Beethoven, Berlioz y Mendelssohn por la Sinfónica de Navarra

El triunfo de la humildad

Viernes, 13 de Enero de 2012. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Christiane Libor, soprano. Orquesta Sinfónica de Navarra. Antoni Wit, director. Hector Berlioz: Las noches de verano, Op. 7, (1841, orquestadas entre 1843 y 1856). Ludwig van Beethoven: Coriolano, obertura Op. 62, (1807). Ludwig van Beethoven: Escena y aria “Ah, pérfido… Per pietà non dirmi addio!”, Op. 65, (1796). Felix Mendelssohn: Sinfonía número 4 en La mayor, Op. 90, (Italiana), (1834). Temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2011-2012.

Muchas veces, uno se pregunta si hacen falta verdaderamente grandes estrellas en el mundo musical clásico. Las grandes personalidades interpretativas han existido siempre y seguirán existiendo, pero cuando las ideas de una pretendida “personalidad” interpretativa empiezan a ser excesivas, llegan a molestar. Algunas grandes estrellas mediáticas, que se dan de grandes intérpretes en lo suyo, no cuentan nada nuevo. En nombre de algunas doctrinas supuestamente historicistas, algunos intérpretes muy famosos han atropellado las grandes obras maestras del repertorio…, todo ello supuestamente por intentar redescubrirnos un repertorio que nosotros, (¡ay, pobres aficionados!), creíamos conocer suficientemente bien. En el peor de los casos, dicen ellos, las interpretaciones “tradicionales” son pesadas, rutinarias y falsas. Hace falta redescubrir la música, y nada es lo que parece: ni las obras de Beethoven son tan contrastadas como se nos ha dicho, ni las óperas de Wagner tan ultragermanas como se interpretaban en los años cincuenta, ni la música de Mendelssohn es tan claramente romántica y lírica como siempre hemos sospechado. Todo se confunde, los estilos se diluyen, y todo suena igual; es lo mismo Bach que Debussy, Franck que Mozart, todo se aligera y se priva de sentido.
Digo esto porque creo que es momento de recordar aquí parte de la trayectoria de Antoni Wit. Wit es un director polaco, que se hizo conocido en su país en los años ochenta y noventa por grabaciones de la música polaca de su tiempo. En el sello Naxos, por ejemplo, hay discos suyos con música de compositores como Krystoff Penderecki, de quien es un intérprete consumado. Siempre honrado y trabajando poquito a poco, como la hormiga de la fábula de La Fontaine, se fue ganando una reputación entre cierta crítica especializada, y la oportunidad le llegó cuando grabó con su orquesta la música de El pianista, una obra maestra en la filmografía de Roman Polansky, que ya en su momento fue muy celebrada, y cuyo argumento ahora no hace falta recordar. A pesar de todo, Wit no se embebió del éxito, y para casi todos los aficionados españoles, (por fortuna ya no para los pamploneses), sigue siendo un gran desconocido.
Abrió el concierto de ayer con una obra importante, pero muchas veces muy ignorada, como es el ciclo Las noches de verano de Hector Berlioz, un conjunto de seis canciones de bellísima factura. La orquestación de Berlioz, riquísima en color instrumental y en sí una auténtica obra maestra, brilló con luz propia gracias a la inspiradísima dirección de Wit, siempre al tempo adecuado, siempre cantábile, nunca brusco o áspero. Las trompas y las flautas por aquí, el efecto de la cuerda por allá…, todos los mil y un detalles de la partitura orquestal se hacían visibles con una facilidad extraordinaria, con un innato sentido del sonido Berlioz que en pocas ocasiones se puede encontrar. Con estas condiciones ideales, Christina Livor demostró que tiene un material vocal magnífico para esta música, y cantó con musicalidad indudable. Cierto que quizá el ciclo puede hacerse largo, porque tanto refinamiento orquestal puede llegar a resultar por momentos empalagoso, pero se me hace difícil pensar en otra forma más adecuada de interpretar esta música.
El Beethoven de Wit siempre ha sido interesante, pero la obertura Coriolano e interpretó ayer es, hasta ahora, probablemente el mejor Beethoven que le hemos escuchado en Pamplona a Wit, quizá en pugna con el Finale de la Novena del año pasado. Por primera vez, aparecieron ayer los contrastes dramáticos que hay que esperar en esta música, en una interpretación de cierto sentido arquitectónico que me recordaba a Klemperer, aunque con una orquesta de textura mucho más ligera. El efecto fue, en todo caso, sobrecogedor, como también fue bellísimo el Ah, pérfido, esa obra maestra del género de la “escena lírica” que llevó allí Beethoven a su máximo extremo. Desde el melodramático recitativo inicial, pasando por las dos arias, el acompañamiento fue idiomático e impecable a una Christina Livor que mostró que también se maneja bien en terrenos menos intimistas, y de una dramaticidad más artificiosa. Pero lo mejor estaba aún por llegar.
Antes de seguir, me voy a permitir por una vez y sin que sirva de precedente, el recurso a la autocita. El próximo miércoles, la Orquesta del Conservatorio Superior va a realizar un concierto en el Auditorio de la Ciudad de la Música, en donde entre otras obras, se escuchará la sinfonía que ocupaba la segunda parte del concierto de ayer. En las notas al programa preparadas para ese concierto, escribo sobre esta sinfonía de Mendelssohn lo siguiente:
“La Sinfonía número 4 del alemán Felix Mendelssohn (1809-1847) fue compuesta entre 1831 y 1833 a la vuelta de un viaje a Italia, por lo que es conocida como Sinfonía Italiana. Se divide en los habituales cuatro movimientos que responden a la tradición clásica, aunque con un sentido diferente. El primero de ellos tiene carácter de Tarantella y contrasta un tema resuelto y decidido presentado por los violines con otro más lírico presentado por las maderas. Inspirado al parecer por la contemplación del paso de una procesión, el segundo movimiento es más apacible y sereno, mostrando una mayor sencillez y melodías de cierto sabor popular. El tercero es un Minueto, pero esta vez la danza ha perdido su aire galante y el Trío, con la importante intervención de las trompas, adquiere un carácter pastoral, iniciando así un camino que Brahms continuará en sus futuras sinfonías. El Finale es un vivaz Saltarello de gran precisión rítmica y virtuosismo orquestal. Toda la obra inspira optimismo y luminosidad típicamente italianos”.
No encuentro mejor forma de definir el espíritu de la interpretación de Antoni Wit que la forma en la que los adjetivos con los que describo los caracteres de los cuatro movimientos de la obra. El primer movimiento fue tomado con resolución, con presteza pero sin precipitación, destacando adecuadamente la cantabilitá del tema contrastante. El segundo movimiento avanzó con desacostumbrada fluidez, y las melodías sobresalían con un lirismo inusual, a pesar de que por el carácter de la música ese lirismo debería ser evidente. Quizá no fue la interpretación más piadosa que he escuchado, pero no recuerdo muchas que la superen en capacidad de conmover. El Minueto, sin sombra de ñoñería, (el enemigo fundamental que hay que combatir siempre que se toca Mendelssohn), sonó con franqueza y magníficamente fraseado, destacando la intervención solista de las trompas y el fagot en el Trío. Esta sección central resultó ser auténtica música de cámara en el sentido más elevado de la expresión. El Saltarello final, un auténtico tour de force para cualquier conjunto orquestal, fue resuelto con brillantez y sin aparentes apuros, aunque ciertamente el tiempo de Wit no fue para nada complaciente. Éxito, si no colosal, sí francamente notable tratándose de público de Pamplona. Se había escuchado el Mendelssohn de toda la vida, sin concesiones y sin excentricidades.
Y es que hay obras en las que, por muchas vueltas que intentemos dar a nuestros valores interpretativos, a la postre siempre funcionan unos cánones determinados. Podremos enfocarnos más en unos aspectos que en otros, o destacarnos por puntuales “efectos especiales”, para relacionar secciones de una obra, por ejemplo, incluso a veces saltándonos lo que dice la partitura, (los viejos maestros nos han enseñado que, muchas veces, lo más importante de una obra no está anotado en el papel). Pero siempre hay que hacerlo desde la humildad y sin pretender descubrir musicalmente la pólvora… En eso, Antoni Wit es un maestro del que todos tenemos mucho que aprender.

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