Xabier Armendáriz

 A la hora de elegir las obras que conforman mi selección, me voy a dejar guiar por mis gustos actuales. Creo que, en realidad, es eso lo que debo hacer. De esta forma tendrás un retrato más fiel de mis preferencias.

No obstante, también he buscado la variedad en géneros, épocas y estilos. En esta selección hay música vocal e instrumental, orquestal y de cámara, antigua y de épocas más modernas.

Por último, en general voy a elegir obras completas, aunque en algunos casos pueda centrar especialmente la atención en aquellos pasajes que considere más relevantes, porque caracterizan mejor la obra a la que me refiero. Así pues, empezamos.

 1.      Tomás Luis de Victoria: “Oficio de difuntos” (1605).

Es ésta, a mi modo de ver, la obra cumbre de la música española, y sin duda alguna la obra cumbre del Renacimiento en general. El misticismo que respira toda esta música es proverbial. Aquí hay música religiosa en el verdadero sentido del término, (compárese con el Requiem de Verdi, mucho más teatral). Francamente, creo que difícilmente se podrá encontrar una música de semejante profundidad.

 2.      Johann Sebastian Bach: “La Pasión según San Mateo, BWV 244” (1729).

Como fácilmente podrás comprobar, me gustan los compositores visionarios. Esta obra, que pasó sin pena ni gloria en su estreno, es la obra capital del genio de Bach. Aquí nos demuestra Bach que nadie ha entendido mejor que él el verdadero sentido de la muerte de Cristo. La confrontación del doble coro, (el propio del relato de la Pasión y el del pueblo cristiano), es una ocurrencia genial, con todo lo que supone de añadir dramatismo a la obra. Las arias de contraalto son inigualables.

 3.      Ludwig van Beethoven: “Sinfonía número 9 en Re menor, Op. 125, (Coral)” (1824).

No soy partidario de dogmas de fe en el mundo musical, pero uno de los pocos que conservo es que la “Novena sinfonía” de Beethoven es la mejor obra que se ha compuesto, y probablemente la mejor obra que se pueda componer. Tras esos dos primeros movimientos tan cargados de fuerza dramática, con ese pathos tan típicamente beethoveniano, llega ese Adagio Molto e cantabile en el que, en las buenas versiones, parece detenerse el tiempo… Y finalmente, el imponente movimiento coral con los versos de la Oda a la alegría” de Friederich von Schiller y su canto a la fraternidad universal. Es éste cuarto movimiento la obra cumbre de la música occidental.

 4.      Ludwig van Beethoven: “Gran fuga para cuarteto de cuerdas, Op. 133” (1827).

Esta obra es de lo más desconcertante que Beethoven haya escrito nunca. Es una obra visionaria, de terrible modernidad. Es asombroso que la haya escrito alguien como Beethoven. Pero tengamos en cuenta que es éste un Beethoven terminal, al borde de la locura producida por el aislamiento. Absolutamente genial.

 5.      Franz Schubert: “Viaje de invierno” (1828).

Este ciclo de canciones es, desde luego, la mejor obra de Franz Schubert. Refleja también la misma desesperación, esa imagen del Wanderer que camina por el mundo sin demasiada esperanza. Pero sin duda la canción más sobrecogedora es la última de la serie, “El organillero”. El viajero se encuentra, en medio de su camino, con un viejo organillero que también se encuentra en situación similar. La forma en que el piano de Schubert recrea, con esa sencillez, el sonido de la zanfoña del organillero es impresionante.

 6.      Franz Liszt: “Sonata en Si menor” (1854).

Es, sin duda, la obra más impresionante de las escritas para piano solo. Además de ser dificilísima de tocar, exige una gran madurez interpretativa. Es una especie de “poema sinfónico” para piano solo, con un programa basado en el “Fausto” de Goethe. Pocos han entendido como Liszt este mito tan importante en la literatura universal.

 7.      Johannes Brahms: “Concierto para piano y orquesta en Re menor, Op. 15” (1860).

Aunque suele decirse que el segundo concierto para piano de Brahms es más maduro y está mejor planteado formalmente, me gustan especialmente los contrastes del primer movimiento del primer concierto, el maestoso. Esa dialéctica entre el dramático primer tema y el lírico segundo siempre me ha atraído mucho. Eso sin contar con la gran belleza del movimiento central. Es una obra de juventud, pero a muchos compositores les habría gustado escribir algo así incluso en su madurez.

 8.      Johann Strauss Hijo: “El murciélago”.

Es ésta la opereta por antonomasia. Es una obra maestra en todos los sentidos, en modo alguno una obra menor. El retrato que hace de la sociedad vienesa y de los vicios de los burgueses en aquella época es admirable, pero la música de Johann Strauss le da ya el punto definitivo. Eso sí, para valorarla en su justa medida hay que encontrar una versión en la que realmente haya ese sabor vienés tan necesario en esta obra.

 9.      Richard Wagner: “Parsifal” (1883).

Sin duda alguna, la mejor ópera de la Historia, (el mejor drama musical, en puridad). Pensada por y para Bayreuth, para el teatro que Wagner construyó expresamente para representar sus obras, es una obra llena de contrastes dramáticos. Pero sobre todo los finales de los actos primero y tercero, a partir de las músicas de transformación, te llevan a otra dimensión.

 10.  Igor Stravinsky: “La consagración de la primavera” (1912).

Si crees que la música clásica es siempre algo suavecito y fácil de escuchar, esta obra sirve para romper tópicos. Fracasó en su estreno, sobre todo por la atrevida coreografía que Nijinsky ideó para este ballet. Sin embargo, hoy es una obra básica del repertorio del siglo XX, con sus complicados esquemas rítmicos, sus revoluciones en la orquestación y, en general, el primitivismo que llena toda la obra. Eso sí, no es en modo alguno recomendable a personas con problemas cardíacos.

Una respuesta a Xabier Armendáriz

  1. venancio dijo:

    muy bien

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