en cuenta. Desde luego, no ha tenido quizá la proyección internacional de otros pianistas de su generación, (y estoy pensando ahora principalmente en Joaquín Achúcarro), pero su labor casi siempre resulta interesante y válida. El nombre de Josep Colón garantiza interpretaciones que, si no referenciales, sí son honestas, claras y a menudo reveladoras de algunos aspectos muchas veces más olvidados de las obras.
De entrada, una consideración importante: en la página web de Baluarte, se anunciaba un programa aún más arriesgado que el que finalmente se ha escuchado, puesto que a la sonata de Liszt debía acompañarla la Fantasía Op. 17 de Schumann. No obstante, el programa con el que Colón se ha presentado hoy en Baluarte es técnicamente demoledor y musicalmente muy arriesgado. Es éste un repertorio bien conocido por los aficionados, que a estas alturas tenemos ideas relativamente claras sobre lo que queremos oír en estas obras. Por lo tanto, apreciemos de entrada el esfuerzo y el riesgo corrido por Colón.

Las obras de Chopin parecían, por sus características, adaptarse bastante bien a la forma de hacer de Colón. Con todo, abrir un concierto con el primer nocturno es una prueba importante, y a Colón no le encontró del todo concentrado en la obra. La sección central sobre todo le quedó un tanto falta de dramatismo.

Sin embargo, no tardó el pianista catalán en recomponerse, y las demás obras tuvieron su carácter correspondiente. El Nocturno en Re bemol mayor tuvo su característica placidez; la Berceuse se balanceó adecuadamente… Pero fue en las baladas, y sobre todo en el Scherzo, donde Colón demostró todo su potencial: poético en las secciones líricas, contundente y dramático en los finales… en conjunto, una primera parte chopiniana que, de entrada, ya había sido muy interesante.

Sin embargo, lo más difícil estaba aún por llegar: la sonata de Liszt es una obra compleja, larga, con muchos episodios contrastantes y que, sin embargo, necesita a un pianista capaz de subrayar su unidad, que por otra parte es incontestable. Además, en esta obra es difícil encontrar una voz propia que pueda contarnos algo distinto a lo que ya conocemos por las versiones de Sviatoslav Richter, Zimermann, Arrau, curzon y tantos otros. Sin embargo, Colón lo logró, y ciertamente sin dejar indiferente a nadie.

Es conocido que la sonata en Si menor de Liszt está dedicada a Robert Schumann. Aunque es verdad que Liszt criticó en público bastante ácidamente algunas obras de Schumann, (al menos así lo contaba Clara Schumann en sus diarios), lo cierto es que la relación entre ambos compositores no fue tan distante como generalmente se cree, y de hecho en la propia Sonata de Liszt hay algunos pasajes líricos que Schumann podría haber firmado perfectamente.
La mayoría de los pianistas se olvidan de ese aspecto cuando plantean esta obra. Cliford Curzon, Claudio arrau, Sviatoslav Richter y casi toda la nómina de grandes pianistas que han grabado la obra convincentemente, ha centrado su atención en los contrastes de la obra.
Según ellos, esta Sonata es un anticipo de lo que Wagner empezará a hacer a partir de su Tristán. El programa de la obra, no anunciado por Liszt en la partitura, es la historia del Fausto de Goethe. Los pasajes dramáticos han de ser contundentes o inquietos, para retratar a Mefistófeles y a Fausto, respectivamente. Los pasajes líricos deben sonar, consecuentemente, de manera angelical, para subrayar la santidad de Margarita. A pesar de todo, la obra les resulta a todos ellos perfectamente compacta.
Josep Colón no es un pianista lisztiano ortodoxo, y probablemente decidió adentrarse nuevamente en la obra porque este año es el centenario de Liszt. Sin embargo, Colón siempre ha sido un gran intérprete de la música de Schumann. Por lo tanto, el suyo es el caso contrario. Los pasajes dramáticos, sobre todo al comienzo, tenían poco relieve. Había aplomo, había contundencia, pero no había drama. El primer Grandioso mostraba muy al desnudo la melodía, pero no resultaba heroico.

Sin embargo, Colón siempre ha sido un magnífico intérprete de la obra de Schumann, y llevó la Sonata de Liszt a su terreno. Los pasajes líricos fueron ayer una gran revelación. Adquirían una libertad de tempo inhabitual en las versiones de esta obra, de fraseo muy sugerentemente schumanniano, que resultaba muy convincente. Una forma alternativa de ver la obra, que hunde sus raíces en la versión de Leslie Howard para su integral de la obra de piano de Liszt. Desde luego, no una versión para todos los públicos, pero sí a tener en cuenta.
No es ésta obra que pida una propina detrás, pero Colón fue generoso con el público. Anunció una obra de Chopin que el autor de este texto no logró reconocer, (lo siento, tengo mis limitaciones), muy lírica, muy bonita de escuchar y muy difícil de tocar. En todo caso, había un tono decadente en la obra con el que el pianista, a su manera, nos avisaba de que ya era hora de acabar.
Y ciertamente, Colón necesitaba un descanso. Después de un programa tan problemático tanto técnica como musicalmente, había salido bien de la prueba y merece, en general, el reconocimiento que obtuvo…, y probablemente bastante más. Como digo, se puede estar más o menos de acuerdo con los enfoques de Colón, pero son coherentes, y muchas veces aportan detalles de interés a lo ya conocido… ¿Y qué vendrá después en este ciclo?

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