Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Piotr Paleczny, piano. Orquesta Sinfónica de Navarra. Michal Nesterowicz, director.

Convicción: condición necesaria pero no suficiente
Jueves, 14 de Abril de 2011. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Piotr Paleczny, piano. Orquesta Sinfónica de Navarra. Michal Nesterowicz, director. Fryderyk Chopin: Concierto para piano y orquesta número 1 en Mi menor, Op. 11, (1830). Dimitry Shostakovich: Sinfonía número 1 en Fa menor, Op. 10, (1925). Temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2010-2011.

El arte de la retórica siempre ha sido muy valorado a lo largo de la Historia. Especialmente desde la Grecia clásica, la capacidad de poder convencer a través de argumentos racionales ha sido siempre considerada una virtud, y ha sido permanentemente estudiada. Los grandes oradores, como Demóstenes o Cicerón, han pasado ya a la Historia y no permanecen olvidados. A lo largo de la Edad Media, (y no digamos en el Renacimiento), la Retórica siguió siendo una disciplina importante. Aun en nuestros días, los cursos para “aprender a hablar en público”, (el mismo perro con distinto collar), están muy solicitados, y a ellos acuden muchas personas que quieren sacarse de encima el miedo a enfrentarse a un auditorio.

Siempre se ha dicho que una de las reglas de oro para convencer al adversario dialéctico en un debate es el convencimiento. Difícilmente podría defender, por ejemplo, la gestión económica de un gobierno si no estuviese convencido de que era lo mejor que se podía hacer por el país. Por eso, en muchos talleres de debate se enseña que el buen orador debería ser capaz de defender cualquiera de los dos posicionamientos que se planteen. De esa forma, se obliga a la reflexión y se ordenan los argumentos y las estrategias. Por supuesto, seguirá siendo más difícil defender una postura con la que no se está de acuerdo, pero el esfuerzo es gratificante y merece la pena.
Los músicos también tenemos que realizar ese esfuerzo. Es probable que a veces nos enfrentemos con obras menores, (o no tan menores), que por alguna razón no nos gustan. Sin embargo, cuando un músico sale a escena para interpretar una obra, ha de estar convencido de que esa obra es la mejor que se ha escrito jamás. Sólo de esa forma puede sacar el máximo juego a la pieza, y lograr que el público disfrute y se emocione con la música. A veces, los músicos olvidan esta verdad, y adoptan posiciones de cara a la galería, que no llevan a ninguna parte.
No fue el caso el jueves del pianista Piotr Paleczny. Desde luego, el polaco se sabe su Chopin, sabe lo que quiere lograr y lo ejecuta. La técnica es formidable, y la capacidad digital le permite afrontar sin ningún problema las dificultades mecánicas del concierto, que no son pocas, especialmente en el tercer movimiento. Pero también es verdad que sólo con eso no puede sacarse a flote un concierto de Chopin. ¿Qué más hace falta para eso?
Pues bien, para eso hace falta precisamente lo que Paleczny aportó. En primer lugar, una buena dosis bien calculada de contrastes. La gama expresiva de Paleczny es amplísima: cuando quiere, puede tocar frases delicadísimas y de carácter melancólico, pero también puede deslumbrarnos con su dramatismo…, o frasear apasionadamente, como en el tiempo lento. Pero sobre todo lo que caracteriza al Chopin de Paleczny son dos cosas: en primer lugar, el magnífico manejo del rubato, (ese imperceptible manejo del tiempo, que hace que esto no suene a música de cafetería), y la capacidad de que el piano cante estas milagrosas melodías de estilo belliniano. Si mezclamos todos esos ingredientes y le añadimos el convencimiento que decíamos, el resultado no puede ser sino magnífico.
Sin embargo, queda aún un detalle importante. Puesto que por definición el concierto es un diálogo entre un solista y una orquesta, hay que hablar de la parte orquestal. Pero ahí Nesterowicz estuvo al quite, y demostró que aunque aquí la orquesta es bastante acompañante, la orquestación chopiniana no debe ser ignorada. Frente a compositores como Balakirev, (líder del Grupo de los cinco Rusos, que incluye entre otros a Mussorgsky y a Rimsky-Korsakov), que se vieron en la necesidad de “mejorar” la orquestación de Chopin, el director polaco nos mostró los contracantos de las maderas, muchas veces oscurecidos, que le dan a este concierto un aire nuevo. Por lo demás, acompañó con gran diligencia al solista, y contó con una respuesta orquestal en conjunto satisfactoria.

Por supuesto, el éxito fue mayúsculo y el solista interpretó la Polonesa Op. 53, del propio Chopin, que conocemos como “Heroica” por la interpretación tan particular que de su sección central hacía Liszt. Desde luego, la recreación de Paleczny fue majestuosa, permitiéndose muchas licencias, (¿quizá demasiadas?), para lograr un resultado espectacular…, y no sólo por la descarga de caballería de la sección central, siguiendo la referida interpretación de Liszt.

Me temo que la sinfonía de Shostakovich, en conjunto, no resultó tan brillante. Desde luego, el comienzo era muy prometedor, con la chirriante llamada de trompeta y la exposición enigmática del primer movimiento. Nesterowicz pareció entender bien el carácter experimental del movimiento, con sus melodías huidizas y su característico ambiente camerístico. El Scherzo fue fiel a la etimología de la palabra, (“Scherzo” significa “broma” en italiano), y todos disfrutamos de su sarcasmo e ironía…, además de asombrarnos de la intervención del pianista solista, que ciertamente fue brillante.
Fue en la segunda mitad de la obra donde Nesterowicz, creo, no logró rematar la faena. Creo que en el tercer movimiento se podía haber logrado una mayor tensión, quizá con algún fraseo más amplio…, y el Finale resultó brillante, sí, pero quizá la fuerza de los primeros movimientos se había perdido.
Es probable que el elemento “convicción” no haya jugado aquí un papel tan importante. Las orquestas cuentan con poco tiempo para ensayar, y quizá Nesterowicz no llegó a disponer del necesario para pulir la interpretación como habría querido. En todo caso, ganas no le faltan y tiene tiempo más que suficiente para hacer carrera.

En resumen, el del jueves fue un concierto en conjunto interesante, que reveló a intérpretes de altura enfrentándose a obras comprometidas, con magnífico resultado en el caso del concierto de Chopin, y quizá no tan brillante en la sinfonía de Shostakovich. Pero al margen de otras posibles cuestiones, (mayor o menor número de ensayos, etc.), lo que demostró el concierto fue que, donde hay convicción y entrega, se ha dado ya el primer paso para que surja la emoción en el público…, porque al fin y al cabo, es de eso de lo que se trata.

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