La Sexta de Mahler por Bychkov

El Mahler de un no experimentado

Lunes, 30 de mayo de 2011. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Orquesta Filarmónica del Teatro alla Scala de Milán. Semyon Bychkov, director. Gustav Mahler: Sinfonía número 6 en La menor, (1904). Temporada de Espectáculos de Baluarte Febrero-Junio 2011.

Semyon Bychkov no es ningún desconocido en el panorama musical europeo. El director ruso irrumpió con una fuerza extraordinaria en los años ochenta de la mano de Herbert von Karajan, pero no se dejó guiar por sus altas pretensiones y ha seguido labrándose una gran carrera internacional, a base de trabajo y esfuerzo. Se ha curtido durante muchos años con la Orquesta Sinfónica de la Radio de colonia, a la que ha llevado al circuito internacional, especialmente gracias a sus versiones de la música de Brahms, Wagner, Richard Strauss y el repertorio ruso. Se le ha acusado durante mucho tiempo de ser un director irregular, (y de hecho, no siempre me ha convencido), pero lo que Bychkov hace casi siempre es digno de ser tenido en cuenta.
Sin embargo, la actuación de Semyon Bychkov con una obra como ésta se enfrentaba a una duda. Semyon Bychkov no se ha prodigado mucho hasta ahora en el repertorio mahleriano. En el ámbito discográfico, se conoce solamente una grabación de la Segunda sinfonía. En Colonia, el repertorio mahleriano solían dirigirlo otros directores, como Esa-Pekka Salonen, y desde luego no recuerdo ninguna interpretación mahleriana de Bychkov. Eso sí, durante estos últimos meses ha dirigido muchas veces esta sinfonía, (entre otras orquestas a la Filarmónica de Viena en el Musikverein y en gira), y aún tiene que dirigirla en los Proms…
Lo primero que llamará la atención a los puristas mahlerianos es la persistencia en no aceptar el orden definitivo de los movimientos centrales pensado por Mahler. Como bien apunta Luis San Martín en las notas al programa, el orden original era efectivamente tocar primero el Scherzo y luego el Andante. En el ensayo general, Mahler decidió invertir el orden de movimientos, para que el comienzo del Scherzo no representara una reiteración demasiado inmediata de las células del comienzo de la obra. Por razones que no vienen ahora al caso, (consúltese al respecto la última biografía de Mahler por José Luis Pérez de Arteaga, 2008), se impuso durante muchos años el orden original de movimientos, ignorando las intenciones al respecto de Mahler, hasta que hace pocos años se redescubrió la verdad, y muchos directores mahlerianos han vuelto al orden querido en última instancia por el compositor. Semyon Bychkov no se cuenta entre ellos. Lo cierto es que esto no rompe la coherencia de la interpretación, pero sí revela un cierto distanciamiento con respecto a los directores mahlerianos más puristas, al igual que ocurre con otros aspectos de la interpretación, que no se somete en algunos casos a lo que se espera en esta obra.
Dentro del concepto que escuchamos el lunes, el primer movimiento fue quizá lo menos convincente de la interpretación. El tema inicial con forma de marcha surgió con gran determinación, pero faltaba la lentitud necesaria para que la inexorabilidad del destino quedara clara desde el principio, (escúchese a Barbirolli, por ejemplo). Tras una cuidadísima transición, (un arte en el que Bychkov es especialista), el tema de Alma sonó a un tempo exageradamente lento, de manera que terminó resultando demasiado lánguido. Tras la repetición prescrita por Mahler de la exposición, el desarrollo alcanzó el dramatismo adecuado, con unos metales quizá artificialmente excesivos, aunque algunas secciones como la aparición de los cencerros fueron convincentes. La reexposición, llevada de forma similar al comienzo, resultó en todo caso algo más convincente, porque sonó con mayor fuerza.
El Scherzo, (como hemos dicho en segundo lugar), fue llevado a un tempo relativamente lento. El clima dramático fue mejor logrado que en el movimiento precedente, llegando a alcanzar Bychkov por momentos cotas de gran calidad. Los trombones y las tubas nibelungas supieron, por ejemplo, reflejar con acierto las reminiscencias de los motivos de Fafner en Sigfrido, (Richard Wagner), y los ritardandi que el director aplicó fueron muy efectivos. Los tríos, con esa melodía pretendidamente infantil, fueron bien llevados, respetándose en todo momento el estilo del ländler, y sin accelerandi efectistas al estilo de Bernstein o Rattle. La interpretación había subido muchos enteros con respecto al movimiento anterior.
El Andante supuso el intermedio tranquilo que los partidarios de este orden de movimientos consideran que es. Ciertamente, la orquesta se aplicó y tocó con mucho gusto todo el movimiento, de manera que resultó lírico pero nunca afectado. Por fortuna, no hubo nada de la languidez del tema de Alma en el primer movimiento, y fue un buen preludio para el Finale que había de venir.
Fue el Finale el movimiento en el que Bychkov se desmarcó más de lo que se acostumbra a escuchar en esta obra, pero también fue en donde más acertó. Para empezar, llevó la introducción a un tempo desusadamente lento, de manera que la presentación del tema principal fue sobria y solemne, como debe ser. Las marchas fueron llevadas con cierta rapidez, pero sin aceleraciones innecesarias, y los pasajes líricos realmente no daban tiempo a respirar.
No obstante, la gran revolución de Bychkov fue la manera en que preparó los dos hammerschläge que se escucharon, (en esto sí respetó la última voluntad de Mahler, que había quitado de la partitura el tercero, poco antes del final de la obra). En lugar de acelerar hasta el último momento, (como hacen tantos directores, como Bernstein o Rattle), Bychkov retarda en los compases anteriores, de manera que la llegada del golpe de martillo resulta inexorable, inevitable. Creo que, a estas alturas de la interpretación, todos estábamos con el corazón en un puño. En donde Mahler había previsto inicialmente el tercer hammerschlag, el fortissimo de la orquesta fue sencillamente atronador, y desde allí al final del movimiento no hay comentario posible. Simplemente hay que escucharlo, y aguantar sin aplaudir los veinte segundos de silencio que Bychkov logró acertadamente sacar al público pamplonés. A continuación, éxito memorable, y aplausos durante más de diez minutos.
Es éste el Mahler de un mahleriano de ocasión, como Gergiev. Pero al contrario que el otro ruso, Bychkov sí tiene un concepto de la obra, y lo sabe llevar a la práctica sin dejarse llevar por convencionalismos establecidos. La Orquesta Filarmónica del Teatro alla Scala, sin ser una de las grandes, respondió de forma eficaz, y todos estos elementos propiciaron una gran velada, quizá una de las que más recordaremos durante mucho tiempo en Baluarte.

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