Novena sinfonía de Mahler por Gati 24-03-2012

Sinfonía de vida y muerte

Sábado, 24 de Marzo de 2012. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Orquesta Nacional de Francia. Daniele Gatti, director. Gustav Mahler: Sinfonía número 9 en Re mayor, (1909). Concierto inscrito en la temporada de espectáculos de Baluarte Febrero-Junio 2012.

Hay obras musicales que nos inducen a enfrentarnos a las preguntas últimas del ser humano: el sentido de la vida y la muerte, el anhelo de un más allá, etc. Naturalmente, cada autor lo ha planteado a su manera, desde el patetismo melodramático de un Verdi hasta la sensualidad de Richard Strauss. En la Novena sinfonía mahleriana, se plantean estas últimas preguntas en mayor medida que en cualquier otra obra del bohemio, que en aquel momento vivía circunstancias vitales muy difíciles suficientemente explicadas en las notas al programa de Luis San Martín. Esas circunstancias le llevan a una aceptación resignada de la muerte, que está constantemente presente en toda la obra.
Para traducirla bien, por tanto, no basta un director musicalmente competente. Hace falta un filósofo, que también haya reflexionado sobre lo que Mahler quiso transmitir con esta obra. Daniele Gatti es un valor seguro, especialmente desde su debut en los festivales wagnerianos de Bayreuth de 2008, en donde ha dirigido funciones magníficas de Parsifal. Y entre Parsifal y la aceptación mahleriana de la muerte de esta sinfonía, no hay mucha distancia.
El primer movimiento fue tomado de manera fluida, muy cantábile, pero también sin temor a las estridencias de los metales en los clímax. Fue una visión romántica, reflejo de un Mahler lleno de vida que tropieza inevitablemente con sus propias angustias. Los Lándler, o danzas rurales austríacas precedentes del vals, que pueblan el segundo movimiento, fueron tomados con carácter más festivo que irónico. Sólo a última hora el vértigo de las danzas pareció llevarnos al vacío deseado… Hasta aquí, había sido una buena versión, pero lo mejor estaba aún por llegar.
La sección inicial del Rondó-Burleske fue tomada con cierta precaución. Gatti pretendió mantener el orden, de manera que se escuchara con claridad todo el entramado polifónico. Sin embargo, aquí sí aparecieron la ironía y el sarcasmo necesarios, gracias a la incisividad de los metales. La sección central ofreció cierta calma, pero la reaparición de los motivos iniciales resonó con mucha más virulencia. El final del movimiento, adecuadamente caótico, resultó de un impacto orquestal extraordinario, reflejo de un Mahler hastiado, que se burla del mundo circundante.
Lo del Adagio final difícilmente se puede explicar con palabras. Podría describir el sedoso sonido de las cuerdas, el encendido fraseo, la amplitud de los clímax o la disolución final en la nada. Pero todo esto resulta claramente insuficiente, para expresar la unción espiritual que presidió la interpretación, que acertó a plasmar la resignación y la aceptación de la muerte implícitas en la música. Casi se podrían haber aplicado las últimas palabras de Isolda en la muerte de amor del Tristán e Isolda wagneriano, que Mahler conocía tan bien por haberlo dirigido tantas veces: “Anegarse, abismarse, inconsciente, supremo deleite”.
En conjunto, una magnífica lectura de la sinfonía realizada por un director experto y conocedor. Un concierto para recordar y replantearnos las eternas preguntas del ser humano.

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