Encuentro de Jóvenes Orquestas en Baluarte

Órdago a grande

Viernes, 24 de Junio de 2011. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Naomi Kudo, piano. Orquesta del Conservatorio “Pablo Sarasate” de Pamplona, (Bizet y Tchaikovsky), y Joven Orquesta “El Camino” de California. Koldo Pastor, (Bizet y Tchaikovsky), y Camilla Kolchinsi, (Rachmaninov ty Stravinsky), directores. Georges Bizet: La arlesiana: Selección, (1872). Piotr Illyich Tchaikovsky: Obertura solemne 1812, Op. 49, (1880). Sergei Rachmaninov: Concierto para piano y orquesta número 2 en Do menor, Op. 18, (1901). Igor Stravinsky: El pájaro de fuego: Suite de 1919, (original de 1910). Encuentro de Jóvenes Orquestas 2011, en conmemoración del Día Europeo de la Música.

Octubre de 1983. En el Royal Festival Hall, la Orquesta Philharmonia va a celebrar uno de sus conciertos de abono. La obra en cartel es una partitura bien conocida en el repertorio, como es la Tercera sinfonía de Mahler. Sin embargo, había algo especial en el ambiente de aquella tarde. El director que debía haber dirigido la velada, (un entonces muy experimentado Michael Tilson Thomas), había cancelado su actuación cinco días antes del concierto, y le iba a sustituir un jovencito finlandés de veinticinco años, que jamás había dirigido la obra. La Tercera de Mahler es una sinfonía complejísima, por su extensa duración e inmensas proporciones, y muchos agentes de conciertos “volaban alrededor como buitres” y se reunieron para ver el resultado, esperando sin duda el desastre. Ese desastre no se produjo, y el director de aquella tarde es hoy uno de los más prestigiosos, y ha hecho una gran carrera en la música del siglo XX. Supo aprovechar su oportunidad enfrentándose a este órdago a grande, del que salió bien librado. Por cierto, su nombre es Esa-Pekka Salonen.
Sin llegar al desmedido y despiadado morbo de los agentes discográficos de aquella tarde, ayer asistíamos en Baluarte a una apuesta arriesgada. No tanto por lo que llevaba la orquesta del Conservatorio de Pamplona, (que era relativamente más asumible, siendo en todo caso obras importantes del gran repertorio. La Orquesta “El Camino” llevaba dos obras tremendas, que a muchas orquestas profesionales les dan bastantes quebraderos de cabeza, y salió bastante bien librada del empeño.
A partir de ahora vamos con el comentario en extenso. No obstante, y puesto que ayer no había notas al programa, me permito modificar mi costumbre habitual e ir intercalando unas breves explicaciones sobre las obras que componían el programa oficial del concierto.

Bizet

En 1872, el compositor francés Georges Bizet (1838-1875) recibió el encargo de escribir música incidental para ilustrar la obra de teatro La arlesiana de Alphonse Daudet. Esta música debía servir para rellenar los tiempos en los que se cambiaba de escena, o como música para las distintas danzas que se suceden a lo largo de la acción. La obra de Daudet es, hoy por hoy, absolutamente desconocida, pero Bizet extrajo de ella dos suites de concierto, de las que la Orquesta del Conservatorio tocó una selección. Esa selección incluía toda la suite número 1 y el intermedio de la número 2, lo cual daba una variedad de caracteres bastante grande, desde el Preludio presidido por la Marcha dei Rei, (un tema popular provenzal), hasta el famoso carrillón que cierra la primera suite.
En general, puede decirse que la interpretación de la obra fue adecuada. La orquesta rindió a su máximo nivel, especialmente la sección de cuerdas que tuvo momentos gloriosos. El Adagio de la suite número 1 fue un ejemplo de música de cámara bien realizada dentro del contexto orquestal. En todo momento, la interpretación fue aseada y pulcra. Hubo tempi discutibles, (habría estado bien un tempo más procesional en el Intermedio), pero en conjunto causó una buena impresión.

Tchaikovsky

La Obertura 1812 del compositor ruso Piotr Illyich Tchaikovsky (1840-1893) fue también un encargo, en concreto para la Exposición Universal de 1880. Tchaikovsky debía escribir una gran obra sinfónica de corta duración, conmemorativa de la victoria rusa sobre el ejército francés de Napoleón en 1812. La obra, ciertamente muy espectacular y de gran carga dramática, describe con gran acierto los sucesos de las batallas, desde el canto ortodoxo inicial (“Dios mío, salva a tu pueblo”), hasta el exultante final, con la participación de campanas y cañones, y el himno zarista en todo su esplendor. La versión escuchada ayer era una versión abreviada de la obra original.
Nuevamente, hay que decir lo mismo que en la obra de Bizet. La orquesta tocó con empaste y fue técnicamente espléndida, sin desajustes fuera de algunos pasajes polirrítmicos, reflejo de las canciones populares rusas. Esta perfección técnica obligó a Koldo Pastor a adoptar algunos tempi poco naturales con el carácter de la obra, pero eso permitió salvar la interpretación, y el resultado sonó adecuadamente brillante. La orquesta pamplonesa se retiró con fuertes aplausos del respetable, que creo que entendió bien que, a pesar de todo, los músicos estaban tocando a su máximo nivel.

Rachmaninov

En 1900, el compositor ruso Sergei Rachmaninov (1873-1943) pasaba un momento de aguda crisis personal. Su primera sinfonía había fracasado por la dejadez de su colega Alexander Glazunov, (que había dirigido el concierto después de haber bebido en exceso), y Rachmaninov padeció unos años de gran inseguridad, durante los cuales no pudo componer una sola nota. Justamente en el año 1900, se decidió a visitar a un psiquiatra, con cuyos buenos oficios, (unidos a los encantos de su hija), logró curarse. Este segundo concierto para piano fue la primera obra que escribió después de esta crisis, y es aún hoy una de las más celebradas del repertorio sinfónico, con su aire decadente y su lirismo a flor de piel. El primer movimiento se abre con el famoso pasaje de las campanas, con la introducción a cargo del piano solista que tan popular se ha hecho gracias al cine.
Es de destacar la gran valentía de Naomi Udo al abordar una pieza como ésta. Muchos pianistas de más experiencia no logran una penetración comparable en estos pentagramas. Ahí estaban todos los ingredientes: el virtuosismo técnico, (no en vano, Rachmaninov era él mismo un gran pianista), el lirismo, el estilo decadente y de salón…
Fue una interpretación perfectamente situada en el estilo, en el fraseo, con uso ejemplar del pedal. Sin embargo, hay que reconocer que en ello también ayudó la orquesta y la directora. Kolchinsi se sabe su Rachmaninov, que es el de toda la vida. Gracias a un gran trabajo con la sección de cuerdas, logró que la encendida pasión del concierto se mantuviera en todo momento, con un sonido de gran riqueza, especialmente procediendo de una orquesta joven. Los solistas de viento, de sonido más tosco y pobre, (no se confunda eso con los aristados y penetrantes vientos típicos de las orquestas rusas de antaño), tienen aquí menos importancia, y el resultado fue de gran brillantez. En otras circunstancias, habría sido previsible que Udo hubiese tenido que tocar alguna propina.

Stravinsky

En el año 1910, el empresario de ballet Sergei Diagilev se encontraba en una situación desesperada. Este empresario, que dirigía una compañía de ballet de vanguardia, (que estrenaba ballets nuevos y producciones renovadoras del repertorio de toda la vida), necesitaba a un compositor que pusiese música a un ballet sobre un cuento popular ruso: El pájaro de fuego. Varios compositores ya habían rechazado la oferta, y finalmente la aceptó un jovencito y poco experimentado Igor Stravinsky (1882-1971). El compositor ruso acababa de terminar sus clases con Nikolai Rimsky-Korsakov, e iniciaba una prometedora carrera. En este ballet, una obra de transición, se perciben influencias de su mentor, pero las rupturas métricas típicas de su época madura ya empiezan a aparecer, (“Danza infernal de Katchey”). Esta suite de 1919, segunda de las que Stravinsky recopiló sobre el ballet, es la más conocida de todas las que realizó e incluye todos los números más famosos de la partitura original.
Era un gran reto enfrentarse a una obra de tamaña complejidad, por su escritura instrumental y su complejidad rítmica, pero nuevamente Kolchinsi acertó de pleno. La introducción ya anunciaba lo que había de venir, con los sombríos contrabajos estableciendo el ambiente de misterio y tensión requerido. La danza del pájaro de fuego tuvo la gracilidad requerida, como también fue suficientemente delicada la danza de las princesas, (en donde el oboe mejoró la actuación del concierto de Rachmaninov, aunque el sonido de “caña” que logró tampoco está en sintonía con lo que ahí es de esperar). La danza infernal de Katchey hizo honor a su nombre, y fue adecuadamente apocalíptica. Una berceuse poco distinguida dio paso a un final de grandeza incuestionable, que cerró una interpretación efectiva y muy brillante, que fue muy aplaudida.
Tras los agradecimientos de Julio Escauriaza, (director del Conservatorio de Grado Medio hasta el próximo jueves), las dos orquestas se animaron a tocar juntas los “Capuletos y Montescos” del Romeo y Julieta de Prokofiev, en una interpretación espectacular, de fuerte dramatismo y gran efectividad. Una propina que coronó un concierto de gran interés, en donde ambas orquestas superaron retos de cierto compromiso, (gran compromiso en el caso de los estadounidenses), tocando a su máximo nivel.

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