En la ciudad de la música: Viena

Amigo lector: en estos momentos me encuentro en una ciudad envidiable por su tradición musical. Aquí desempeñaron su oficio Mozart y Beethoven; fue aquí donde Franz Schubert realizaba sus famosas Schubertiadas; en esta ciudad, los Strauss desarrollaron al máximo eso que conocemos como vals; Gustav Mahler fue responsable durante años del teatro de ópera de la ciudad; aquí Schönberg y los suyos revolucionaron los oídos de sus contemporáneos…, y los de las generaciones futuras. Aquí desempeña su labor la que yo creo es la mejor orquesta del mundo, y aquí está la sala de conciertos más famosa que existe. Creo que no hace falta añadir más explicaciones: parafraseando a Johann Strauss Hijo, sólo hay una ciudad musical: sólo hay una Viena.
Llegamos a Viena el sábado por la tarde, en una tarde inhabitualmente calurosa. Más parecía un día de verano que de primavera. Después de instalarnos en el hotel, fuimos a dar un paseo por el centro de la ciudad, y casi sin querer, nos encontramos con la Staatsoper. Casualmente tuve la fortuna de poder disfrutar de un espléndia función de ópera: en la plaza que se abre frente al teatro había una pantalla gigante, a través de la cual se iba a retransmitir la función que iba a comenzar dentro… de diez minutos. Por lo tanto, y como hacía buen tiempo, nos quedamos a escuchar. Aquello no podía empezar mejor.
La ópera en cuestión era Fausto de Gounod, que siendo una obra importante, (único vestigio vivo que queda de la famosa grande ópera francesa), tiene algunas debilidades dramáticas importantes, sobre todo un tercer acto que siempre me ha parecido algo excesivo por falta de contenido. Además, la producción que ahora se representa en Viena corta el ballet que Gounod incluye en el quinto acto de la obra, y que es quizá lo más espectacular.
No obstante, la función del sábado fue extraordinaria, y deparó algunas buenas noticias. La primera y más importante: Roberto Alagna, que llevaba algunos años de crisis vocal, parece que ha vuelto a recuperar la forma y canta ahora con gran ardor lírico y con más ganas que nunca. El papel de Fausto parece ahora hecho para él, lo entiende y le saca gran partido. Ciertamente, una gran alegría volverle a escuchar en su mejor forma.
Por lo demás, como por otra parte es habitual en la staatsoper, un reparto muy homogéneo con un par de voces destacadas. Mefistófeles fue el sábado Erwin Schrot, en una actuación sobresaliente por el cinismo y la rabia con la que caracterizó al personaje. Alexandra Raimprecht no fue la Margarita jilguero a la que estamos acostumbrados, pero su lírica concepción del personaje funciona magníficamente. Alain Altinoglu realizó una dirección eficacísima, dramáticamente perfecta.

Pero esto no es todo. Al día siguiente por la mañana, tuve aún la gran suerte de acudir a la misa mayor en la Catedral de San Esteban. Era Domingo de Resurrección, y por lo tanto misa solemne, con orquesta, coro y solistas. Hasta aquí, nada extraordinario, (en Paderborn ese día también hay orquesta con coro y solistas). Lo curioso es la obra elegida para las partes del ordinario. La Misa número 6 de Schubert es una obra en teoría poco apropiada para la liturgia, no por falta de méritos musicales, (es una obra maestra, desde luego), sino por su excesiva duración. Sólo las partes del ordinario duran cincuenta minutos…, para una misa que, por tanto, duró dos horas.
En todo caso, todo esto poco importa si la obra está bien interpretada…, y desde luego, la tradición vienesa así lo asegura. La orquesta de la Capilla es extraordinaria, con toda la nobleza propia de las orquestas vienesas; el coro es estupendo, y habría sido interesante haberlo escuchado el Jueves y el Viernes Santo para oírles cantar a capella…, y aunque es verdad que los solistas no llegaban a ese nivel, (siendo buenos, en todo caso), es una gran experiencia escucharles. Además, en contra de lo que podría parecer, todo esto funciona estupendamente en la acústica de la Catedral.Para las partes propias de la misa del día, fundamentalmente cantos en alemán con el estilo propio de los corales luteranos, y la fantástica intervención del organista, que es un gran improvisador. Sólo una concesión al gregoriano: el Victimae Paschali Laudes, un canto que antecede al Aleluya y que es de los más antiguos, (y hermosos), de la Iglesia. Fue cantado con un modestísimo y sencillísimo acompañamiento del órgano, en forma de bordón, lo que le daba un aire muy medieval. El Amen y el Aleluya final, en forma poloifónica, pero según los esquemas medievales, por cuartas y quintas paralelas. El resultado suena muy arcaizante y apropiadísimo para esta música.
Desde luego, un gran preludio para una estancia que prometía grandes cosas…, de la que seguiré informando en los próximos días.

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