El requiem alemán por la Sinfónica de Navarra

Un requiem con los pies en la tierra

Viernes, 23 de Diciembre de 2011. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Angelica Ruzzafante, soprano. Jose Antonio López, barítono. Orfeón Pamplonés. Igor Ijurra, director del coro. Orquesta Sinfónica de Navarra. Ernest Martínez Izquierdo, director. Johanes Brahms: Un réquiem alemán, Op. 45, (1868). Temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2011-2012.

Suele decirse que la Navidad es una fiesta especialmente querida por los niños, y que las personas mayores tienden a disfrutar algo menos. Las razones son varias: por una parte, los niños son los que más disfrutan de la fiesta de por sí, porque reciben regalos y no tienen que ocuparse de su preparación; por otra, conforme avanzan los años, somos más conscientes de la forma en la que se ha explotado comercialmente esta fiesta, y eso puede llegar a crear un cierto tipo de rechazo. Finalmente, hay quienes dicen que cuando llegan estas fechas, les resulta imposible dejar de pensar en aquellos familiares y amigos que ya no están entre nosotros, con los que vivieron estas celebraciones en todo su esplendor…, y eso les impide disfrutar de la Navidad en toda su magnitud.
Cuando comenté en su momento la programación de la Sinfónica de Navarra para esta temporada, expresé mi extrañeza por el hecho de que se programase una misa de difuntos dos días antes de Navidad, la celebración por excelencia de la vida. Pero el verano es una época ociosa, en donde uno puede permitirse perderse en filosofías en principio inútiles, y a través de estas consideraciones logré entender. Los textos de Un réquiem alemán, en contraste con los de la misa de difuntos católica, inciden en mayor medida en el más acá. El Requiem alemán pretende ser un consuelo, “un réquiem con rostro humano” que se centra en las personas que nos quedamos aquí, en esta tierra.
Ayer, Ernest Martínez Izquierdo presentó una lectura de la obra bastante cercana a estos presupuestos. Fue una versión laica, de tiempos más bien rápidos en general, en donde en momentos determinados sí hubo dramatismo, pero en donde tampoco se quisieron cargar las tintas. Fue equilibrada y transparente, especialmente en las fugas, con grandeza en donde debía haberla y, en conjunto, una concepción coherente desde el más acá, para lo bueno y lo no tan bueno.

La primera secuencia comenzó a tiempo moderado, con una retención bastante amplia del tempo en el “Selig sind”, la primera intervención del coro. Luego, el director optó por una cierta velocidad de crucero, más o menos constante, en la que se mantuvo hasta el final. Pero todo sonaba con gran sinceridad y franqueza. El coro aún no había entrado en calor, y hubo algunas desafinaciones puntuales. Pero se percibía un gran cuidado en mostrar el sentido del texto y una búsqueda de transparencia, algo que sería una característica de toda la versión.

En la segunda secuencia, Martínez Izquierdo no quiso cargar mucho las tintas con el dramatismo del texto. Hubo efectivamente tensión, pero no fatalismo al estilo de la histórica versión injustamente olvidada de Furtwängler. En todo caso, la sección central resultó adecuadamente consoladora y el final suficientemente grandioso.

La tercera secuencia deparó la primera intervención de Jose Antonio López, que nuevamente mostró su buen hacer con una dicción impecable del texto. El coro, ahora ya a pleno rendimiento, le dio una réplica adecuada y mostró bastante control dentro del desorden que hay en la fuga que cierra el número. Con todo, hasta la llegada precisamente de la fuga, el tiempo era rápido, de manera que todo asomo de unción espiritual puramente religiosa quedaba indefectiblemente al margen.

Creo que la secuencia que mejor funcionó fue la cuarta, quizá porque era la más adecuada al concepto directorial. La transparencia en los contrapuntos, la claridad en la pronunciación del texto y la ligereza del tempo contribuyeron a una versión muy agradable del movimiento, que se pasó como un suspiro.

Angelica Ruzzafante tiene la voz necesaria para cantar la quinta secuencia, y la despachó con gran naturalidad y un canto de gran lirismo y bella factura. La respuesta del coro fue impecable, y todo sonó con gran precisión…, pero para mi gusto nuevamente con demasiada prisa y poca contemplación…, un tanto aséptico.

El coral que abre la sexta secuencia tendió al apresuramiento y siguió la línea de la secuencia anterior, pero la llegada del Vivace logró insuflar de pronto el temor de Dios, creando el contraste que se busca. La fuga sonó con inusitado cuidado y orden, aunque la orquesta y el coro debieron retener el tempo para evitar la precipitación que la batuta realmente pedía… Con todo, el final tuvo grandeza.

Finalmente, la séptima secuencia fue quizá lo más flojo de toda la obra, porque es donde más necesaria resulta una concepción más espiritual. El tiempo fue, como siempre, ligero, más aún que en el pasaje paralelo de la primera secuencia, y en general todo tendió a resultar más neutro que al comienzo…, aunque ahora el coro sí logró resolver las dificultades de este movimiento correctamente.
De lo anteriormente escrito se deduce la actuación de orquesta y coro. La respuesta orquestal fue bastante satisfactoria para los estándares de la Sinfónica de Navarra. Descontando una entrada tardía del oboe en el primer movimiento, no hubo grandes despistes entre los músicos. En cuanto al coro, con quien Brahms no es desde luego nada complaciente, estuvo muy bien una vez que logró resolver las dudas de afinación iniciales. Cantó con gran convicción, y respondiendo con atención máxima a las instrucciones de la batuta, sobre todo cuando eran razonables.

Fue, por lo tanto, una versión humanista, pero sin unción espiritual de ningún tipo. Insisto: no son cosas incompatibles, como bien muestra Carlo Maria Giulini en disco…, pero para eso hay que estar dispuesto a un mayor reposo del que Martínez Izquierdo se quiso permitir. No fue una versión incoherente de ningún modo, se pasó con rapidez y ciertamente no aburrió a nadie, pero no responde a mi concepción de la obra.

En todo caso, casi confirmando el sentido que puede tener programar esta obra en estas fechas, Martínez Izquierdo felicitó la Navidad al público y dio como propina Stille Nacht de Franz Xaver Gruber, sólo que en lugar de cantarlo en la lengua original, (habría sido lo propio, sin duda), se usó una versión española. No importa: estuvo muy bien cantado y dirigido con una humildad que a mí me habría gustado escuchar en el Requiem de Brahms que acabábamos de oír. El público salió encantado.

Por mi parte, me uno a estas felicitaciones y os deseo a todos vosotros, amigos lectores, una muy feliz Navidad y un próspero año 2012. No os dejéis cegar por el sentido comercial que se le ha dado a esta fiesta, y disfrutad de estos días con vuestras familias y amigos… Y, si puede ser, que sean fiestas muy, muy musicales. Por lo pronto, el día 1 de Enero Maris Jansons llegará con los valses de los Strauss… Yo tengo muchas ganas de oírlo.

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