Haydn, Khachaturian y Mozart por la Sinfónica de Lucerna

La otra orquesta de Lucerna

Lunes, 14 de Nobiembre de 2011. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Simone Lamsma, violín. Orquesta Sinfónica de Lucerna. James Gaffigan, director. Joseph Haydn: La isla deshabitada: Obertura, (1779). Aram Khachaturian: Concierto para violín y orquesta, (1940). Wolfgang Amadeus Mozart: El rapto en el serrallo: Obertura, (1782). Sinfonía número 39 en Mi bemol mayor, KV 543, (1788). Temporada de espectáculos de Baluarte Octubre 2011-Febrero 2012.

En nuestra Europa occidental, el papel de Suiza en la evolución musical ha sido relativamente escaso. Es verdad que en Suiza se encuentran varios de los primeros manuscritos que reflejan la notación neumática del canto gregoriano, que ahora podemos medianamente entender gracias al trabajo de los monjes de la Abadía de San Pedro de Solesmes. Pero a continuación los centros musicales importantes se fueron repartiendo a uno y otro lado de los Alpes, y Suiza permaneció como un islote, sin que se conozcan muchos compositores importantes. Además, en la época de las Reformas, los reformadores calvinistas allí establecidos, (Calvino y Zwinglio), no daban mucha importancia a la música, e incluso este último llegó a agitar y a llamar a la quema de los órganos de las iglesias. Sólo la aparición de alguna figura importante, (el exiliado Richard Wagner escribió allí, entre otras cosas, buena parte del Tristán), ha hecho pasar a la Historia a la música escrita en Suiza. Sin embargo, a lo largo del siglo XX han surgido una serie de figuras de la composición, (a la cabeza de ellos Frank Martin), y una serie de orquestas que desarrollaron poco a poco una tradición sinfónica importante. En Ginebra, se estableció Ernest Ansermet para dirigir la Orquesta de la Suisse Romande, (la de la radio de la Suiza francesa, para entendernos); Rudolf Kempe reorganizó la Orquesta de la Tonhalle de Zúrich, que ahora David Zinman está llevando a un nivel internacional importante; Krystian Zacharias ha hecho un trabajo extraordinario en Lausana con su Orquesta de Cámara. Todo esto por no hablar de los festivales, con el de Lucerna a la cabeza.
La ciudad de Lucerna ha sido siempre muy conocida por sus festivales de música de Pascua y de verano. Fue allí donde Wilhelm Furtwängler dirigió la que, a decir de muchos, (yo entre ellos), es la mejor Novena beethoveniana que el disco ha conocido. El Festival ha tenido siempre un conjunto orquestal estable, que Claudio Abbado ha refundado reclutando a muchos de los mejores músicos de orquesta del mundo, incluidos muchos grandes solistas internacionales. Por su parte, Pierre Boulez ha fundado recientemente la Orquesta de la Academia del Festival de Lucerna, un conjunto de jóvenes con el que trabaja obras contemporáneas, a veces incluso obras escritas por el propio Boulez.
No hay que confundir esta Orquesta Sinfónica de Lucerna con ninguna de las dos anteriores. Ni es una orquesta de galácticos, ni tiene la solera de otras grandes orquestas suizas, ni está enfocada a un tipo de repertorio en particular, como la orquesta de Boulez en Lucerna. Simplemente, resulta que también los lucernienses tienen derecho a una temporada sinfónica, y disponen de un conjunto orquestal eficiente, bien formado, de sonido homogéneo y de probada capacidad para afrontar cualquier tipo de desafío. Puede que la Sinfónica de Lucerna no nos parezca a primera vista una orquesta de primerísimo orden mundial, pero no por ello hay que despreciarla. Si a su frente hay un director serio, el resultado puede tener interés.
En contra de la opinión general, no creo que las óperas de Haydn estén infravaloradas. Creo honestamente que el compositor húngaro no tenía el inmenso instinto dramático de Mozart, y eso se deja sentir en su obra escénica. No obstante, la obertura de La isla deshabitada se deja escuchar con mucho agrado, y muy especialmente si se cuenta con un director como Gaffigan, capaz de dotar a la obra de su energía y fuerza motriz, típicamente haydniana. La sección contrastante del Minueto fue tomada con desusada galantería. El relativamente escaso público de Baluarte aplaudió la interpretación, pero a buen seguro esperaba lo que había de llegar.
El Concierto para violín de Khachaturian se presta, en principio, a interpretaciones de tipo étnico o folklorista, destacando las reminiscencias de melodías populares que pueblan la obra. Esa visión fue lo que trató de proponernos Ara Malikian cuando dio la obra en concierto con la Sinfónica de Extremadura hace dos años. Sin embargo, la obra también admite aproximaciones de otro tipo, más cercano a la tradición de los conciertos románticos para violín. En cierta medida, eso fue lo que Simone Lamsma y Gaffigan trataron de conseguir, en una lectura de gran lirismo y sensualidad, muy especialmente en un segundo movimiento que resultó especialmente cantábile. El esfuerzo merecía la pena, porque Lamsma es una violinista de técnica muy depurada y de exquisita sensibilidad, que probablemente se habría encontrado más perdida en una versión demasiado racial del concierto. Sin embargo, no siempre el diálogo entre solista y orquesta funcionó todo lo bien que habría sido de desear, porque algunas intervenciones importantes de los solistas de la orquesta no tuvieron la relevancia que merecían. En todo caso, fue una versión muy interesante del concierto, y su brillante Finale animó al público a aplaudir. Lamsma respondió con la Zarabanda de la Segunda partita de violín solo del propio Bach, en otra muestra de su magisterio estilístico. Sólo lamenté que no hubiese optado por tocar en su lugar la Chacona que cierra la obra, porque el disfrute habría sido aún mayor.
Finalmente, y tras las turquerías muy bien organizadas de la obertura de El rapto en el serrallo, se despidió Gaffigan con una versión más que correcta, aunque en algún aspecto discutible, de la Sinfonía número 39 de Mozart. Tras una introducción lenta bien planteada y una transición no demasiado lograda, el primer movimiento fue interpretado con gran impulso y vitalidad, aunque sin destacar mucho los contrastes entre los temas. El tiempo lento fue tocado quizá con un cierto apresuramiento, como si Gaffigan temiese que la obra se le cayese de las manos, aunque por otra parte esto dio mucho dramatismo a las secciones contrastantes con el tema principal. El Minueto fue tomado con el acostumbrado carácter galante, y el clarinetista solista se permitió la licencia de adornar su tema en el Trío, (sí, sí, esa melodía que a Bernstein le sonaba a canción de campamento). Un Finale vívido y empujado por unas trompas bastante chirriantes, (muy al estilo del sonido de la trompa natural de la época de Mozart), cerró la obra con brillantez.
Los aplausos del público fueron moderados, al menos en comparación con la excepcionalmente entusiasta reacción tipo promer que provocó la Séptima de Beethoven que Zuckerman dirigió el otro día. Fueron suficientes para que Gaffigan los recompensara con la Gavota de la Sinfonía clásica de Prokofiev. No obstante, me temo que el director confundió el carácter de la pieza, porque realizó una versión de tiempo demasiado rápido. Una mayor lentitud, y sobre todo una mayor reverencia, habrían incidido más en el pretendido “anacronismo” de esta música y potenciado su sentido humorístico… Además, la indicación que escribe Prokofiev en la partitura, (“pesante”), no deja a mi entender lugar a dudas. Bueno, Gaffigan sabrá por qué lo hace.
En conjunto, fue el de ayer un concierto con algunas aportaciones interesantes, especialmente por la vuelta del Concierto de Khachaturian a nuestra ciudad. El próximo concierto “sinfónico” incluye la integral brandemburguesa de Bach… Veremos hasta qué punto podemos desempolvar la peluca del kantor de Leipzig y las viejas partituras de esos inmortales conciertos.

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