Orquesta Sinfónica de Murcia en Baluarte

Contra los libros de texto

Viernes, 20 de Mayo de 2011. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Miguel Pérez Espejo, violín. Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia. Jose Miguel Rodilla, director. Wolfgang Amadeus Mozart: Don Giovanni, KV 527: Obertura, (1787). Wolfgang Amadeus Mozart: Concierto para violín y orquesta número 5 en La mayor, KV 219, (Turco), (1775). Antonin Dvorák: Sinfonía número 8 en Sol mayor, Op. 88, (1889). Temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2010-2011.

Hace ya bastantes años, el Orfeón Pamplonés interpretó con la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia un concierto con una obra bastante menos frecuente de lo que debería. Ocupaba la segunda parte la Sinfonía número 2 de Mendelssohn, una obra monumental, deudora en muchos aspectos de la Novena de Beethoven, que también cuenta con unas dimensiones y un final coral similar. Tuve acceso a una grabación del concierto, y aquella versión fue una revelación. La Orquesta de Murcia realizó una actuación magnífica; el Orfeón Pamplonés estaba a su mejor nivel de entonces, (ahora lo habría hecho mucho mejor aún), y el reparto vocal era bastante solvente. La dirección de Jose Miguel Rodilla era muy ortodoxa, y aunque luego he oído realizaciones de la obra más acabadas, para mí fue uno de mis grandes descubrimientos musicales.
Mi expectación era, desde luego, importante. Prácticamente no había vuelto a escuchar a esta orquesta y a este director desde entonces, y puesto que Rodilla es el típico director que ha sabido mantener una relación estable y duradera con su orquesta, era de esperar que se pudiese comprobar una mejoría con respecto a la respuesta orquestal de entonces, (que ya era muy buena), y que pudiésemos disfrutar de un gran concierto. El programa, desde luego, era atractivo para aquellos aficionados amantes del repertorio tradicional, aunque cabía preguntarse por qué se volvía a programar la Octava de Dvorák, (ya hace dos años Álvaro Alviac hizo una memorable lectura de la pieza con la Sinfónica de Navarra). Sin embargo, el resultado fue cuando menos desconcertante.
La obertura de Don Giovanni de Mozart fue, ciertamente, un comienzo relativamente regular. La magistral introducción lenta, muy probablemente de lo mejor que Mozart escribió, fue traducida con un moderado nivel de tensión. Sin embargo, cuando comenzó el Allegro, de pronto todo el clima
dramático que se había creado desapareció. Cierto que había una gran transparencia orquestal, que se escuchaba todo, que todo estaba en su sitio…, pero en Mozart el drama es algo fundamental, y no siempre lo hubo en esta obertura.
Dicen los libros de texto que Mozart es un autor dramático, que en todas sus obras hay contrastes, que su música es frecuentemente juguetona y alegre. Por lo tanto, desentenderse de ello no parece la opción más lógica al interpretar sus obras. No sé si Miguel Pérez Espejo tenía todo esto en mente al interpretar la obra, pero lo cierto es que todo acabó sonando sin contrastes, plano. Cuando hacían falta articulaciones, Pérez Espejo las dio, pero no con la convicción necesaria. El fraseo no corría, y todo carecía de la espontaneidad y naturalidad que todos asociamos a Mozart. Otro ejemplo: el famoso pasaje alla turca del tercer movimiento también resultó cuadriculado, falto de la fuerza o la sensualidad que en ese lugar es de esperar.
Poco podía hacer Jose Miguel Rodilla frente a esta actuación solista. Se limitó a acompañar con profesionalidad, cediendo ante algunas de sus extravagancias, (ese ritardando de la entrada inicial…). En cierta manera, logró que todo sonara en su sitio. Eso sí, la interpretación causó en conjunto cierto desconcierto, hubo pocos aplausos y nadie se sorprendió de que Pérez Espejo no diese propina.
Siendo como fue la Sinfonía número 8 de Dvorák bastante más interesante, también terminó por dejarme un regusto amargo…, porque yo siempre he creído, ingenuo de mí, que era ésta una sinfonía festiva, humorística, trufada de melodías populares checas, graciosa y divertida. En fin, apropiada para estas fechas casi veraniegas en las que estamos. Fue Kubelik el que me descubrió esto, y luego me lo ratificaron Szell…, y Alviach hace dos años con la Sinfónica de Navarra.
No sé si ha escuchado Rodilla mucho estas versiones que he citado, pero parece claro que tiene otros referentes en mente. Al exponer la introducción, parece claro que hay un punto de tensión desacostumbrada… Cuando avanza el movimiento, lo hace a un tiempo realmente lento para lo que estamos acostumbrados. El desarrollo fue tremendamente dramático, con metales atronadores hasta el límite de lo tolerable. Nada de la humanidad de un Giulini, o de espíritu festivo, sino todo lo contrario.
El segundo movimiento sí fue algo más parecido a lo que estamos acostumbrados: un comienzo insinuante, un avance hasta un clímax de fuerza dramática impresionante, (¡ay, otra vez los metales demasiado potentes!), y un final relativamente pacífico. El tercer movimiento fluyó con naturalidad, pero no con la gracia de otras ocasiones. Faltó en cierta manera el toque rústico que este movimiento parece pedir a gritos. El Finale, en la misma onda del primer movimiento, (las fanfarrias iniciales más brillantes que nunca), fue concluido con gran brillantez, pero con poco optimismo. Gran éxito general, y de propina una obertura de Las bodas de Fígaro de bastante buena traza.
En resumen, un concierto poco convencional, en donde Rodilla y Pérez Espejo trataron de convencernos de que los libros de texto también se equivocan…, con resultados variables. Desde luego, el concierto de Mozart resultó bastante poco interesante, pero la sinfonía de Dvorák, con su concepto extraño, acabó teniendo sin embargo algunos momentos interesantes. ¿Pretenderá Martínez Izquierdo hacer lo mismo con el Iván el terrible de Prokofiev? La respuesta, dentro de dos semanas en el cierre de temporada.

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