Filarmónica Checa Smetana Dvorák Baluarte 21/01/2013

Gloriosa tradición

Lunes, 21 de Enero de 2013. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Sol Gabetta, violonchelo. Orquesta Filarmónica Checa. Krzystof Urbansky, director. Bedrich Smetana: Mi patria: Sarka, (1879). Antonin Dvorák: Concierto para violonchelo y orquesta (número 2) en Si menor, Op. 104, B. 191, (1895). Sinfonía número 7 en Re menor, Op. 70, B. 141, (1885). Concierto inscrito en la temporada de espectáculos de la Fundación Baluarte Septiembre 2012-Enero 2013.

Dicen muchos comentaristas musicales que el sonido de las orquestas se está perdiendo. A medida que la mayoría de ellas ganan perfección técnica, se hace cada vez más difícil distinguir la identidad de cada una, lo que en otro tiempo caracterizaba su sonido. La Orquesta Filarmónica Checa llevó una trayectoria errática durante años, desde que Jirí Behlolavek debió abandonar en 1992 por razones puramente comerciales la titularidad del conjunto, al que ahora ha vuelto con todos los honores. Un sonido orquestal tan rico podía haber resultado perjudicado por años de descuido.
Felizmente, no ocurre así. La Orquesta Filarmónica Checa sigue siendo un conjunto importante. La cuerda mantiene la calidez que le hizo famosa, pero lo que más llama la atención es el sonido de los metales y la madera, especialmente esos clarinetes de rusticidad indefinible, que se pueden escuchar en las grabaciones de la orquesta con Karel Ancerl en los sesenta. Con estos mimbres, el joven Krzystof Urbansky mostró capacidad y talento.
Es una lástima que por estos pagos no estemos acostumbrados a escuchar el ciclo Mi patria de Smetana completo. Urbansky dio a conocer probablemente a muchos este Sarka, retrato de la amazona desengañada por los hombres que se toma su venganza, originando el paisaje rocoso de la región que hoy lleva su nombre. La interpretación fue volcánica, dramática y violenta, sobre todo al comienzo. En la sección central, no hubo el sentido trágico y de predestinación de otras versiones, pero el resultado general fue efectivo y brillante.
No es frecuente encontrarse hoy con una instrumentista como Sol Gabetta para enfrentarse a un concierto como el de Dvorák. Ciertamente, los problemas técnicos parecen resultarle ajenos, pero no se muestra interesada en las exhibiciones virtuosísticas. Su lectura del concierto fue emocionante, fraseada de forma exquisita, y de un carácter melancólico más apropiado para esta obra que lo que intentó hacer Daniel Müller-Schott el año pasado con la Sinfónica de Euskadi. Por otra parte, el diálogo entre solista y orquesta fue fluido, completando una versión realmente buena de la obra. De propina, una emotiva lectura del Cant dels ocells, la canción tradicional catalana, naturalmente en el arreglo de Pablo Casals para violonchelo y cuerdas.
En la Séptima sinfonía de Dvorák que cerró el concierto, Urbansky optó por un enfoque poco escuchado. Esta sinfonía, que es la más brahmsiana del ciclo dvorákiano y se presta a un enfoque melancólico y otoñal, fue tomada por Urbansky destacando los aspectos más dramáticos y teatrales. El resultado funcionó bien en el Finale, llevado con animación y garra, aunque carente de sensualidad. Pero en el resto de la obra, que en todo caso fluyó con naturalidad, se echó quizá de menos un carácter más contrastado y un mayor reposo en melodías que lo pedían. Con todo, el conjunto se escuchó con interés, más aún contando con una orquesta como la Filarmónica Checa.
En conjunto, fue una interesantísima velada, en donde descubrimos a un importante director en potencia, y constatamos que la Filarmónica Checa sigue manteniéndose en buena forma. Ahora cuentan con un magnífico director titular, al que no deberían dejar marchar como la vez anterior. Es importante aprender de los errores.

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La Pamplonesa Wagner Verdi Teatro Gayarre 20/01/2013

Bicentenarios

Domingo, 20 de Enero de 2013. Teatro Gayarre de Pamplona. Banda Municipal de Música “La Pamplonesa”. Vicente Egea, director. Giuseppe Verdi: La forza del destino: Obertura, (1862). Giovanna d’Arco: Obertura, (1845). Aída: Escena triunfal, (1871). Richard Wagner: Los maestros cantores de Nürenberg: Obertura, (1868). La walkyria: Cabalgada de las walkyrias, (1870). Rienzi: Obertura, (1842). Concierto extraordinario ofrecido por la Banda Municipal de Música “La Pamplonesa”.

Recuerda Luis San Martín en las notas al programa del concierto que nos ocupa que, cuando no existía la música grabada, buena parte del repertorio sinfónico y operístico era conocido gracias a las transcripciones realizadas para diversas formaciones, entre ellas el conjunto de viento. La actuación más reciente de La Pamplonesa en el Teatro Gayarre incluía una muestra de estas transcripciones, centrada en las figuras de Wagner y Verdi por los bicentenarios de sus nacimientos, que se conmemoran en 2013. La idea, muy interesante, se concretó en un programa muy exigente, que fue resuelto con algunos altibajos.
La obertura de La forza del destino de Verdi que abrió el concierto fue ilustrativa de lo que ocurrió en la primera parte, centrada en el compositor italiano. Fue una versión bien cantada en las secciones líricas, a la que le faltó fuerza en los momentos más dramáticos. El resultado, por tanto, no alcanzó la brillantez deseada. Algo similar ocurrió en Aída. La ausencia de la parte coral, originalmente prevista en el arreglo, no era relevante, pero esta música funciona mejor interpretada con mayor pompa en los momentos más majestuosos, sobre todo en la sección final.
Fue en la obertura de Giovanna d’Arco donde se vivieron los mejores momentos. En una obra brillante pero poco conocida, Vicente Egea realizó una interpretación de logradísimo pulso dramático, con la viveza y la pasión propias del joven Verdi. Con todo, lo mejor de toda la matiné llegó en la sección central. El diálogo entre los solistas de flauta, oboe y clarinete fue tocado por los tres instrumentistas con gran musicalidad y magnífico fraseo.
La segunda parte, dedicada a Richard Wagner, fue mejor. Empezó con una obertura de Los maestros cantores muy correcta, en donde la batuta logró el milagro de hacer oír la complejísima polifonía de la obra, en una visión muy analítica y estructurada. Quizá, no obstante, se echó de menos algo de ligereza y sentido del humor en el conjunto, independientemente del tempo elegido. Así, Egea se habría podido permitir también un final de mayor grandeza. Pero el resultado fue de interés.
Después de una cabalgada de las walkyrias de gran tensión, el concierto se cerró con la obertura de Rienzi, una especialidad histórica de la banda. Ya desde la tensión y la profundidad de los primeros compases se advirtió que iba a ser una muy buena versión, y eso se confirmó en el tema lírico de la plegaria de Rienzi. Lo que vino después fue una interpretación festiva, no especialmente grandiosa, de una obra que sirvió para mostrar a la banda en un buen estado de forma
En conjunto, fue una matiné que sirvió para homenajear a las dos figuras más importantes de la ópera, y en la que aunque hubo grandes momentos, la exigencia del programa para muchos de los instrumentistas hizo que La Pamplonesa no mostrara siempre la soltura a la que nos tiene acostumbrados. Por otra parte, Vicente Egea sabe dar mayor fuerza dramática a las obras de Verdi. Cuando vuelva en el próximo concierto la música original para banda, seguramente tendremos más sorpresas agradables.

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Die Singphoniker Teatro Gayarre 16/01/2013

Versátiles y divertidos

Miércoles, 14 de Enero de 2013. Teatro Gayarre de Pamplona. Die Singphoniker. Just Songs: Canciones tradicionales y obras anónimas y de Thomas Morley, Andrea Gabrieli, Thomas Weelkes, Johannes Brahms, Friedrich Silcher, Robert Schumann en transcripción de Franz Liszt, Franz Schubert, Sam Cooke, Gordy-West-Davis-Hutch, Peter Gabriel, Kurt Weill, Simon and Garfunkel, Lennon-McCartney, etc. Concierto inscrito en el Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Municipal Teatro Gayarre 2012-2013.

Ocurrió hacia la mitad de la segunda parte. Uno de los tenores del conjunto Die Singphoniker presentaba la versión que el grupo realizaba de la canción tradicional británica Scarborough Fair. Se generó gran expectación. Poco a poco, la música fluyó sin prisa pero sin pausa. La primera estrofa sonó a la manera de una chanson del compositor francoflamenco Guillaume Dufay (1397-1474); la segunda, menos sobria, recordaba a un compositor posterior, como es el igualmente francoflamenco Josquin des Prés (ca. 1450-1521); la tercera estrofa nos llevaba al estilo de Giovanni Pierluigi da Palestrina (1525-1594). De repente, la música se detuvo y un bajo ostinato comenzó a marcar una figura definida. Poco a poco, se unieron más voces, cantando una introducción jazzística llena de swing, y empezaron las improvisaciones. Todo esto con una naturalidad extraordinaria, y con una adhesión inquebrantable a los distintos estilos.
Este hecho, que puede parecer puntual, fue muy significativo de lo que ocurrió en el concierto que nos ocupa. Die Singphoniker es un pequeño conjunto vocal, que lleva a un pianista acompañante que a veces se levanta de la banqueta y se une a los cantores. Individualmente, ninguno de ellos posee una gran voz, con excepción quizá del bajo. El conjunto no es siempre técnicamente perfecto, al contrario que los Chanticleer que escuchamos el año pasado en este mismo ciclo, por ejemnplo. Pero los Singphoniker sí suenan empastados, con cuerpo y carácter.
Con todo, lo más impresionante del concierto que nos ocupa fue que nuestro conjunto vocal consiguió sonar igualmente convincente interpretando Morley o Schubert, Brahms o Peter Gabriel, Weill o Andrea Gabrieli. Teniendo en cuenta que el repertorio abarcaba más de cuatro siglos, estamos hablando de un logro extraordinario. Los madrigales renacentistas tenían el carácter adecuado a su texto. Las canciones populares alemanas arregladas por Brahms o Silcher, con sus formas estróficas, sonaron siempre espontáneas. En las canciones pop, resultó asombrosa la capacidad para reproducir los instrumentos de percusión, igual que en la propina de Duke Ellington fue ejemplar la imitación de la trompeta con sordina. A esto hubo de añadirse un extraordinario sentido del espectáculo, mostrado en las inefables presentaciones, en las que el tenor mostró no tener mayores problemas con la pronunciación castellana a pesar de sus disculpas previas, y en los particulares finales de algunas canciones pop.
¿Y qué hay del pianista? Ciertamente, el pianista acompañante del grupo, Berno Scharpf, no se mostró como un intérprete virtuoso, y la transcripción del Widmug de Schumann, aunque interpretada con gusto, habría exigido una mayor capacidad en ese sentido. Pero el resto de acompañamientos fueron impecables, lo cual habla de un pianista de lied muy interesante, a quien nos gustaría escuchar acompañando por ejemplo los grandes ciclos de Schubert. Su actuación fue indispensable para llevar a buen puerto buena parte del concierto, y fue muy premiada por el público.
En conjunto, fue una extraordinaria velada, en la que todos los asistentes disfrutaron e incluso algunos nos quedamos con ganas de más. Otro concierto que quedará en la memoria de todos.

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Pogostkina y Ashbury con la Sinfónica de Euskadi 15/01/2013

Promesa de gran director

Martes, 15 de Enero de 2013. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Alina Pogostkina, violín. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Stefan Asbury, director. Gérard Pesson: Ravel en su alma, (2012, estreno absoluto). Alban Berg: Concierto para violín y orquesta, (A la memoria de un ángel), (1935). Ludwig van Beethoven: Sinfonía número 8 en Fa mayor, Op. 93, (1812). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi 2012-2013.

Con frecuencia, los medios de comunicación destacan a tal o cual futuro astro de la batuta, de quien esperan una carrera fulgurante. La escasez de directores es tan grande que cualquier adición a la lista de “promesas” es bienvenida. Pero no todos ofrecen el mismo interés, y algunas figuras menos promocionadas pueden superar esos resultados, como demostró Stefan Asbury en el concierto que nos ocupa, que suponía su debut con la orquesta.
La primera obra del programa, el estreno de Ravel en su alma de Gérard Pesson, suponía un reto importante. La obra está basada en la figura de Ravel, de cuyas obras se introducen pequeños retazos, al comienzo relativamente reconocibles, que se disuelven poco a poco en una masa de sonidos, de color típicamente impresionista, que crean una atmósfera de gran tensión. Asbury supo dominar muy adecuadamente ese juego de colores, interpretando la obra con convicción y gran responsabilidad. Cierto que el final resultó quizá demasiado abrupto, pero la labor general fue excelente.
Es una gran noticia que la Orquesta Sinfónica de Euskadi haya decidido programar aquí el Concierto para violín de Alban Berg, para quien esto firma una de las grandes obras maestras de la primera mitad del siglo XX. Siendo una obra de inmensa complejidad técnica para todos donde domina la orquesta sobre el solista, la mayor dificultad de planteamiento para el director es saber compaginar sus aspectos más expresionistas y atormentados, con el lirismo romántico que rezuma toda la obra. Stefan Asbury realizó aquí un muy buen trabajo, en donde primó el intimismo y la belleza sonora sobre la desesperación. Destacó el cuidado exquisito en el manejo de los timbres orquestales, como pudo verse en la sonoridad organística de la cita del coral bachiano “Ich habe genug”. Sustituyendo al solista inicialmente previsto, Alina Pogostkina se mostró como una intérprete de gran musicalidad, que dialogó muy bien con la orquesta y tocó con fraseo exquisito y elegante, en plena sintonía con el concepto general. Lástima que la tímida reacción del público nos impidiera escuchar una propina.
Decía el mítico director de orquesta alemán Hans von Bülow a sus discípulos: “Aprendan a leer con fidelidad una sinfonía de Beethoven, y habrán encontrado la manera de interpretarla”. Ciertamente, Stefan Asbury es un ejemplo notable de ello. Sabiendo que la Octava es la sinfonía del ciclo beethoveniano que más nos retrotrae a Haydn, realizó una interpretación clásica de la obra, muy bien construida, llevada a tiempos rápidos pero no acelerados. Además, demostró manejar con destreza la gran cantidad de bromas que pueblan la obra, en especial el homenaje al inventor del metrónomo que hay en el segundo movimiento. Fuera de algunas precipitaciones en momentos puntuales del primer movimiento, fue una interpretación magnífica, casi al nivel del mejor Beethoven que hoy se pueda escuchar.
Es demasiado pronto para afirmar con exactitud la verdadera talla como director de Stefan Asbury, puesto que apenas le hemos escuchado unas pocas obras. Sin embargo, lo poco que le hemos podido oír parece sintomático de que podemos estar ante un director muy serio, que puede dar grandes alegrías en próximos años. Parafraseando lo que Mozart afirmó en su momento sobre Beethoven, es probable que Asbury llegue a hacer ruido en el mundo.

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Joseph Calleja en Baluarte 14/01/2013

Para amantes de las voces

Lunes, 14 de Enero de 2013. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Joseph Calleja, tenor. Orquesta Sinfónica de Navarra. Frédéric Chaslin, director. Oberturas, fragmentos orquestales y arias procedentes de Le roi d’Is de Edouard Lalo, La Gioconda de Amilcare Ponchielli, Carmen de Georges Bizet, Le Villi y Tosca de Giacomo Puccini, I Vespri Sicilianni y Rigoletto de Giuseppe Verdi, Cavalleria Rusticana de Pietro Mascagni, y Thais, Werther y El Cid de Jules Massenet. Concierto inscrito en la temporada de espectáculos de la Fundación Baluarte Septiembre 2012-Enero 2013.

Suele decirse que existen dos tipos principales de aficionados a la ópera. Los primeros buscan cantantes interpretando personajes, es decir, voces ante todo. Los segundos buscan personajes interpretados por cantantes, una mayor riqueza interpretativa que sobrepase las facultades técnicas de un cantante. Ambas visiones son perfectamente legítimas, según los gustos de cada cual, y llevan a disfrutar de determinados cantantes o repertorios de manera muy distinta. Sólo en casos muy excepcionales, como puede ocurrir hoy con Juan Diego Flórez y, en menor medida, con Cecilia Bartoli, ambos tipos de aficionados se ponen de acuerdo.
El caso de Joseph Calleja no ofrece, a este respecto, ninguna duda. Al margen de que el tenor maltés ha logrado una promoción comercial extraordinaria, lo que prima en él es su voz. De hecho, en un reportaje radiofónico reciente se le comparaba, con mucha razón, con Luciano Pavarotti. En efecto, Calleja dispone de un instrumento potente y fresco, capaz de agudos impresionantes y perfectamente adecuado para el canto expansivo. Lo suyo son los personajes apasionados y dramáticos, en donde puede lucir sus facultades al máximo.
El repertorio elegido para la primera parte tenía unas demandas que no permitieron disfrutar de esas facultades y reflejaron las carencias de nuestro artista. Los momentos y personajes que requieren intimismo no siempre fueron bien resueltos, como ocurrió en el aria de la flor de Carmen, en donde Calleja se esforzó en vano por intentar lograr el tono de confesión que la pieza requiere. En otros casos, como le ocurrió en parte en “Recondita armonia” de Tosca, su fraseo pudo parecer plano y su expresión quizá demasiado distanciada.
Fue en la segunda parte del concierto donde Calleja dio lo mejor de sí. Si su interpretación de “La donna e mobile” fue de un arrojo extraordinario, retratando muy bien al caprichoso Duque de Mantua, fue en el aria de Cavalleria rusticana donde se mostró más apasionado y dramático, sin excesos gratuitos. Las dos arias de Massenet sonaron espléndidas y con un aliento heroico que no suele esperarse de estos personajes, pero que termina por convencer. Teniendo en cuenta cómo salieron las dos propinas, en concreto una canción napolitana y un número de un musical de Broadway, habrían sido de agradecer más incursiones en estos repertorios en el programa oficial.
El director Frédéric Chaslin tuvo bastante más trabajo del que suele ser habitual en estos casos, porque además de acompañar al solista, tuvo que preparar dos oberturas de gran formato y tres interludios orquestales. Su labor fue muy eficaz como acompañante, siempre tomando los tiempos más adecuados y en general cuidando que Calleja no tuviese que forzar inútilmente. Sus mejores momentos, sin embargo, fueron en la Meditación de Thais, de gran intimismo. Los solistas de la orquesta realizaron una magnífica labor, en particular los de violín y clarinete.
Así pues, el concierto que nos ocupa reflejó el actual estado de forma de un cantante muy promocionado desde el mundo del disco, que vocalmente tiene mucho que ofrecer. Los amantes de las voces estuvieron, ciertamente, de enhorabuena.

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Concierto Año Nuevo Baluarte 06/01/2013

Los Strauss fuera de Viena

Domingo, 6 de Enero de 2012. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Diana Vasileva, soprano. Ballet y Orquesta del Festival Johann Strauss. Piotr Vandilovsky, director. Johann Strauss Hijo: El Carnaval en Roma: Obertura, (1873). El murciélago: Aria de Adele del segundo acto “Mein Herr Marquis”, (1874). Abrazaos, millones de criaturas, vals Op. 443, (1892). ¡Viva Hungría!, polka rápida Op. 332, (1869). El murciélago: Czardas de Rosalinde del segundo acto “Klänge der Heimat”, (1874). Sangre luminosa, polka rápida Op. 319, (1867). Marcha persa, Op. 289, (1864). Johann Strauss Hijo y Joseph Strauss: Pizzicato polka, (1870). Joseph Strauss: Charlatanes, polka rápida Op. 245. Johann Strauss Hijo: Cuentos de los bosques de Viena, vals Op. 325, (1868). Vals del tesoro, Op. 418, (1885). El murciélago: Aria de Adele del tercer acto “Spiel’ich die Unschuldvom Lande”, (1874). Fiesta de las flores, polka francesa Op. 111. Joseph Strauss: Polka de los deportes, Op. 170. Johann Strauss Hijo: Polka de Ana, Op. 117, (1852). Donde los limoneros florecen, vals Op. 364, (1874). De nada, polka francesa Op. 372, (1872). De caza, polka rápida Op. 373, (1875). Polka del champán, Op. 211. Voces de primavera, vals Op. 410, (1882). Gran Concierto de Año Nuevo en Pamplona 2013.

Es conocido de todos que los valses de los Strauss fueron en su época un éxito monumental, y no sólo en Viena. La música fue pronto conocida por toda Europa, no tardando en aparecer autores que copiarían sus principales características para obtener un éxito similar. Hoy, la inmensa popularidad del Concierto de Año Nuevo ha propiciado que esta música se siga tocando por todas partes. Sin embargo, la música de los Strauss es eminentemente vienesa, y sólo los conjuntos austríacos suelen encontrar el estilo exacto para poder interpretarla.
La teoría no es fácil de explicar, y menos aún de practicar. En esencia, los tres tiempos del vals vienés no son exactamente iguales, porque el segundo tiende a adelantarse imperceptiblemente, creando un balanceo singular, único e inconfundible. Quienes sigan habitualmente el Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena cada primero de Enero, habrán percibido esto sin duda.
El pasado domingo llegó a Pamplona la Orquesta del Festival Johann Strauss, que ofrecía un concierto basado en la cita vienesa. El programa agrupaba grandes éxitos de la familia con algunas piezas menos conocidas, muchas de ellas descubrimientos recientes. Quizá en conjunto el programa resultó más redondo que el del Concierto de Año Nuevo de este año, cuyas novedades aportaban menos. Pero lo interesante es ver cómo se puede tocar Strauss fuera de Viena, sin ceñirse al estilo vienés.
En efecto, no pareció Piotr Vandilovsky especialmente preocupado por la ortodoxia. Su aproximación a los valses exprimió su vertiente popular, evitando cualquier atisbo de grandeza sinfónica. Primó el sentido del humor, con momentos que recordarían más bien a las bandas de cervecería. Sin embargo, la música respiraba porque Vandilovsky, muy inteligentemente, supo alargar el comienzo de las frases, de manera que se pudiese lograr el balanceo del que hablaba al principio sin descuadrar el tempo. A veces, estos esfuerzos podían parecer un tanto afectados, pero en general fueron efectivos. Lo mejor llegó con las polkas rápidas y la Marcha persa, llenas de empuje rítmico y vitalidad.
Además, Vandilovsky se mostró mucho más cómodo que Welser-Möst el pasado 1 de Enero en Viena en las tradicionales bromas que realizó, como el trasiego del champán en la polka correspondiente o los disparos de De caza, mostrando un sentido del espectáculo muy apropiado en esta música.
Naturalmente, no es justo intentar comparar a esta orquesta con la Filarmónica de Viena, agrupación straussiana por excelencia. Aun así el conjunto se mostró en buena forma técnica, a pesar de la cierta rudeza de los metales. La soprano Diana Vasileva mostró facultades técnicas sobradas para realizar su parte, pero a su voz le falta volumen para imponerse a la orquesta. Puede que funcione mejor cantando música antigua, donde no tendrá necesidad de forzarse.
Las celebradas propinas de estos conciertos estuvieron presentes, así como un grupo de bailarines, para gran deleite del público, en un concierto que, considerando los medios, resultó tal vez más interesante que el del rígido Welser-Möst en Viena. De una forma o de otra, en todo caso, parece que ésta es la mejor música posible para empezar bien el año.

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Concierto Año Nuevo Baluarte 06/01/2013

Los Strauss fuera de Viena

Domingo, 6 de Enero de 2012. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Diana Vasileva, soprano. Ballet y Orquesta del Festival Johann Strauss. Piotr Vandilovsky, director. Johann Strauss Hijo: El Carnaval en Roma: Obertura, (1873). El murciélago: Aria de Adele del segundo acto “Mein Herr Marquis”, (1874). Abrazaos, millones de criaturas, vals Op. 443, (1892). ¡Viva Hungría!, polka rápida Op. 332, (1869). El murciélago: Czardas de Rosalinde del segundo acto “Klänge der Heimat”, (1874). Sangre luminosa, polka rápida Op. 319, (1867). Marcha persa, Op. 289, (1864). Johann Strauss Hijo y Joseph Strauss: Pizzicato polka, (1870). Joseph Strauss: Charlatanes, polka rápida Op. 245. Johann Strauss Hijo: Cuentos de los bosques de Viena, vals Op. 325, (1868). Vals del tesoro, Op. 418, (1885). El murciélago: Aria de Adele del tercer acto “Spiel’ich die Unschuldvom Lande”, (1874). Fiesta de las flores, polka francesa Op. 111. Joseph Strauss: Polka de los deportes, Op. 170. Johann Strauss Hijo: Polka de Ana, Op. 117, (1852). Donde los limoneros florecen, vals Op. 364, (1874). De nada, polka francesa Op. 372, (1872). De caza, polka rápida Op. 373, (1875). Polka del champán, Op. 211. Voces de primavera, vals Op. 410, (1882). Gran Concierto de Año Nuevo en Pamplona 2013.

Es conocido de todos que los valses de los Strauss fueron en su época un éxito monumental, y no sólo en Viena. La música fue pronto conocida por toda Europa, no tardando en aparecer autores que copiarían sus principales características para obtener un éxito similar. Hoy, la inmensa popularidad del Concierto de Año Nuevo ha propiciado que esta música se siga tocando por todas partes. Sin embargo, la música de los Strauss es eminentemente vienesa, y sólo los conjuntos austríacos suelen encontrar el estilo exacto para poder interpretarla.
La teoría no es fácil de explicar, y menos aún de practicar. En esencia, los tres tiempos del vals vienés no son exactamente iguales, porque el segundo tiende a adelantarse imperceptiblemente, creando un balanceo singular, único e inconfundible. Quienes sigan habitualmente el Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena cada primero de Enero, habrán percibido esto sin duda.
El pasado domingo llegó a Pamplona la Orquesta del Festival Johann Strauss, que ofrecía un concierto basado en la cita vienesa. El programa agrupaba grandes éxitos de la familia con algunas piezas menos conocidas, muchas de ellas descubrimientos recientes. Quizá en conjunto el programa resultó más redondo que el del Concierto de Año Nuevo de este año, cuyas novedades aportaban menos. Pero lo interesante es ver cómo se puede tocar Strauss fuera de Viena, sin ceñirse al estilo vienés.
En efecto, no pareció Piotr Vandilovsky especialmente preocupado por la ortodoxia. Su aproximación a los valses exprimió su vertiente popular, evitando cualquier atisbo de grandeza sinfónica. Primó el sentido del humor, con momentos que recordarían más bien a las bandas de cervecería. Sin embargo, la música respiraba porque Vandilovsky, muy inteligentemente, supo alargar el comienzo de las frases, de manera que se pudiese lograr el balanceo del que hablaba al principio sin descuadrar el tempo. A veces, estos esfuerzos podían parecer un tanto afectados, pero en general fueron efectivos. Lo mejor llegó con las polkas rápidas y la Marcha persa, llenas de empuje rítmico y vitalidad.
Además, Vandilovsky se mostró mucho más cómodo que Welser-Möst el pasado 1 de Enero en Viena en las tradicionales bromas que realizó, como el trasiego del champán en la polka correspondiente o los disparos de De caza, mostrando un sentido del espectáculo muy apropiado en esta música.
Naturalmente, no es justo intentar comparar a esta orquesta con la Filarmónica de Viena, agrupación straussiana por excelencia. Aun así el conjunto se mostró en buena forma técnica, a pesar de la cierta rudeza de los metales. La soprano Diana Vasileva mostró facultades técnicas sobradas para realizar su parte, pero a su voz le falta volumen para imponerse a la orquesta. Puede que funcione mejor cantando música antigua, donde no tendrá necesidad de forzarse.
Las celebradas propinas de estos conciertos estuvieron presentes, así como un grupo de bailarines, para gran deleite del público, en un concierto que, considerando los medios, resultó tal vez más interesante que el del rígido Welser-Möst en Viena. De una forma o de otra, en todo caso, parece que ésta es la mejor música posible para empezar bien el año.

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