Sara Chang en el Teatro Gayarre 13-03-2012

En busca del encanto de lo otoñal

Martes, 13 de Marzo de 2012. Teatro Gayarre de Pamplona. Sara Chang, violín. Andrew von Oeyen, piano. Johannes Brahms: Sonata para violín y piano número 3 en Re menor, Op. 108, (1888). Leonard Bernstein: West Side Story: Selección, (arreglos para violín y piano de David Newman realizados en 2011), (1957). Cesar Franck: Sonata para violín y piano en La mayor, (1886). Concierto inscrito en el Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación municipal Teatro Gayarre 2011-2012.

Se dice a menudo que la música de cámara de finales del siglo XIX y comienzos del XX comparte una importante característica. En un mundo en el que la época del exquisito salón burgués tocaba a su fin, la música compuesta para esos ambientes se volvió otoñal y melancólica. Esto se percibe en las sonatas de Brahms y Franck, los tangos de Gardel, las obras de Sarasate…, y no se puede obviar. No cabe duda de que Sara Chang y Andrew von Oeyen son grandes técnicos de sus respectivos instrumentos, pero cuando las obras en atril exigen ese punto otoñal al que nos referimos, esta abundancia de recursos técnicos no es suficiente por sí sola.
La Sonata de Brahms fue paradigmática de esto que decimos. En general, Chang y von Oeyen se acercaron a ella con tiempos rápidos, levedad y cierto intimismo, intentando evitar posibles excesos románticos. Pero el fraseo brahmsiano ha de ser apasionado y melancólico a la vez, decadente y juvenil por momentos. Es un equilibrio difícil de lograr, que apenas empezaba a atisbarse en el cuarto movimiento de la obra…, cuando ya era tarde.
La selección de West Side Story que llegó después rompía la “teórica” melancolía otoñal de Franck y Brahms. Desde luego, Chang demostró entender mucho mejor el instintivo virtuosismo técnico de este arreglo, e incluso fraseó con gusto en algunas secciones líricas. A falta de la espontaneidad de las hermanas Labèque, a quienes escuchamos una selección de la misma obra en este ciclo hace poco tiempo, el aire sofisticado que Chang le dio a la obra tenía cierto encanto.
La segunda parte nos devolvía al siglo XIX, y a la inmortal obra de Franck. Quien recuerde la vieja versión de Jacques Thibaud al violín y Alfred Cortot al piano, se acordará del decadente fraseo de Thibaud, la profundidad de los acordes de Cortot, y los sonidos casi organísticos del piano en el primer movimiento. Pues bien, nada de eso hubo ayer. Fue una interpretación leve, quizá demasiado para una obra tan germánica, aunque mejor fraseada que la obra de Brahms y más matizada. Pero en general faltaba medida en el manejo del rubato, esa manipulación adecuada del tempo necesaria para dar contenido a esta música y evitar que suene superficial. Por consiguiente, se echaba de menos el aire decadente y sensual de los movimientos lentos. Además, en el Finale algunas melodías secundarias tomaron más protagonismo del deseable…
Las dos propinas que siguieron son típicos ejemplos de la música de salón. El Salut d’amour de Elgar fue bien cantado, pero le faltó pausa y sensualidad. El tango Por una cabeza de Gardel fue interpretado buscando el favor del público por medio del virtuosismo fácil de la solista.
En conjunto, fue el típico concierto de solista virtuoso, con todo lo que eso conlleva. Pero a los grandes solistas, o que pretenden serlo, hay que pedirles algo más: en este caso y dado el programa, esperábamos de Chang que evocara para nosotros el más puro encanto de lo otoñal.

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