Beethoven y Bruckner por la BBC

Las siete virtudes brucknerianas

Sábado, 15 de Octubre de 2011. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Leif Ove Andsnes, piano. Orquesta Sinfónica de la BBC. Jirí Belohlávek, director. Ludwig van Beethoven: Concierto para piano y orquesta número 3 en Do menor, Op. 37, (1803). Anton Bruckner: Sinfonía número 4 en Mi bemol mayor, (Romántica), (versión de 1879-80). Temporada de espectáculos de Baluarte Octubre 2011-Febrero 2012.

Aquellos que peinen ya bastantes canas recordarán, sin duda, aquel no tan lejano tiempo en que la Iglesia no se había renovado, y permanecían las premisas del Concilio de Trento. En aquella época, la misa se oficiaba en latín y de espaldas a los fieles; parecía que la doctrina católica consistía en intentar espantar a los fieles y atemorizarles frente a los tormentos infernales, y las penitencias cuaresmales se cumplían con todo su rigor. Había que aprender el catecismo, en el que entre otras cosas se afirmaba que existían siete tipos de pecados, (los llamados aún hoy “siete pecados capitales”), que por su especial gravedad, sólo eran perdonados después de un perfecto arrepentimiento o de cumplir la penitencia correspondiente. Estos siete pecados capitales son la lujuria, la pereza, la gula, la ira, la envidia, la avaricia y la soberbia.
Sin embargo, (y esto no es tan conocido), a cada uno de estos siete pecados capitales se le opone una virtud. Así, a la soberbia se le opone la humildad; frente a la avaricia, está la generosidad; frente a la lujuria, está la castidad; a la ira se le opone la paciencia; la gula se combate con la templanza; la envidia cede el paso frente a la caridad; la pereza se ve anulada frente a la diligencia.
Nosotros, los intérpretes, no debemos permanecer ajenos a todo esto. Se pueden encontrar equivalentes para algunos de estos “pecados” a la hora de interpretar. En cierta forma, se peca de soberbia cuando se rompe con el espíritu de una partitura, (como ocurre en muchas grabaciones modernas de las pasiones bachianas); se peca de avaricia, cuando en busca de poder, olvidamos que nuestra función como intérpretes es servir a la obra de arte, (eso le ocurrió a Karajan); pecamos de impaciencia cuando aceleramos demasiado el tempo, de manera que una obra no se entiende; por el contrario, pecamos de pereza cuando el tiempo es demasiado lento, y la versión resulta aburrida… Es algo relativamente común en nuestros días, y buscando bien, se pueden encontrar ejemplos de todos estos tipos de intérpretes.
Jirí Belohlávek, desde luego, no sufre de ninguna de estas faltas. Belohlávek es un director hecho a sí mismo, que ha trabajado mucho para llegar a donde ha llegado, que procede de una tradición directorial muy sólida, que viene de Tallisch y Neumann. Al igual que Antoni Wit, Belohlávek no será el director que redescubra las grandes obras maestras del pasado, pero las interpreta espléndidamente y con todos los elementos que por tradición les corresponden…, y a veces, eso es incluso lo más importante.
La Cuarta sinfonía de Bruckner que brindó Belohlávek con la Sinfónica de la BBC fue, a este respecto, una suma de arte bruckneriano. Ya desde los trémolos de las cuerdas que dan entrada al milagroso solo de trompa del primer movimiento, se pudo intuir que se avecinaba una gran interpretación. El tiempo era relativamente lento pero constante, (como mandan los cánones). El primer clímax resultó poderoso, con un gran rendimiento del órgano que es la orquesta bruckneriana. Los temas líricos eran cantábiles; todo fluía pero sin prisa, sin intentar acelerar en ningún momento, hasta terminar con una coda realmente poderosa.
El segundo movimiento no tenía, desde luego, el aire de marcha fúnebre. El tiempo era relativamente menos lento que algunas otras versiones que podemos tener en mente, pero eso tuvo la gran virtud de lograr un avance continuo. La sección central, al contrario que con otros intérpretes históricos, (Jochum, por ejemplo), no tuvo sentido del humor, pero sí un cierto punto de amargura que le sentó bastante bien a la música. Al final, Belohlávek logró destacar muy bien esas resonancias que a mí personalmente tanto me recuerdan al Mahler de la Titán, creando al final una gran expectación.
No es común tomar con tanta calma el Scherzo de esta obra. Creo que, entre las versiones habitualmente de referencia, sólo Klemperer y Kna lo hacen. Pero creo que es una decisión acertada, porque contribuye a la claridad del sonido orquestal, y una orquesta tan eficiente como la Sinfónica de la BBC puede lograr, (y logró, de hecho), grandes resultados gracias a ese concepto. Sí habría sido de desear una mayor rusticidad en el trío del movimiento, (ese ländler, tan premahleriano por otra parte). Pero la Sinfónica de la BBC no es ni la Staatskapelle de Dresde ni ninguna de las otras grandes orquestas alemanas, en donde al menos históricamente, estos efectos salen con mucha mayor naturalidad.
Así las cosas, lo que se escuchó en el Finale era de esperar. Un tiempo sereno, constante, diferenciando eso sí las características de los distintos temas. Como a lo largo de toda la obra, la música avanzaba con lentitud pero con fluidez al mismo tiempo, hasta llegar a una coda en la que Belohlávek se recreó especialmente, llegando a una conclusión catedralicia en el más puro estilo de la tradición bruckneriana. Fuertes aplausos del público, que como era de esperar, no se vieron recompensados con ninguna propina. Y es que, decidme, ¿qué propina podría sonar después de una Cuarta de Bruckner de semejante magnitud?
Antes de eso, el propio Belohlávek había acompañado con gran atención a Leif Ove Andsnes en el Tercer concierto de Beethoven. Como era de esperar, el director checo optó por un enfoque clasicista, pero en ningún momento nos privó del carácter contrastado de esta música. Entre él y Andsnes, impartieron una lección de lo que es un concierto, porque hubo momentos en donde había “música de cámara a lo grande”. Andsnes no perdía nunca la atención hacia los solistas orquestales que tenían intervenciones importantes, y eso dio especial brillo al primer movimiento. No obstante, lo mejor fue el hermosísimo tiempo lento, tomado con extrema delicadeza y cantabilitá, realmente maravilloso. Un humorístico Rondó cerró una muy buena versión del concierto, a la altura de lo mejor que se pueda escuchar hoy en día en una sala de conciertos. Tras el lógico entusiasmo del público, Andsnes interpretó el Preludio, Op. 28 número 17 de Chopin, de manera realmente poética.
En resumen, creo que el concierto del pasado sábado fue un muestrario de todas las grandes virtudes que han de distinguir a un intérprete. La humildad frente a la obra de arte, la paciencia a la hora de mostrarla al público y al mismo tiempo la diligencia para llevarlo a cabo sin morosidad, el cuidado en los acompañamientos, muestran a un director inteligente, conocedor y capaz. Desde luego, todas estas virtudes, tan brucknerianas, son absolutamente indispensables para esta música, y fueron la clave para que pueda decir que el concierto haya sido de gran nivel. Cuando Belohlávek vuelva a su país para hacerse cargo de la Filarmónica Checa el próximo año, los ingleses le echarán mucho de menos.

P.S.: Durante el tiempo en el que yo escribía esta reseña, se ha conocido la noticia del fallecimiento del crítico musical de Diario de Navarra, Fernando Pérez Ollo, una personalidad muy destacada que ha sido considerado durante muchos años el gran árbitro en materia musical de nuestra ciudad. Además, su ámbito no alcanzaba solamente la música, sino que su sabiduría se extendía a muchos otros ámbitos, especialmente a la Historia. Por lo tanto, vaya desde aquí mi homenaje hacia él y mis condolencias hacia la familia. Requiem aeternam dona eis, Domine.

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