La final del Concurso Sarasate 2011

Los tres estadios

Miércoles, 21 de Septiembre de 2011. Teatro Gayarre de Pamplona. Ji Yoon Lee, Stephen Gerard Waarts y Ana María Valderrama, violines. Orquesta Sinfónica de Navarra. Piotr Illyich Tchaikovsky: Concierto para violín y orquesta en Re mayor, Op. 35, (1878). Pablo Sarasate: Introducción y tarantela, Op. 43. Pablo Sarasate: Fantasía de concierto sobre temas de Carmen de Bizet, Op. 25, (1882). Ludwig van Beethoven: Concierto para violín y orquesta en Re mayor, Op. 61, (1806). Piotr Illyich Tchaikovsky: Concierto para violín y orquesta en Re mayor, Op. 35, (1878). Pablo Sarasate: Fantasía de concierto sobre temas de Carmen de Bizet, Op. 25, (1882). Prueba final de la XI Edición del Concurso Internacional de Violín “Pablo Sarasate” de Pamplona.

A mediados del siglo XX, se produjo una gran revolución en el mundo de la psicología. El psicólogo y biólogo Jean Piaget (1896-1980) desarrolló una teoría de la evolución de las capacidades de los niños, desde el nacimiento hasta el desarrollo completo de las operaciones formales, en torno a la adolescencia. Según Piaget, esta evolución se puede dividir en varios estadios, que siguen un orden secuencial; las transiciones se producen a determinadas edades, que él situó de manera aproximada. Conforme va aumentando el niño en edad, se desarrolla el cerebro y es capaz de realizar operaciones cada vez más complejas, hasta llegar a alcanzar el poder de abstracción para resolver los problemas más complejos.
Nada se ha escrito sobre una teoría de los estadios por los que atravesamos aquellos que nos hemos puesto alguna vez a tocar un instrumento. En primer lugar, porque las opiniones artísticas son algo personal e intransferible, con lo cual no se pueden objetivar fácilmente; en segundo lugar, porque no todos empezamos a estudiar nuestro instrumento al mismo tiempo, ni tenemos las mismas aspiraciones. En fin, no creo que sea además algo necesario, porque todas estas limitaciones harían que el enfoque resultase excesivamente reduccionista. No obstante, los tres concursantes que ayer escuchamos en la final del Concurso de Violín “Pablo Sarasate”, responden a tres perfiles de carrera completamente distintos, y se hallan en estadios, (por emplear la terminología piagetiana), muy diferentes de su evolución musical y, sobre todo, de su madurez como intérpretes.
El violinista estadounidense Stephen Gerard Waarts es, en estos momentos, una muy firme promesa en el mundo del violín. A pesar de su aparente timidez y de su actitud poco tranquilizadora al tocar, ya ha logrado una técnica más que aceptable, que le permite abordar todo tipo de obras. El sonido recuerda a Itzhak Perlman, (de algo le han valido, desde luego, sus lecciones con él). El fraseo es hermoso, y al igual que su maestro, Waarts tiende a recrearse en ese sonido que él sabe es una de sus grandes virtudes.
Su lectura del concierto para violín de Beethoven fue muy meritoria para tratarse de un chico de apenas quince años. Todas las características antes descritas hacen que resulte interesante y poético en muchas ocasiones. En todo caso, las cadencias de los movimientos extremos podían haber pedido un poco más de pasión, pero esto no resta mérito a su interpretación en conjunto, de una fría belleza. No obstante, (y esto no beneficia mucho a Waarts), se notó que era el director Peter Csaba quien imponía su concepto, con su dirección tradicional y kapelmeisteriana, pero al mismo tiempo muy efectiva. Ya me gustaría que tomaran nota de ello muchos directores modernos, pero frente a una personalidad tan potente, Waarts no tenía armas para defenderse y terminó cediendo. El resultado, un placer para los oídos, nos mostró a un violinista interesante, que cuando pasen los años y le dé tiempo a madurar tiene una gran carrera por delante.
Si el sonido de Waarts se impuso ciertamente en Beethoven, no pudo hacerlo en la Fantasía de Carmen de Sarasate. En efecto, la interpretación fue técnicamente irreprochable, inmejorablemente fraseada y tocada con bastante brillantez. Empero, faltaban la pasión, el convencimiento y el desparpajo necesarios para que la obra lograra alcanzar el brillo que, de natural, tiene.
La violinista surcoreana Ji Yoon Lee atraviesa un momento distinto en su carrera. Cuatro años mayor que el estadounidense, en ella las ideas musicales han podido asentarse en mayor medida. Abrió su actuación con un concierto de Tchaikovsky poco convencional. Desde luego, su planteamiento es de una musicalidad indudable, con gran aliento poético. Hubo momentos magistrales, especialmente en la cadencia del primer movimiento, donde supo manejar con gran habilidad los silencios para crear tensión. El tiempo lento fue cantado de manera muy hermosa, pero no había llanto posible; sonaba todo más bien melancólico, no trágico. El tercer movimiento careció de un cierto punto de garra, especialmente en las reminiscencias de danzas populares acompañadas con el bordón de violonchelos y contrabajos. De nuevo técnica y sonoramente irreprochable, faltaba simplemente el manejo de contrastes para llegar a una gran versión del concierto, pero la idea general estaba más firmemente asentada que en Waarts y se notaba que era ella quien llevaba las riendas de la interpretación, lo que llevaba a algunos tiempos relativamente menos coherentes que en el Beethoven posterior…
La Introducción y tarantela conoció una versión magistral de principio a fin. El fraseo de la introducción es el más conmovedor que recuerdo haber escuchado en vivo, y la tarantela fue planteada sin dudas y sin problemas de ningún tipo. La versión fue quizá demasiado poco aplaudida por el público, pero como la coreana había sido la primera en tocar, daba la sensación de que el primer premio del concurso iba a resultar bastante caro.
La presencia de Ana María Valderrama en el concurso me resultó bastante sorprendente. No es habitual que alguien que ha desarrollado ya una carrera importante, y que ha tocado con varios de los mejores directores del mundo, se decida a probar suerte en una competición donde probablemente tenía muy poco que ganar, y sí mucho que perder. No obstante, Valderrama aceptó el reto, y a juzgar por los resultados, lo ha superado con creces.
¿Podía aportar Valderrama algo que no se hubiese escuchado a los demás finalistas? Ciertamente, nada de orden técnico. Cualquiera de los otros dos finalistas poseía una técnica objetivamente mejor. Ni el sonido está siempre especialmente logrado, ni la afinación es siempre segura. El final del primer movimiento del concierto de Tchaikovsky o algunas secciones de la Fantasía de Carmen lo atestiguaban. Tanto en esta edición como en las anteriores, se han escuchado versiones técnicamente mucho más perfectas que las de Valderrama, y sin embargo, creo que sí hay razones para otorgarle el primer premio.
Ya desde el comienzo del concierto de Tchaikovsky se percibía la diferencia entre Ji Yoon Lee y la española. Si la coreana había fraseado con mucho gusto, incluso con poesía desde la entrada inicial, Valderrama logró añadir a esa poesía la pasión que con la concursante surcoreana se echaba en falta. Fue una lectura de tiempos más coherentes que la de Lee, y en donde salvando las cuestiones técnicas apuntadas, se notaba un concepto más rico de la obra, en donde se alternaban la poesía y el dramatismo, en una lectura de mucho más carácter. En el segundo movimiento, (esta vez sí), el violín rompió a llorar, y en el tercer movimiento las resonancias populares fueron mejor captadas, haciendo del defecto técnico una virtud. El concierto de Tchaikovsky sonó así con una frescura de la que había carecido con Lee.
La Fantasía de Carmen fue muy, muy poco convencional. Fue planteada con gran musicalidad, y con un admirable tratamiento del tempo y del rubato en algunas ocasiones. Al contrario que muchos otros concursantes, Valderrama no buscó virtuosismos innecesarios acelerando en la segunda estrofa de la habanera, ni despreció los pasajes más líricos. Su versión tuvo la virtud de trasladarme inmediatamente a los momentos citados de la ópera, un detalle muy importante que pasa desapercibido para muchos de los violinistas que se enfrentan a la obra. Puede que técnicamente fuese una versión mejorable, pero la riqueza musical que Valderrama logró de la obra es incuestionable.
Por lo tanto, creo que puedo decir, por una vez y sin que sirva de precedente, que la decisión del jurado me parece justa y acertada. Desconociendo si había violinistas mejores que se hayan quedado por el camino, (no estuve en las pruebas eliminatorias, así que sobre eso esta vez no puedo opinar), no tengo nada que objetar en la decisión del jurado. ¿Merecería tal vez Valderrama el premio al mejor intérprete de Sarasate? Bueno, eso sí es discutible, pero en todo caso la versión de la Introducción y tarantela de Ji Yoon Lee le acredita con creces para el premio, sin contar con que el jurado habrá escuchado a ambas otras dos obras del maestro navarro, y por tanto tiene más elementos de juicio para valorar.
Finalmente, lo más importante: en conjunto la final fue disputada, se escucharon versiones de gran nivel y disfrutamos de los acompañamientos de una orquesta bien dispuesta y de un director que sabe bien lo que hace…, y eso es quizá incluso más importante que el más o menos discutible reparto definitivo de los premios.

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