La Meier, siempre la Meier

Miércoles, 27 de Abril de 2011. Teatro de la Staatsoper de Viena. Parsifal: Festival escénico sagrado en tres actos, con libreto y música de Richard Wagner, estrenado en el Teatro de Festivales de Bayreuth el 26 de Julio de 1882. Christine Mielitz, dirección de escena. Christopher Ventris (Parsifal), Franz-Joseph Selig (Gurnemanz), Falk Struckmann (Amfortas), Waltraud Meier (Kundry), etc. Coro y Orquesta de la Staatsoper de Viena. Ingo Metzmacher, director musical.

El escritor estadounidense Mark Twain, durante sus largas estancias en Alemania, fue testigo de uno de los primeros festivales de Bayreuth. En 1891, con Wagner ya muerto, se pusieron en escena varias obras del maestro alemán. Si no estoy errado, fue ésta la edición del festival en donde Richard Strauss dirigió Tannhäuser, y como era norma en aquellos años, se representó Parsifal. Conservamos un texto muy interesante del escritor estadounidense sobre sus vivencias en el Festival, en donde aparecen reflejadas también sus opiniones sobre la música de Wagner.
Los comentarios que hace sobre la música de Parsifal son acertadísimos. Él confiesa que, en realidad, no llegó a entender la obra en la primera audición. ¿Por qué? Ciertamente, porque esperaba encontrarse arias al estilo italiano, o al menos sucedáneos de ellas como en Tannhäuser, que era una ópera que le encantaba. Sin embargo, como bien dice, los aficionados a Wagner solemos entender que Parsifal, cuestiones filosóficas aparte, es la obra más acabada de Wagner, y escucharla en vivo siempre es una gran ocasión…, y más en Viena, donde la tradición, como vamos a ver, tiene un peso importante.
La puesta en escena de Christine Mielitz no trata de ser precisamente respetuosa con la época en la que se desarrolla originalmente la acción. En realidad, ya sabemos que en los teatros alemanes la actualización de las obras líricas es algo constante… y hasta cierto punto aceptado. Es verdad que los estrenos, especialmente en Wagner, no suelen ser muy exitosos, pero al final las producciones escénicas se asientan en el repertorio y terminan por convertirse en clásicas.
No obstante, el significado de esta producción puede resultar un tanto confuso. Podemos entender por qué el acto primero se desarrolla en un cuartel. Después de todo, los Caballeros del Grial no dejan de ser soldados. En lugar de bañarse en el lago sagrado, Amfortas y sus súbditos han de conformarse con unos simples lavabos. Mientras Gurnemanz cuenta cómo Amfortas fue despojado de la lanza sagrada y herido con ella, aparecen dos sofás, que volverán a verse en mayor número cuando Klingsor despierte a Kundry, (¿acaso representa el número de caballeros captados por Klingsor?). Por lo demás, otros momentos sí resultan más realistas “a su modo”. Ciertamente, una puesta en escena en la que se necesita hacer un ejercicio de imaginación.
Musicalmente, se puede decir que fue una buena velada, empezando por el Parsifal de Christopher Ventris. Ventris suele ser considerado como el tenor wagneriano estricto de nuestro tiempo. No es realmente una voz de tenor heroico al estilo antiguo, pero se maneja bien en este repertorio, y no haría bien en intentar arriesgarse a cantar personajes más exigentes como Siegfried, por ejemplo. Con Parsifal, hace un buen trabajo de caracterización del personaje, pero quizá no hace tanto personaje como Klaus-Florian Vogt, quizá para mí el mejor intérprete de la parte a día de hoy, (¡y contando con una voz en teoría más lírica, y por tanto menos apropiada!). En todo caso, teniendo en cuenta la situación actual, un muy buen trabajo, porque llega con relativa facilidad a su momento, que es el final de la obra.
A quien debe salvar Parsifal, es al resto de la Orden del Grial…, y el rey del Grial es Amfortas, en este caso un Falk Struckmann en verdadero estado de gracia. No es la de Struckmann una voz grata de escuchar, pero otorga al personaje su característico patetismo. De nuevo, no tendrá la profundidad psicológica de otros retratos del personaje que los wagnerianos conocedores de las grabaciones del nuevo Bayreuth tenemos en mente, pero nuevamente de lo mejor que hoy se pueda escuchar.
El Gurnemanz de Franz-Joseph Selig es, ciertamente, algo muy singular. Carece de la humanidad del Gurnemanz por antonomasia, que es Ludwig Weber. No tiene la nobleza de un Matti Salminen en sus buenos tiempos. Tampoco es el Gurnemanz bonachón pero socarrón al mismo tiempo de un Hans-Peter König, por citar a un cantante actual… Y sin embargo, Selig logra convencer en muchas ocasiones…, pero desde una perspectiva completamente nueva. El Gurnemanz de Selig parece sufrir incluso más que su señor, sólo que conoce demasiado bien los peligros de enfrentarse a Klingsor como para ir él mismo a reconquistar la lanza sagrada.
El resto de personajes, cubiertos con miembros de la compañía, fueron representados con gran dignidad. No hubo, desde luego, ningún papel que no fuese cantado dignamente, y el reparto fue por consiguiente muy homogéneo y eficaz…, como también fueron más que competentes los coros y la orquesta. Pero he dejado a propósito lo más importante para el final.
Ya hace casi treinta años, Waltraud Meier se presentó con este mismo papel en el Festival de Bayreuth, y ya entonces fue una gran sensación. Disponemos de la toma de 1985, en donde resulta lo mejor con diferencia de un Parsifal cantado con gran dignidad en general y dirijido con tremenda lentitud por un poco inspirado James Levine. La Meier aparece en su mejor estado vocal, y con un retrato del personaje que ya entonces era muy prometedor.
Pasados los años, la voz de Meier ha perdido brillo. Los agudos, que nunca fueron su fuerte, ahora le salen chillones, nada agradables. Pero el personaje ha crecido y ha madurado enormemente, desde la sensualidad de la seducción a Parsifal hasta el desgarro al contar cómo fue maldita por reírse de Jesús en la cruz. Es difícil imaginar un retrato del personaje con más matices, incluso en las mejores versiones de tiempos pasados que podamos tener en mente. Una verdadera lección de canto-drama wagneriano.
La dirección de Ingo Metzmacher, nuevamente, se puede definir diciendo más bien cómo no fue. No tuvo Metzmacher, por supuesto, la trascendencia del gran Hans Knappertsbusch, (pero es que Kna era irrepetible). No había esa convicción misionera de un Eugen Jochum. Tampoco estaba la humildad franciscana de Daniele Gati…, ni esa sobriedad luterana con la que Michael Boder dio la obra en Barcelona en marzo de este año. La de Metzmacher es una lectura dramática, despojada de muchos de los elementos espirituales, que por tanto funciona en su conjunto. El primer acto, por ejemplo, se pasa en un suspiro. No habría estado de más alguna de las características que hemos enumerado de otros grandes directores de esta obra para situar a metzmacher entre los verdaderamente grandes…, pero es joven, tiene tiempo para poder madurar su visión de la obra y, en todo caso, fue su labor muy aplaudida al final de los actos segundo y tercero…
Porque como he dicho, la tradición sigue pesando en Viena. Al igual que fue costumbre en Bayreuth hasta hace poco, en Viena no se aplaude al final del acto primero de Parsifal. Desde mi perspectiva de aficionado wagneriano, me parece bien porque creo que de esa forma se respeta mejor el clima misterioso que produce el final de ese acto…, aunque en realidad ni la tradición proviene del propio Wagner, ni está consolidada en todos los teatros de tradición wagneriana.
En conjunto, una función muy disfrutable, con buen canto wagneriano, (¡ojo, que en Bayreuth no siempre es así!), y coronada por un gran éxito de público…, aunque por supuesto, la gran triunfadora fue la gran Waltraud Meier, que puede estar vocalmente mejor o peor, pero dramáticamente siempre ofrece resultados extraordinarios. Cuando pasé al salir del teatro por la estrella dedicada a Hans Knappertsbusch, (el verdadero y único sumo sacerdote para este “festival escénico sagrado”), pensé en lo orgulloso que se habría sentido Kna de haber podido contar con una Kundry como la de Meier en sus últimos años… En fin, no hagamos música ficción.

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