Conciertos de Brandemburgo por Antonini en Pamplona

Desempolvando la peluca de Bach
Lunes, 16 de Enero de 2012. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Marco Scorticati, flauta de pico. Enrico Onofri, violín. Sergio Ciomei, clave. Il Giardino Armonico. Giovanni Antonini, flautas y director. Georg Philip Telemann: Suite para orquesta en La menor, TWV 55. Johann Sebastian Bach: Concierto de Brandemburgo número 3 en Sol mayor, BWV 1048, (1713). Johann Sebastian Bach: Concierto de Brandemburgo número 5 en Re mayor, BWV 1050, (1721). Johann Sebastian Bach: Concierto de Brandemburgo número 4 en Fa mayor, BWV 1049, (1720). Temporada de espectáculos de Baluarte Octubre 2011-Febrero 2012.

Hace unos cinco años, tuve oportunidad de disfrutar de una experiencia extraordinaria. En concreto, tuve ocasión de poder vivir durante un mes en un colegio de ciegos en Worcester (Inglaterra), lo cual me permitió repensar algunas ideas sobre el debate entre educación integrada o no, y en general sobre distintos aspectos de la educación y la cultura.
Con respecto a la cuestión musical, esa estancia resultó particularmente significativa. En aquel colegio, todos tenían que aprender a tocar algún instrumento, y muchos alumnos pertenecían además al coro del colegio, que mantenía una actividad importante dentro de la vida musical del Centro. Por supuesto, los alumnos tenían oportunidad de mostrar sus habilidades musicales en conciertos variadísimos, (yo también tuve ocasión de participar en uno de ellos), que podían incluir desde el Laudemus Virginem del Llivre Vermell de Montserrat por el coro del colegio, (¡cosas veredes!), a un grupo de samba improvisado… Entre medio, cabía todo tipo de música: repertorio clásico, canciones folclóricas inglesas arregladas para el coro, alumnos interpretando obras propias en estilo pop. Incluso algunos de los profesores tocaban junto con los alumnos.
Como se acercaba ya el final del curso, no pude acudir a demasiadas clases. Sin embargo, sí tuve oportunidad de asistir a una clase de Música. Era un grupo pequeño, formado por dos estudiantes más el profesor. Aquel viernes por la tarde, analizaron el primer movimiento del Concierto de Brandemburgo número 4 de Bach. Puedes imaginar, amigo lector, la situación. Dos alumnos no demasiado amantes de la música clásica lidiando con la partitura general del concierto, y tratando de distinguir los motivos principales. No es muy prometedor. Sin embargo, el profesor desgranaba la obra con ellos explicándola de una forma muy natural, poniendo nombres a los motivos que podían ayudar a situarles. Hablaba, por ejemplo, de “the rising thing”, (“esa cosa que sube”), cuando se refería al motivo ascendente por grados conjuntos presentado poco después de empezar, o de “the falling thirds”, (“las terceras que bajan”), refiriéndose a otro de los motivos principales de la obra. Los alumnos, con las limitaciones y el esfuerzo propios de quien no está acostumbrado a leer una partitura, en todo caso le seguían y no parecían mostrar desinterés, ni mucho menos. Después de aquella clase, ese concierto ha adquirido para mí un sentido nuevo, porque la imagen que daba el profesor de Bach era una imagen muy humana, en cierta forma perdiendo el respeto por la obra que los aficionados le solemos tener.
Y es que, en cierta medida, los aficionados solemos tender a colocar en un cierto pedestal a determinados compositores. El primer biógrafo de Bach, el alemán Johann Nikolaus Forkel (1749-1818), dio una imagen del compositor tremendamente espiritual, seria, de una religiosidad a prueba de bomba. Todo en él resulta perfecto, demasiado perfecto. Más parece un ideal de hombre del movimiento ceciliano que un personaje de carne y hueso. Durante mucho tiempo, incluso historicistas como Leonhardt, se han interpretado los Conciertos de Brandemburgo de una forma muy seria, muy circunspecta, como si fuesen algo sagrado. No obstante, Il Giardino Armonico no quiso entrar ayer en ese juego. Pretendió apartar de nosotros la sempiterna imagen tradicional de Bach, para hacer versiones más informales, más frescas y vívidas.
La suite de Telemann que precedió a los conciertos bachianos fue a este respecto un buen anticipo. Ciertamente, se notaban los contrastes de carácter entre las distintas danzas, pero por momentos aquello no sonaba muy alemán. Las danzas más rápidas sonaban invariablemente demasiado meridionales, muy vivaldianas. Contrastes dinámicos muy acusados, como siempre, y una vitalidad general considerable marcaban la interpretación, que ahí resultó francamente apropiada.
Los Conciertos de Brandemburgo que completaron la sesión fueron bastante irregulares. En su intento por humanizar a Bach, Antonini llegó en el Tercero demasiado lejos, buscando acentuar en exceso la precisión rítmica del primer movimiento, y corriendo como un demonio en el Presto, en el que pocas cosas se pudieron entender. El Quinto, tomado a tiempos bastante más razonables, sonó más convincente, y muy en particular el tercer movimiento, cuyo aire de Giga resultó especialmente conseguido. Antes, en el segundo movimiento había habido grandes momentos, en ese diálogo camerístico entre los tres solistas que, personalmente, me resulta siempre el momento álgido de la serie brandemburguesa.
Pero lo mejor de todo el concierto fue el Cuarto, en donde convivió perfectamente la visión de Antonini con una presentación coherente del pensamiento bachiano. En el primer movimiento, la articulación y los fuertes contrastes de intensidad que planteó Antonini resultaron ideales, y le dieron a la obra una vitalidad difícil de encontrar otras veces. El segundo movimiento, a tiempo bastante razonable, expuso con claridad el carácter reflexivo de esa música, y el fenomenal fugato que completa el concierto sonó a paso firme y seguro, pero a la vez suficientemente relajado para que las voces se pudiesen escuchar con claridad. Absolutamente magistral.El concepto general de Antonini es discutible. Son planteamientos muy extremos, normalmente de tiempos rápidos, dinámicas exageradas, articulaciones hasta cierto punto amaneradas… Pero en muchos casos la vitalidad rítmica es tan fuerte que acaba atrapando, y con frecuencia este Bach con rostro humano se hace un hueco y se deja oír. Sólo cuando la transparencia general se ve dañada por la precipitación, (como les ocurrió ayer con el Presto del Tercer Concierto de Brandemburgo), se ve afectada la coherencia interpretativa.
No creo que el concierto de ayer haya tenido en mí un efecto tan revelador como aquella clase de Música en Worcester, junto con ese profesor tan particular y aquellos otros dos esforzados adolescentes, (tenían un año menos que yo), que intentaban entender algo entre toda aquella maraña de notas, (y a fe que hacían bastante). Pero el entusiasmo que se desprende de los componentes de Il Giardino Armonico es contagioso, y probablemente alguno empezará a escuchar estas obras con otros oídos…
Reformulo, pues, lo que escribí tras el concierto del viernes: a veces, es muy bueno salirse del “siempre lo mismo” y buscar retratos que modernicen nuestra visión de los compositores, pero también eso hay que hacerlo con coherencia y entendimiento del estilo… Y si además los músicos disfrutan haciendo música, como fue ayer el caso, mucho mejor.

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