Fábula para prevención de turistas despistados en Viena

Érase una vez, una familia que se hallaba de vacaciones por Viena. Acababan de salir de la Catedral de San Esteban, deslumbrados tras la impresionante versión de la Misa número 6 de Schubert que acababan de escuchar, (en La Catedral de San Esteban y gratis por cierto ) y ahora se disponían a seguir sus vacaciones. En ese momento en el que uno está mirando los planos para saber qué es lo siguiente que va a hacer, les abordó un hombre, vestido a la manera dieciochesca, con la intención de venderles entradas para un concierto.
“¿Quieren entradas para el concierto de mañana? ¡Es un concierto extraordinario! ¡Es para escuchar a la Orquesta Real en la casa en donde Beethoven vivió y tocó para la emperatriz Sissí! ¡Obras de Mozart, de Beethoven y de los Strauss!”, así decía el hombre.
Al escuchar aquello, los tres se sintieron un poco extrañados, y se retiraron a deliberar. El hijo estaba algo mosqueado: difícilmente Beethoven podía haber tocado jamás para la emperatriz Sissí, porque el sordo genial había muerto años antes de que ella naciera. Además, la susodicha Orquesta Real estaba formada teóricamente por miembros de la Filarmónica y la Sinfónica de Viena, que iban a tocar excepcionalmente ese día, y se iba a contar con solistas de la Ópera de Viena… Demasiado bueno para ser verdad. Además, el hombre pretendía que el fundador de la orquesta había sido Gustav Mahler, (¡¡¡), que la usó para tocar para el Emperador. (No está nada mal, teniendo en cuenta que a Mahler no le gustaban nada ese tipo de servilismos frente al poder político).
Así pues, por pura curiosidad y previa negociación con él, compraron entradas para el concierto. Eso sí: lograron una rebaja considerable en el precio de la entrada, y fueron sin crearse demasiadas expectativas. Había habido ya demasiados datos erróneos como para poder creer en lo que les estaba contando.
El lugar en cuestión estaba situado, en efecto, en la Beethovenplatz. En el centro de la plaza, se yergue el famoso monumento a Beethoven. En la propia plaza, en un edificio antiguo que hoy sirve como escuela de música se celebró el concierto. El interior, ciertamente, no era un auditorio prometedor. Filas de sillas, al modo de las que pueden encontrarse en los auditorios de las escuelas de música.
Desde la entrada del edificio hasta que llegas a tu asiento tienes un oferta continuada de oportunidades para gastar dinero: guardarropía (2€ por prenda u objeto), tienda de recuerdos (más caros que en la calle), bar (3€ copa champán) Dato significativo: los asistentes eran turistas. Un poco raro si hubiera sido cierto lo que contaban del plantel de músicos para vender las entradas.
El susodicho plantel era más bien exiguo: un cuarteto de cuerdas, piano y percusión, con soprano, tenor y barítono para los números vocales que así lo requerían. Bien, un conjunto de cámara más que suficiente para poder tocar arreglos bastante interesantes de las obras programadas. Pero desde luego, el nivel no era comparable a lo que el pregonero predicaba…, o al menos en la primera parte.
La primera parte fue ocupada por música de Mozart y Beethoven, pero sobre todo del primero. La obertura de Las bodas de Fígaro abrió una primera parte tocada en la parte instrumental con gran entusiasmo, pero sin la elegancia propia de estas obras. La obertura en sí salió bien, pero por ejemplo la Romanza para violín y orquesta de Beethoven, (único ejemplo de la música del sordo genial), no tuvo la delicadeza necesaria, y por momentos parecía que el espíritu vienés no estaba muy presente. Entre medio, algunas arias de óperas de Mozart, como un “Dove sono” cuyo recitativo resultó melodramático en exceso, un tanto sobreactuado. Todo esto sin tener en cuenta las desafinaciones e imprecisiones del primer violín, por ejemplo. Incluso en esa búsqueda de la espectacularidad hubo algunos momentos que se pueden calificar como de mal gusto, sin más. ¿Para qué necesita el primer movimiento de la Pequeña música nocturna una parte de timbal que no existe en el original?
Hubo, sin embargo, dos obras en las que el conjunto sí dio el nivel: el Minueto de la citada Pequeña música nocturna, (de la que sólo se dieron los movimientos primero y tercero), y una versión del Rondó alla turca llevada a tiempo de polka rápida de los Strauss, sin duda interesante, muy bien tocada y un buen preludio para la segunda parte que había de venir.
En la segunda parte, se tocaron valses y polkas de los Strauss, de Lumbi, (el Strauss danés, un compositor muy interesante), y un par de números de opereta. En general, el nivel fue mejor: la orquesta le tiene tomada la medida al rubato straussiano, y los valses se escucharon con mucho placer. Voces de la primavera fue lo mejor, quizá porque estamos muy acostumbrados a escuchar este vals en concreto como música trivial o de tiovivo. Las polkas rápidas se tocaron con la animación debida, y el conjunto fue interesante.
La vertiente vocal, sin embargo, no mejoró. Un tenor nos regaló una versión de “Dein ist mein ganzes Herz”, (¡no podrían haber encontrado un número más empalagoso en toda la opereta vienesa?), cantada sin demasiada emoción. Sí hubo más interés, en el número que se ofreció de la opereta Sangre vienesa de Johann Strauss Hijo.
Y luego, las propinas. Después de El bello Danubio azul, una versión de la Marcha Radepsky bastante perjudicada por las palmas a destiempo de los espectadores, y eso sí, una magnífica versión de las czardas de Monti. Si hubiésemos sustituido en esa obra el piano por un cymbalon, incluso se podía confundir el conjunto con una banda de gitanos húngaros. Tal fue la propiedad con la que interpretaron esa obra…, y la Marcha persa del programa oficial, en conjunto lo mejor de la velada.
Así pues, la velada fue irregular, con grandes momentos y algunas obras en las que el conjunto mostraba su modestia y su escasez de medios. En todo caso el público, que prácticamente llenaba la sala, parecía encantado con lo que estaba escuchando, viviendo el espectáculo como si fuese el mejor concierto que hubiesen escuchado jamás.
Evidentemente, ésta es una muestra muy ilustrativa de la forma en la que los austríacos han rentabilizado su patrimonio musical. Aprovechandose de los turistas, les hacen creer que un conjunto de cámara modesto toca de manera comparable a la Filarmónica de Viena, y que han estado en un concierto de alto nivel…, puesto que es a ese precio al que cobran las entradas los pregoneros. Así pues, lo criticable en este caso no eran las versiones en sí. Los músicos, en todo momento, hacemos y damos lo máximo para ser fieles al espíritu de las obras y del compositor, queremos emocionar al público y ese es nuestro trabajo fundamental. Lo que sí es criticable es ese afán de engañar, de lograr unos beneficios donde no hay, de defraudar al público y engañarle con algo que, en última instancia, no se va a encontrar. Esas mismas interpretaciones, escuchadas en un café, habrían dado el tono adecuado a la velada, y habrían funcionado de manera más que correcta. Pero en el momento en el que se publicitan y se proclaman en exceso sus excelencias, el análisis detallado prueba que las buenas intenciones no bastan y que esto es simplemente un gran negocio para engañar a turistas poco avisados.
Moraleja: si tú, amigo lector, te encuentras alguna vez en Viena, veras una red de señores que se pasean por el centro de la ciudad, vestidos a la manera dieciochesca y que te perseguiran insistiendo para que no te pierdas un concierto con lo mejor del panorama musical de Viena… ¡¡y del mundo!!
Los conciertos que pregonan con tanto entusiasmo no responden a esas expectativas; las entradas que ofrecen para la ópera se podían haber comprado por Internet mucho más baratas…, o incluso puedes ir a las taquillas y comprar una entrada de pie por 4€ hora y media antes de la función. Disfruta de la música en Viena, porque hay muchos lugares para hacerlo, pero no te dejes engañar.

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