Crónicas Proms 2011 (I)

Un concierto de extremos

Domingo, 7 de Agosto de 2011. Royal Albert Hall de Londres. Christian Tetzlaff, violín. Melanie Diemer, soprano. Ana Larsson, mezzosoprano. Stuart Skelton, tenor. Christopher Purbes, barítono. Theodore Beeny, Augustus Bell, Thimothy Fairbairn, Thomas Fetherstonhaugh, Matthew Lloyd-Wilson y Oluwatimilehin Otudeko, niños sopranos. BBC Singers. Orquesta Sinfónica de la BBC. Edward Gardner, director. Johanes Brahms: Concierto para violín y orquesta en Re mayor, Op. 77, (1878). Gustav Mahler: La canción del lamento, (versión en tres movimientos, original de “Waldmärchen”, de 1880, y revisada de los dos restantes en 1895). Proms de la BBC 2011.

La rivalidad entre Richard Wagner y Johanes Brahms ha sido una de las más pronunciadas en la Historia de la Música. Es difícil pensar en dos personalidades tan diferentes entre sí, tan geniales cada uno a su estilo. Los acólitos de uno y otro bando, (Wolf en el caso de Wagner, Hanslick en el caso de Brahms), eran incluso más fanáticos que los compositores a los que pretendían defender. Fue una rivalidad acérrima, sin salida, hasta que músicos como Mahler o Schönberg pusieron las cosas en su sitio. Las interpretaciones de Wagner y Brahms se unificaron. Aunque con los verdaderamente grandes intérpretes de ambos compositores las diferencias son claras, (Furtwängler, Kna, Klemperer, Monteux), el poso germánico de la tradición directorial alemana impuso su ley y redujo las distancias entre ambos mundos.
Esto casi parece la típica presentación de un disco de algún intérprete historicista tocando música de Brahms. John Elliot Gardiner defendía su concepto del hamburgués insistiendo en que su música se había “wagnerianizado” en exceso. Lo cierto en todo caso es que en los años cincuenta, (a pesar de las muchas diferencias estéticas entre estos directores), Furtwängler, Klemperer, Szell, Monteux y compañía hacían Brahms a lo grande, sin temor a excederse con los metales en los acompañamientos. Eran interpretaciones más o menos épicas o poéticas según el temperamento de cada cual, pero hechas todas de un trazo. Y mejor no acordarnos de los violinistas que estaban entonces en activo: Menuhin, Oistrakh, Milstein, Grumiaux, etc.
El concepto de Tetzlaff y Gardner del Concierto para violín de Brahms, sin ser historicista, sí es distinto a estos referentes históricos. Al parecer, Tetzlaff y Gardner entienden que el concierto es algo así como música de cámara hecha a lo grande. Los cuidadísimos equilibrios instrumentales y la manera, tan poética, en la que los temas son presentados, son encomiables…, aunque no siempre son suficientes.
En donde mejor funciona este concepto que he descrito es en el segundo movimiento, tomado con contención y tiempo moderado. El magnífico solo del oboe, (es increíble: cuanto más lo escucho, más me gusta), abrió una interpretación íntima del movimiento que sonó increíblemente bien en el Albert Hall. Sonó con elegancia, distinción, poesía, lirismo y toda la intimidad propia de la música de cámara. El primer movimiento, igualmente llevado por el mismo patrón, (bucólico, poético a más no poder), no funcionó tan bien. El tiempo rápido hizo que algunos acordes cortos se expandiesen en exceso en la sala…, algo difícil de evitar con orquestas pequeñas. Faltó además la tensión que, al menos a mi juicio, debe animar siempre la música de Brahms. Siendo bueno, el tercer movimiento no tuvo quizá el sentido del humor que habría sido deseable.
¿Qué falta, entonces, en este concepto? Creo que la idea general es buena, pero como digo me faltaron tensión en el primer movimiento y sentido del humor en el Finale. En ese sentido, creo que Pierre Monteux es el director que mejor ha sabido equilibrar el melodismo de la obra con los pasajes más dramáticos… Por ahí podía haber pulido Gardner la interpretación…
Esto desde la perspectiva del director. Christian Tetzlaff es un solista de gran musicalidad y de técnica imponente. No tendrá quizá la arrolladora personalidad musical de los violinistas anteriormente citados, pero en todo caso fue una interpretación hecha con humildad y con respeto a la partitura. Gustó bastante, y debió ofrecer una propina tomada de una partita para violín solo de Bach. Ciertamente, no siendo mi concepto de Brahms, he de reconocer que fue una interpretación interesante y digna de ser respetada como tal.
Cuando Gustav Mahler trabajaba en la primera versión de La canción del lamento, estaba metido por entero en la esfera wagneriana, junto con Bruckner y Wolf. Indudablemente, la obra recuerda aún a Wagner, aunque en los dos últimos movimientos ya se ve la huella mahleriana. De hecho, aunque la BBC anunciaba la “versión original de 1880”, sospecho que, como la mayoría de directores, (y sus predecesores en los Proms), Edward Gardner ha decidido interpretar el primer movimiento en versión original, (la única que conocemos, por otra parte), y la revisión mahleriana del resto de la obra. Muchos se han unido a esta alternativa, incluyendo Boulez, Rattle, Sinopoli o Chailly. En cierta medida, como Pérez de Arteaga ha explicado bien, no es una versión cien por ciento coherente, aunque está relativamente aceptada…
Edward Gardner hizo un Mahler con todas las consecuencias. Se tomó en serio la obra, y la realizó con total convicción y acierto. Consiguió sumergir a todos en la esfera mágica de la obra, en el bosque de cuento de hadas en donde transcurre la mayor parte de la acción. Fundamentalmente poético pero a veces con gran poder dramático, puede decirse que Gardner coordinó todo con kapelmeisteriano conocimiento de causa y buen hacer. Difícilmente habrá descubierto nada a quien conociese bien la obra, pero aquéllos que no la conocían a buen seguro habrán disfrutado con una interpretación hecha “en serio” y con respeto a la obra.
Los solistas vocales realizaron una tarea desigual. Creo que Stuart Skelton y Christopher Purbes hicieron en conjunto una buena labor, y frasearon con gusto. No sé si puedo decir lo mismo de las otras dos solistas vocales principales. Apenas conseguí percibir sus palabras por encima del tejido orquestal, por otra parte muy cuidadoso, de Gardner. Una posición más alejada de la orquesta me habría dado una mejor perspectiva, y entonces podría proporcionar una opinión más justa sobre su actuación.
La decisión de llevar algunas partes vocales a solistas infantiles, (por otra parte sugerida por Mahler), resultó bastante mejor de lo que podría haberse esperado. Cada vez que se escuchaba el “Ach, Spielman, lieber Spielman!”, sin el refinamiento propio de una cantante de ópera profesional, resultó muy efectiva e impactante. Ni que decir tiene que los coros, en la mejor tradición inglesa, hicieron un papel más que digno. La Sinfónica de la BBC, ciertamente, hizo un papel extraordinario, incluyendo a la banda de músicos fuera de escena. Los aplausos, siendo calurosos, (más de lo que en Pamplona habríamos considerado un gran éxito), no fueron comparables a otros conciertos que llegaron con posterioridad.
En resumen: lo que Gardner nos ofreció el domingo fue una lección de Historia de la Música, algo así como la diferencia que los contemporáneos de Wagner y Brahms sintieron al escuchar su música. El resultado fue mejor en Mahler que en Brahms, sobre todo por las características tan particulares del Albert Hall, pero todo el concierto tuvo interés y buen hacer.

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