Viernes, 8 de Abril de 2011. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Gary Hoffman, violonchelo. Orquesta Sinfónica de Navarra. Peter Csaba, director. Karl Maria von Weber

Artistas

Viernes, 8 de Abril de 2011. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Gary Hoffman, violonchelo. Orquesta Sinfónica de Navarra. Peter Csaba, director. Karl Maria von Weber: Oberón, J. 306: Obertura, (1826). Antonin Dvoräk: Concierto para violonchelo y orquesta (número 2) en Si menor, Op. 104, (1895). Johannes Brahms: Sinfonía número 2 en Re mayor, Op. 73, (1877). Temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2010-2011.

A lo largo de la Historia, y muy especialmente a partir del siglo XIX, ha habido dos tipos de intérpretes que han logrado imponerse de forma duradera en la imaginación colectiva: el virtuoso y el artista. El músico virtuoso, cuya máxima realización es Paganini, es por definición un gran técnico de su instrumento, capaz de interpretar trinos, escalas, pasajes rápidos y demás pirotecnias con total naturalidad, a veces con frialdad casi glacial. En contraposición, el músico artista, (pensemos en Chopin), no pretende avasallar por ese tipo de razones, sino que lo hace a través del fraseo, logrando muchas veces interpretaciones íntimas, de gran calado expresivo. Todos tenemos en mente ejemplos de intérpretes, de antes y ahora, más cercanos a uno u otro tipo. Entre los virtuosos, situaríamos a pianistas como Arkadi Bolódos, Yundi Li, Jorge Bolet, Emil Gilels, Jascha Heifetz, Zino Francescati… Entre los artistas, por supuesto, están Claudio Arrau, Wilhelm Kempf, Wilhelm Backhaus, Alfred Cortot…
En el caso de los directores de orquesta, no es tan fácil hacer esta distinción, porque el control que el director ejerce sobre la orquesta es indirecto. Sin embargo, creo que hay directores que se pueden colocar claramente en algún punto de esta banda. El director virtuoso por excelencia es, por supuesto, Herbert von Karajan, que cuidaba el sonido de su orquesta con obsesión enfermiza, sobre todo en su última época. Otros ilustres directores que también podríamos incluir junto con él son Stokowski, Ormandy, el joven Bernstein, tal vez Henry Wood, Lorin Maazel, o en nuestros días, Valery Gergiev. Entre los directores artistas, más preocupados por el mensaje que transmitían, habría que citar a Furtwängler y Knappertsbusch, a Walter y a Klemperer, a Giulini…, y en nuestros días a Haitink y Barenboim.

Cuando terminaba la primera parte del concierto, un señor sentado cerca de mi posición en la sala afirmaba taxativamente: “¡Este hombre es un artista!”. Evidentemente, aquello se refería a la actuación de Gary Hoffman. Supongo que si me hubiese decidido a preguntarle por qué creía él que Hoffman es un auténtico artista, no creo que se hubiese sentido capaz de responderme…, pero esa es la magia del arte. No hace falta entenderlo para apreciarlo en su máxima expresión. Fue el caso de lo que ayer hicieron Gary Hoffman y Peter Csaba.
El concierto se abrió con la obertura de Oberón, una ópera muy poco conocida fuera del ámbito germánico, salvo precisamente por esta brillante obertura. En manos de las orquestas alemanas, de sonido más noble y más rústico en ocasiones, la obra se presta a la exhibición orquestal. Como nuestra orquesta no pertenece por derecho a esta gloriosa tradición, (como ocurre con todas las orquestas españolas), el director puede tratar de lograrlo o desentenderse de ello y buscar su propio camino. Fue esta segunda vía la que escogió Peter Csaba en esta ocasión, y a fe que el resultado fue interesantísimo. Csaba adelgazó las texturas, aligeró los tiempos, y sin pesanteces ni manierismos hizo una versión muy clásica, muy transparente y fluida. Con todo, sólo un pálido reflejo de lo que había de venir.
Esperaba con mucho interés la aparición de Gary Hoffman en el ciclo de la orquesta. Hace dos años, realizó una lectura elegantísima y dieciochesca de las Variaciones sobre un tema rococó de Tchaikovsky, quizá carentes de la fuerza y el apasionamiento que asociamos con el compositor ruso. Sin embargo, su acercamiento al concierto de Dvorák fue muy, muy distinto. Fue una lectura apasionada, dramática, magníficamente fraseada en los pasajes líricos, llena de contrastes y convicción. Esencialmente, todos los ingredientes que necesita la obra estaban allí, y la mayor preocupación de Hoffman fue hacerlos aflorar para lograr lo que efectivamente consiguió: emocionar a todos los que estábamos allí.

El acompañamiento de Peter Csaba no fue menos acertado. Con una orquesta inspiradísima, especialmente la sección de vientos, (gran intervención del trompista solista en el segundo tema del primer movimiento), el director rumano planteó una lectura solemne en el primer movimiento, lírica en el segundo y festiva en el tercero. La orquesta fue poderosa en los momentos dramáticos e íntima en los momentos que así lo requerían. En conjunto, uno de los mejores acompañamientos de concierto solista que he escuchado en vivo.Así las cosas, como no podía ser menos, el éxito fue monumental, y Hoffman nos regaló como propina la zarabanda de la primera suite de Bach, tocada con el mismo aplomo aristocrático que comentaba antes al hablar de la última intervención de Hoffman en nuestro ciclo. En esta ocasión, la elegancia y distinción fueron más apropiadas.

La Segunda sinfonía de Brahms es una de esas obras conocidas por todos, y por tanto arriesgada a la hora de programar. Csaba realizó una interpretación en general distendida y alegre de la obra. Desde luego, lejos quedaba el drama de un Furtwängler; el mayor referente histórico que se puede dar al concepto de Csaba es el de Bruno Walter. Una versión bucólica en el primer movimiento, alegre, rústica en el tercer movimiento, (sí, los oboes nos dieron esa magnífica sorpresa), e incluso el cuarto movimiento, que a veces podría parecer quizá menos trascendente que el resto, resultó interesante y completó una interpretación brillante de esta obra maestra. Ovaciones y éxito general, quizá no tan grande como el de otros directores en este ciclo, pero ilustrativo de lo que había sido una gran velada.

En conjunto, y no habiendo escuchado el concierto anterior, (que también debió de resultar exitoso, a juzgar por las crónicas y reacciones posteriores), creo que estamos ante el mejor concierto de esta temporada. ¿Quizá la sinfonía de Haydn que dirigió Juanjo Mena fue más interesante? ¿A lo mejor el Finale de la Novena de Beethoven por Wit causó un delirio colectivo mayor? Sí, y ciertamente fueron conciertos importantes… Pero aquí confluyeron dos verdaderos artistas que se dedicaron a hacer lo que mejor saben, que es música, y el resultado fue, sencillamente, grandioso.

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