Mozart y Beethoven por Pires y Zuckerman

Mis respetos, Mr. Zuckerman

Sábado, 5 de Noviembre de 2011. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Maria Joäo Pires, piano. Orquesta Royal Philharmonic de Londres. Pinchas Zuckerman, violín y director. Ludwig van Beethoven: Sonata para violín y piano número 1 en Re mayor, Op. 12 número 1, (1797). Wolfgang Amadeus Mozart: Concierto para piano y orquesta número 27 en Si bemol mayor, KV 595, (1791). Ludwig van Beethoven: Sinfonía número 7 en La mayor, Op. 92, (1812). Temporada de espectáculos de Baluarte Octubre 2011-Febrero 2012.

Desde que Wagner estableció la figura del director de orquesta moderno, (recordemos que antes lideraban las interpretaciones, bien el concertino, bien el clavecinista o pianista solista en el caso de los conciertos), muchos instrumentistas y algunos cantantes han intentado compatibilizar sus carreras como instrumentistas y la carrera directorial. La mayoría de ellos no han logrado éxito. David Oistrakh, a pesar de que no era un mal director, siempre será recordado más bien como violinista; Yehudi Menuhin quiso entrar por la puerta historicista, con resultados desiguales; Mistislav Rostropovich ha grabado versiones estupendas de las sinfonías de Shostakovitch, pero en todo caso siempre es mucho más interesante su labor como violonchelista; Plácido Domingo no deja de resultar demasiado convencional como director. A Daniel Barenboim, (como pianista en todo caso absolutamente extraordinario), le ha pasado lo contrario: su labor directorial está oscureciendo lo gran pianista que es. Sólo unos pocos, (Krystian Zacharias y los oboístas Heinz Holliger y Hans-Jörg Schellenberger), parecen haber sabido ser igualmente convincentes tanto tocando su instrumento como dirigiendo a grandes conjuntos, pero a su vez ellos tocan cada vez menos.
La crítica había alabado siempre las grabaciones de Pinchas Zuckerman como director, especialmente en el repertorio mozartiano. Pero yo no había podido comprobar hasta ayer por mí mismo la capacidad del violinista estadounidense como director. En principio no era ese el principal atractivo del concierto. En realidad, se trataba de escuchar en vivo a Maria Joäo Pires en un repertorio que, especialmente en el caso del concierto de Mozart, era especialidad de la casa. Por otra parte, no es corriente escuchar a estos dos extraordinarios músicos haciendo música juntos…
No es tampoco común empezar un concierto sinfónico con una sonata para violín y piano, y aparentemente la acústica de Baluarte es de las que menos se prestan a ello. Pero como digo, cuando se encuentran dos músicos tan grandes como Zuckerman y Pires todo eso no importa. El primer movimiento fue una suerte de calentamiento de gran nivel: todo en su sitio, un diálogo fluido entre los dos instrumentistas, pero nada más. En el tiempo lento, sin embargo, destaparon el tarro de las esencias, en un tema con variaciones magníficamente cantado, muy bien respirado, en el que todas las variaciones tenían el carácter adecuado. Todo ello con un equilibrio clásico logradísimo, como no podía ser menos estando la Pires al piano. El tercer movimiento fue tocado con alegría y con gusto, demostrando el gran placer que es siempre hacer música de cámara.
Además, ninguno de los dos renunció a su concepto de la obra. Como suele hacer siempre en estos casos, Pires acompañó con bastante humildad, de manera que cuando tenía melodías importantes destacaba, pero solamente lo justo y necesario. Además, aportó el equilibrio clásico general de toda la versión, siguiendo el juego de contrastes que planteaba Zuckerman. Gran aplauso, de desusada duración tratándose del público pamplonés.
El concierto de Mozart era, a priori, lo más esperado de la velada, y ciertamente no decepcionó. Haciendo honor a la definición de concierto para solista y orquesta, resultó un gran intercambio de ideas, en el que todos se escuchaban unos a otros. Era un placer inmenso escuchar los contracantos de flautas y fagotes sobre las figuraciones del piano, y la viveza en general de la versión. Quizá el tiempo lento podía haber sido tocado con un poco más de reposo, pero lo cierto es que a su manera aquello resultaba coherente y tenía vida. Una lectura del concierto de las que pocas veces se pueden escuchar. Aplausos aún mayores que tras la sonata beethoveniana, que se quedaron sin la recompensa de una propina.
Hasta aquí, lo que se podía esperar. No obstante, la segunda parte del concierto nos deparó una sorpresa importante. Pinchas Zuckerman tomó la edición Bärenreiter de Jonathan del Mar de la Séptima beethoveniana, y redescubrió la obra a todos aquellos que la teníamos en cierta manera enmohecida, a falta de directores actuales que sepan darle vida. Sí, ya sabemos que Furtwängler, Klemperer, Bernstein o Bruno Walter han hecho maravillas con esta obra, pero ¿sabría Zuckerman darle interés a la obra, sin caer en la extravagancia?
La introducción del primer movimiento de la obra fue lenta, por momentos algo pesada. Sonaba al Beethoven de una época aparentemente pasada, (o al menos eso habrían dicho los integristas historicistas). Sin embargo, esa seriedad daba a la introducción un carácter propio, llamaba la atención sobre lo que había de venir. La transición fue logradísima, y dio paso a un primer movimiento de gran impacto rítmico, pero a la vez con todos los ingredientes que Beethoven requiere. El primer tema tuvo su aire rústico; las interjecciones de las cuerdas graves sonaron con la contundencia necesaria… Sólo las trompas estaban un poco demasiado apagadas en la repetición del tema principal por parte de toda la orquesta, pero eso fue en todo caso un fenómeno muy puntual. El movimiento resultó en conjunto brillante, pero lo mejor estaba aún por llegar.
El Allegretto de esta sinfonía ha sido siempre un movimiento complicado de plantear, empezando por la propia cuestión del tempo. Muchos directores, (especialmente los más antiguos), optan por incumplir la indicación de tempo de Beethoven, y han dirigido el movimiento de manera más reposada, a tiempo más lento. Los directores citados al hablar de las versiones de referencia del pasado lo hacían, con resultados extraordinarios. Pero Zuckerman optó por hacer caso al compositor, y logró plantear un Allegretto de tiempo vivo, con gran tensión interna y con gran control dinámico. El fraseo de la cuerda, el lirismo de las melodías de los vientos, la obsesiva célula rítmica que preside todo el movimiento…, todo ello estaba magníficamente logrado, hasta cerrar el movimiento con unos pizzicati de la cuerda absolutamente extraordinarios.
Creo que pocas veces el Scherzo de esta sinfonía habrá sonado tan a “apoteosis de la danza”, (la expresión, claro está, es de Richard Wagner), como ayer. Se tomó a un tempo frenético, de manera que era imposible resistirse al poder rítmico del Scherzo principal. El trío y sus sucesivas repeticiones resultaron de gran rusticidad, desde luego mucho mayor de la que habría sido esperable de una orquesta londinense. El final, de gran pujanza, coronó una versión brillantísima de la obra, que a muchos espectadores nos redescubrió la sinfonía.
Entonces llegó la locura. Por primera vez en mucho tiempo, se escuchó al público de Baluarte aplaudir como si fueran promers areneros, y ante esto Zuckerman interpretó de manera magistral la obertura de Las criaturas de Prometeo, con una introducción seria y de gran lentitud, que dio paso a un Allegro absolutamente diabólico por su perfección técnica y musical. Mas el público, inusualmente metido en vereda, aún quería más… Más vale que Zuckerman decidió que ahí terminaba todo, y se despidió con la Canción de cuna de Brahms, para gran hilaridad del público. Estoy seguro de que, si hubiese dependido de los que disfrutamos ayer de esta gran velada, aún seguiríamos en nuestras butacas de Baluarte, esperando.
Así pues, había ido yo a escuchar a la Pires, pero no contaba con que Zuckerman también haría de las suyas. Ciertamente, conformarse con escuchar a la Royal Philharmonic tocando Mozart y Beethoven no sonaba muy bien, pero ¿cabe imaginar mayor suerte que poder escuchar a alguien como Zuckerman demostrándonos todo su potencial en este repertorio? A mí, ahora mismo, no se me ocurre.

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