Saint-Saens y Schumann por la Sinfónica de Navarra

Saint-Saens a la rusa

Viernes, 28 de Octubre de 2011. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Jean Philippe Collard, piano. Orquesta Sinfónica de Navarra. Ernest Martínez Izquierdo, director. Camille Saint-Saens: Concierto para piano y orquesta número 5 en Fa mayor, Op. 103, (Egipcio), (1896). Robert Schumann: Sinfonía número 4 en Re menor, Op. 120, (versión revisada por el compositor en 1851). Temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2011-2012.

Mucho se ha escrito a lo largo del tiempo sobre el tema de las escuelas de técnica pianística. Luca Chiantore, por supuesto, es el que más ha abundado entre nosotros en el tema, y lo cierto es que, aún hoy, (a pesar de la globalización, que ha llegado también al terreno musical), se siguen manteniendo. De entre las escuelas que se suelen citar, dos de las más separadas estilísticamente son las escuelas francesa y rusa. Frente al sonido perlado, distinguido y elegante de los pianistas de escuela francesa, (pensemos en cómo tocaba Cortot la música de Chopin, por ejemplo), está el estilo ruso, basado en mayor medida en el apasionamiento y la bravura. Para el gran ejemplo auditivo de este tipo de escuela, no hay nada mejor que escuchar a Vladimir Horowitz el primer concierto de Tchaikovsky en su versión histórica con Georges Szell. Es una versión volcánica y no recomendada para todos los públicos, un derroche de virtuosismo y dramatismo a partes iguales, gracias a la labor de una batuta en estado de máxima inspiración…, siempre que se acepte este enfoque, por supuesto.
Sin embargo, cuando un pianista ruso empieza a tocar repertorio típicamente francés o viceversa, pueden surgir divergencias estilísticas. Normalmente, las grandes figuras del firmamento pianístico, (Sviatoslav Richter, Emil Gilels, etc.), se han adaptado bien y lograban versiones convincentes superando esas fronteras estilísticas, pero el peligro siempre permanece. En este aspecto, Jean Philippe Collard procede del terreno francófono, y por tanto parecía un pianista de garantías, capaz de una realización idiomática de este concierto. O al menos el Collard que el aficionado medio pueda conocer por los discos…, aunque a este respecto no puedo opinar.
En todo caso, Jean Philippe Collard no reúne ahora las condiciones que en un tiempo pudieron haberle hecho famoso…, o en todo caso, parece revelar un cierto cansancio mental. No hay que pensar, en modo alguno, que Collard tenga algún problema de dedos. El concierto de Saint-Saens es, a ese respecto, muy, muy exigente, y Collard logró colocar ayer todas las notas, lo cual es francamente meritorio. No obstante, creo que el concepto de la obra no fue adecuado.
Y es que Jean Philippe Collard, sin duda conocedor de que la relación entre Saint-Saens y Liszt fue muy fluida, creyó que Saint-Saens era un simple epígono del autor húngaro, algo que en cierta medida puede cuajar en ciertos ámbitos, más aún con la efeméride lisztiana tan cercana. Pero no: resulta que, en especial en el segundo movimiento, hay una cierta sensualidad, muy típicamente francesa, (podría decir “debussyniana”, pero eso es muy peligroso), que hay que sacar a la luz. Me refiero a esas melodías de carácter orientalizante, cargadas de topicazos, que han dado al concierto el sobrenombre por el que hoy le conocemos. Collard, sin duda, las tocó con cierto gusto, pero faltó esa expresividad y esa sensualidad a la que me refiero. El acompañamiento de Martínez Izquierdo, muy en sazón, no podía en ningún caso haber sustituido esa carencia del solista. El resultado, un pianismo muy típicamente ruso, técnicamente perfecto pero a veces sin el último punto de personalidad.
Esto por lo que se refiere al concierto, que cosechó un éxito bastante considerable dado el dominio que Collard exhibía sobre su parte. La propina que él escogió fue la transcripción de Liszt de la Liebeslied de Schumann…, en donde Liszt plantea un problema muy pFinalmente, lo que hizo Ernest Martínez izquierdo con la cuarta sinfonía de Schumann es, sencillamente, una versión para la polémica. Creo que muchos directores del pasado no estarían muy contentos con ella. Karajan la habría considerado poco cuidada; Furtwängler habría encontrado el sonido “espantosamente directo”; Klemperer habría echado de menos su propia coherencia. Pero las prioridades de Martínez izquierdo no eran las de estos directores, ni tampoco quiso hacer una lectura de viejo kapelmeister germánico, como probablemente habría esperado del titular de la filarmónica del norte de Alemania en Paderborn. En esencia, fue una versión que se acercó en muchos aspectos a lo que proponen los directores “históricamente informados”, tanto para lo bueno como para lo no tan bueno. ¿Se adapta bien este concepto a la obra? yo creo que no del todo; me explico.
Ya desde la introducción se veía por dónde iría la interpretación. El primer acorde empezó tosco, pero sin demasiada fuerza, como si Martínez izquierdo intentase huir de la pesadez, pero sin renunciar a una cierta rudeza. La transición al primer movimiento fue relativamente lograda, y el allegro propiamente dicho fluyó sin demasiado dramatismo, pero con un par de cambios de tempo en cierta medida discutibles. El tiempo lento se llevó de forma muy urgente, lo cual hizo que la música caminara pero no permitió disfrutar de los temas en toda su amplitud. El scherzo fue ciertamente pujante, y tras la transición al finale, (que a mí personalmente no me resultó en modo alguno misteriosa, aunque sí creó expectación a su manera), terminó la obra con un movimiento final relativamente bien construido. La coda fue tomada a un tempo especialmente rápido, dando un final brillante a la versión. El público reaccionó con una cierta frialdad.
En conjunto, lo que a mi entender faltó a esta cuarta de Schumann puede resumirse quizá en tres palabras: falta de respiración. Daba la impresión de que Martínez izquierdo estaba tan atento a hacer que la obra fluyese, que se olvidó de que la música, en todo caso, es un organismo vivo que debe respirar. Esas respiraciones, además, en modo alguno impiden que la música fluya, sino más bien al contrario. Una respiración más amplia antes de empezar la obra, por ejemplo, habría dado al primer unísono una mayor fuerza, que podía haber proyectado todo el resto de la sinfonía de manera considerable…
Con todo, la interpretación tuvo una virtud incontestable. Martínez izquierdo obvió las discusiones que se han dado sobre la forma de orquestar de Schumann. Las entradas, especialmente las de los metales, eran tensas, crispadas, de manera que la orquestación schumanniana salía a la luz con gran transparencia, sin tratar de ocultar ninguno de sus posibles defectos, y eso sin duda le honra al director.
Tras el concierto de ayer, se extienden dos meses sin conciertos de abono de la orquesta. Los bilbaínos les escucharán el romeo y Julieta de Gounod… pero lo cierto es que tengo ganas de escuchar el requiem alemán del siguiente concierto…, además con el orfeón en liza. Habrá que adelantar un día los preparativos de Nochebuena.

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